El centroderecha deja KO a un Sánchez histérico y sin ideas

El centroderecha deja KO a un Sánchez histérico y sin ideas

El candidato Sánchez tenía un plan: escenificar que él es la institucionalidad y el voto útil de toda la izquierda. El azar en el sorteo de los atriles quiso que hasta físicamente ocupase dicho papel al situarlo en el centro del plató, mientras que Iglesias estaba ubicado a un extremo. A sus lados tenía a Rivera y a Casado, a los cuales Sánchez señalaba a la vez, empleando ambas manos, mientras entornaba los ojos al cielo, como queriendo decir: “Tanto monta, monta tanto… Ay, si no estuviera yo aquí para pararlos”. Quizás dicha estrategia pueda funcionar dentro del coto de la izquierda sociológica más recalcitrante –máxime cuando Iglesias estaba en el plató de cuerpo presente, pero no con el espíritu–; pero contemplado desde una visión global, el plan de Sánchez no funcionó. Sus memorizadas frases de marketing político no lograron esconder una clamorosa falta de densidad conceptual; algo inaceptable para alguien que aspira a gobernar España durante cuatro largos años. En más de una ocasión el presidente Sánchez pareció venirse abajo ante las preguntas de los líderes del Partido Popular y de Ciudadanos. Y siempre caía por dos frentes básicos: el futuro de la unidad nacional y el futuro de la economía. Luego se reponía rápido con algún chascarrillo previamente memorizado.

Rivera fue el que más arriesgó. Lógico. Su formación avanza con racha ascendente, pero no aspira a ser primero –él lo sabe perfectamente, aunque en público diga lo contrario–. No busca ganar el 28-A, sino ser decisivo maximizando su posición. Y con el viento a favor, se lanzó a la aventura. Su táctica para el debate: demostrar que nunca volverá a pactar con Sánchez. Allí vimos a un Rivera calloso y ágil, contundente en sus argumentos, con enérgico desparpajo, sabiendo perder las formas pero con gracia, sin perderlas del todo. Una pega: su minuto de oro final fue un tanto cursi, más pensando para un público americano que europeo, pero en conjunto Rivera fue el claro ganador del debate.

La estrategia de Casado era distinta. Navega sobre un enorme y viejo trasatlántico; robusto, pero lento, y con algún que otro serio boquete. Sin embargo, las corrientes de fondo del voto oculto, la opción de bien posible o de mal menor que el PP representa para mucha gente –más de la que pudiera parecer–, unida a su posición nunca perdida de primera fuerza dentro de la Derecha; todos estos factores, unidos, hacen que al líder del PP no le mereciera la pena arriesgar. Actuó en consecuencia, mostrando un perfil moderado y tranquilo, presidenciable. Esta primera posición entre las fuerzas del centroderecha estaría impulsando su barco con la crecida general de la marea, así que menor no menearse en exceso. No iba a ganar el debate –al fin y al cabo, es un momento coyuntural de la campaña–, sino a mantener el rumbo previsto sin encallar en ningún rápido.

En cuanto al líder podemita, vimos a un Pablo Iglesias falto de energía, pesado, reiterativo, tratando de justificar su distanciamiento del debate con genéricas llamadas a la educación y al respeto (¡!), recurriendo una y otra vez a recitar artículos de su Constitución de bolsillo casi como único leitmotiv. Mala impresión la que generó Iglesias. Parece ser consciente de que Podemos está en caída libre. De pedir el CNI, TVE y tres o cuatro ministerios, ahora parecería conformarse con alguna Subsecretaría de Fomento. Al menos era lo que se deducía de su comunicación verbal y no verbal.

Queda el segundo round.

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