Apologías itálicas (II)

Apologías itálicas (II)
  • Carlos García-Mateo

Dejó escrito Madame de Staël sobre los italianos y su modo de andar por el mundo que, para ellos, «la vida no es nada más que un abandono soñador bajo un bello cielo». No fue la única que, de visita a la exótica Europa meridional, cargó tintas sobre el carácter de sus habitantes. Yo leía esas cosas, una tarde en el Grand Hotel et de Milán, y me parecían aseveraciones tan inmodestas como, pasado el tiempo, un tanto divertidas. Visiones de guiris encandilados (también Stendhal se quedó a gusto en sus reflexiones sobre el ser itálico) que sirven a los flageladores nacionales para sus flagelaciones.

Sorbí el último trago de un dry martini y abandoné la lectura con la firme idea de adentrarme en la noche milanesa. Mi tío Albert me había enviado allí desde Barcelona a cumplir cierta misión, que fijé para la mañana siguiente, pudiendo así darme un garbeo disoluto. De Milán nace, en 1881, el tópico de ser “capital moral” de Italia, a la luz de la manía septentrional respecto a la corrupta Roma. Y se alimenta después dicho mito por su potencia industrial, por ser referencia de la resistencia en la última guerra y aparecer como puntal de la modernidad, moda incluida. La capital lombarda representa, también, un libertinaje extraño a una nación tan conservadora. Incrustada en el continente, ha sido una ciudad culta e interesante, “la más europea”, apunta su orgullo. Si en España nos pensamos campeones de una defectuosa nacionalización, cenen algún día con una familia lombarda o véneta y, una vez trasegado algo de vino, saquen a la conversación el Sur, que mentalmente comienza donde el Tíber serpentea bajo el mausoleo de Augusto y finaliza en Sicilia. De Milán han dicho los demás, con ese aire inmemorial de, pongamos, un florentino, que es fea. Yo la he visto siempre bellísima. De adoquines mojados, tardes largas, siluetas esbeltas bajo los paraguas y escaparates tan discretos como deslumbrantes.

A la puerta del hotel me esperaba un coche deportivo, demasiado pequeño para tres. La señorita Lobakina tuvo que sentarse sobre mis rodillas y yo veía las lágrimas en la ventanilla, las gabardinas y los tacones veloces y aquella feliz estampa milanesa, un poco afrancesada, elegante, atildada. Me llevaron a un piso grande, abarrotado de oros, cortinajes azules y tigres de porcelana. Unas modelos rusas, ocupando un sofá apartado, fumaban y hablaban entre ellas. Pensé en el gusto decorativo de Dolce & Gabbana mientras anunciaban el restaurante y la sala de fiestas a los que acudiríamos. De la cena apenas recuerdo una pobre lubina al azafrán, que una de las rusas había destrozado con el tenedor sin probar bocado. Más tarde, en la sala de fiestas, los destrozos se concentraron en carnes propias y ajenas, ligera de trapos la troupe femenina. Había por allí dos muchachos libios con séquito que competían por ver quién gastaba más en botellas de Dom Pérignon. Precisamente al fenecido Gadafi deben los italianos el término «bunga bunga», un «vero puttanaio» aireado en el proceso contra Berlusconi.

Despuntando el alba y una gran resaca metafísica, me hice cargo de la misión por la que estaba en Italia. Debía pedirle en préstamo a un millonario coleccionista de pintura barroca uno de sus cuadros, que se exhibiría en Madrid. En aquel estado semimoribundo, llegué con la señorita Lobakina hasta el despacho del coleccionista, uno de esos mundos que las ciudades como Milán esconden celosamente tras burgueses portales de madera y latón. Apenas mostradas mis credenciales y a la vista de la belleza salvaje de los Urales, aposentada en un sillón tapizado de Missoni, todo fue coser y cantar. De camino a Fiumicino en un taxi, la radio cantaba un viejo hit de Fabio Concato: «partire quando Milano dorme ancora/vederla sonnecchiare/e accorgermi che è bella/prima che cominci a correre e ad urlare».

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