España e Israel: el desgaste de una relación con raíces profundas
Hace cuatro décadas, España se convirtió en el último país de Europa occidental en reconocer oficialmente al Estado de Israel. Aquel gesto de 1986 cerraba un largo proceso de aproximación tras siglos de historia compartida —a veces luminosa, a veces dolorosa— entre el mundo hispano y el pueblo judío. Durante cuarenta años, las relaciones bilaterales crecieron con notable dinamismo: cooperación política, intercambios económicos, vínculos culturales y una afinidad humana profunda marcada por la memoria de Sefarad.
Hoy, sin embargo, esa relación atraviesa su momento más delicado desde su nacimiento diplomático.
El punto de inflexión llegó con el ataque del 7 de octubre de 2023 perpetrado por Hamás contra Israel, uno de los episodios más sangrientos de su historia reciente. Mientras el país enfrentaba la conmoción nacional provocada por aquella ofensiva, el gobierno español encabezado por Pedro Sánchez adoptó una posición cada vez más crítica hacia Jerusalén. Para muchos en Israel, no se trató simplemente de una discrepancia diplomática, sino del inicio de un proceso político que, paso a paso, parecía conducir hacia una ruptura.
Esa tensión se manifestó en múltiples frentes: el político, el económico, el cultural e incluso el simbólico. España pasó a convertirse en una de las voces más duras dentro de Europa hacia Israel, desde foros internacionales hasta ámbitos aparentemente alejados de la diplomacia, como el propio Eurovisión. El contraste resultaba particularmente doloroso para muchos israelíes: España no es un país cualquiera en la memoria judía. Es Sefarad, la tierra de origen de comunidades que hoy forman parte de los aproximadamente 16 millones de judíos del mundo, incluidos cientos de miles de israelíes con raíces españolas.
Ese dolor se percibe con claridad en la sociedad israelí.
La ruptura definitiva, sin embargo, no llegó a materializarse. En octubre de 2025, el alto al fuego en la guerra de Gaza cambió parcialmente el tablero regional. Como parte de ese acuerdo internacional, se creó un Consejo de Paz con la participación de decenas de países, y un centro de monitoreo fue establecido en la ciudad israelí de Kiryat Gat. Su misión: supervisar la situación en Gaza, avanzar hacia el desarme de Hamás y diseñar un nuevo marco político que permita a más de dos millones de gazatíes reconstruir una vida normal.
El plan internacional contempla además el despliegue de una fuerza de estabilización multinacional —en la que podrían participar países como Indonesia y Marruecos— y la creación de un gobierno palestino tecnocrático en Gaza encabezado por Ali Shaath.
Pero la guerra regional ha retrasado esos planes. El conflicto abierto entre Israel e Irán ha transformado el equilibrio de poder en Oriente Medio y ha colocado a Hamás en una posición extremadamente frágil. Sus dos principales patrocinadores, Irán y Qatar, se encuentran enfrentados militarmente. Irán ha atacado repetidamente territorio catarí durante la actual guerra, dejando al movimiento palestino atrapado entre dos aliados en conflicto. En Doha se observa con incomodidad la falta de condena española a los ataques iraníes, mientras en Teherán crece la presión para que los líderes de Hamás abandonen la capital catarí.
En medio de esta turbulencia, el mapa político regional está cambiando a una velocidad inesperada.
Por primera vez en la historia moderna, se desarrollan contactos para posibles acuerdos de paz entre Israel y Líbano Al mismo tiempo, los países árabes del Golfo —blanco directo de ataques iraníes— comienzan a hablar nuevamente de la posibilidad de ampliar los Acuerdos de Abraham cuando la guerra termine. La normalización con Israel, que hace apenas unos años parecía impensable para varios de estos Estados, vuelve a aparecer como una opción estratégica.
Incluso los propios palestinos han sufrido las consecuencias del actual conflicto regional. En la ciudad de Hebrón, un fragmento de misil iraní cayó sobre un salón donde varias jóvenes se preparaban para sus bodas, causando la muerte de cuatro novias pocas horas antes de sus matrimonios. Episodios como este reflejan hasta qué punto la guerra está alterando la percepción regional sobre los actores que alimentan el conflicto.
En ese contexto de transformaciones históricas, muchos en Israel observan con preocupación la posición adoptada por España. Dentro del gobierno israelí existe la sensación de que Madrid se ha convertido en la voz más radicalmente crítica hacia Israel dentro de Europa. Esa percepción llevó incluso a que representantes españoles fueran invitados a abandonar el centro de coordinación internacional establecido en Kiryat Gat.
Desde la perspectiva israelí, el contraste resulta difícil de comprender. Mientras el gobierno español reabre canales diplomáticos con Teherán, en pleno alto al fuego, cuando el sistema teocrático atacó a Israel, desde el 28 de febrero hasta el cese al fuego con más de 400 misiles balísticos de 450 kilos a ciudades civiles, Israel siente que su derecho a defenderse es cuestionado con dureza.
Para quienes llevan en su identidad la memoria de Sefarad, la situación tiene además una dimensión profundamente personal.
La historia judía ha estado marcada durante siglos por acusaciones, persecuciones y exilios desde la destrucción del antiguo reino judío bajo dominio romano. Durante generaciones, el pueblo judío sobrevivió en la diáspora hasta el renacimiento del moderno Estado de Israel. Muchas de esas trayectorias vitales pasan precisamente por España.
Mi propia historia familiar forma parte de ese recorrido. Mis antepasados salieron de Toledo tras la expulsión de los judíos y se establecieron en el norte de África. Soy nieta de un melillense; mi madre nació en Tánger, y yo nací en Venezuela. En ese cruce de identidades —sefardí, venezolana, israelí— nació también mi vocación periodística: contar la historia del pueblo judío con verdad y sin miedo.
Durante años tiendo un puente entre ambos mundos. En varias ocasiones solicité entrevistar al presidente Pedro Sánchez. Las cartas enviadas a la oficina de prensa de La Moncloa, entonces dirigida por Carmen Pérez, parecieron al principio, según ellos me manifestaron, abrir una puerta para un diálogo dirigido tanto a Israel como al mundo judío. Con el tiempo, sin embargo, aquella posibilidad quedó en silencio.
Esa puerta sigue abierta.
Porque más allá de las tensiones políticas, España sigue siendo Sefarad. Y en Israel —donde viven incontables descendientes de judíos españoles— el afecto hacia el pueblo español permanece intacto.
Las decisiones de un gobierno no deberían borrar siglos de historia compartida.
Ni impedir que dos pueblos que se reconocen en su memoria vuelvan a encontrarse en el futuro.
(*) Nicole Mischel Morely es periodista sefardí-israelí.