Mi muerte civil

Mi muerte civil
El líder de Podemos Pablo Iglesias (Foto: Efe).

No hace falta gozar de un coeficiente intelectual de 180 para concluir que los gerifaltes podemitas son una panda de mentirosos que no le cuentan la verdad ni al médico. Tampoco ser Einstein o Copérnico -sí, el que el macarrita podemita no sabe qué descubrió- para determinar que son unos fascistas. Bueno, tan fascistas como estalinistas. Unos fascioestalinistas, en resumidas cuentas. Su totalitarismo les lleva a intentar destruir a sus adversarios políticos, a los que ellos consideran «enemigos», a los que no dicen «amén» o «sí, bwana» a todas sus locuras. El sistema es el mismo que emplean los regímenes más abominables del planeta: se inventan toda suerte de mentiras de su objetivo, las repiten goebbelsianamente mil veces, los medios y periodistas afines (que son cada vez más) reverberan los embustes, se lincha a modo y manera a la víctima y al final consiguen que la mentira se convierta en dogma de fe. El inconfesable fin último es perogrullesco: que alguien le dé una lección por la calle. El primero, también: asesinarnos civilmente. Que desaparezcamos al menos de la primera línea de la actualidad. Que no tengamos voz y no sé si voto. No soy el primero que ha pasado por esto. Antes les ocurrió por circunstancias similares y con modus operandi idénticos a periodistas como Alfredo Urdaci o Federico Jiménez Losantos.

Podemos no me soporta. Mi único delito consiste en ser de los pocos que se atreven a cantarles las cuarenta en OKDIARIO, en televisión, en la radio, donde se tercie. Tania Sánchez me espetó hace unos días que me producía «placer» criticar a la formación morada. «Placer, lo que se dice placer, me lo provocan otras cosas», le corregí entre las risotadas del personal. Esto se llama responsabilidad moral. Antes muerto que callarme lo que considero malo para la sociedad en general y para este país todavía llamado España en particular. Ni quiero, ni debo, ni pienso callarme ninguna corruptela de Podemos, del PP, del PSOE, de Ciudadanos o del maestro armero. Ni chalaneé ni guardé en el cajón el caso Urdangarin, Bárcenas, el dúplex de Nachete, los sms de Rajoy a Bárcenas, los milmillonarios tra-ca-trá de Pujol y cía, las guarrerías del fichaje de Neymar… ni tampoco voy a hacer luz de gas con las mangancias, barbaridades e incompetencias de estos indocumentados sujetos y sujetas (como dirían ellos). Ni creo que sean buenos éticamente para este país llamado España ni estoy dispuesto a que mis hijos, mis amigos o yo mismo vivamos en un país arruinado, chavizado y en el que haya que pedir perdón por pensar diferente o exiliarte.

Es una tarea ciclópea porque la mayoría relativiza o silencia sus fechorías a la par que multiplica por infinito cualquiera de las que protagonizan Ciudadanos, el PSOE y no digamos el PP. Los de Rajoy se llevan la palma: lo que está sucediendo con Trillo es la prueba del nueve de cuanto digo. Los linchan mañana, tarde y noche por tierra, mar y aire y continúan poniendo una bonita y políticamente correcta sonrisa. Los masocas son así. Y encima paran los pies a la Fiscalía cada vez que hay pruebas sólidas para meter mano a esta gentuza. En este caso no pecan de ingenuidad sino de maldad: saben que a más Podemos, menos PSOE y más Rajoy por los siglos de los siglos. Podemos y PP van de tikitaka en este apartado porque les une la necesidad de sacar del carril al partido del Pablo Iglesias bueno.

La campaña contra un servidor no es de aquí ni de ahora. Lleva muchos meses en marcha. Prendieron la mecha en esas redes sociales que tan bien manejan por incomparecencia del rival. Lo hicieron a su manera mintiendo, manipulando y difamándome con sus trolls, bots y demás basura. Ése fue el primer paso. Dieron un giro de tuerca cuando osamos contar que la Policía posee unos documentos que certifican que Pablo Iglesias abrió una cuenta en el paraíso fiscal bolivariano de Granadinas con 272.000 dólares que le habían transferido sus jefes venezolanos. Aquella noche, las hienas periodísticas podemitas me hicieron una encerrona en TV de las que hacen época. Era un menda contra todos. Salí vivo de un partido que jamás podía ganar porque me lo preparé, porque los hechos son incontestables y porque la verdad nunca pierde. Fue como si el Real Madrid de Zidane jugase contra tres equipos a la vez en el mismo terreno de juego, es decir, como si disputas un partido con los 11 reglamentarios contra 33. Los periodistas podemitas estaban perfectamente coordinados.

Publicar las vergüenzas del caudillo de la coleta me costó el ahorcamiento en ese cadalso moderno que es change.org. La inquisición moderna se hace a través de este estercolero en que se ha convertido lo que en un principio parecía una buena iniciativa para que la sociedad civil hiciera frente a los abusos de poder. Recogieron firmas para ¡¡¡pedir que la Fiscalía me procese por calumnias continuadas a Pablo Iglesias!!! Vamos, para que me enchironen o lo intenten. Luego han urdido varios foros para pedir que me echen de La Sexta. Unas exigen que me larguen sólo a mí y otras reclaman que lo haga en compañía de Paco Marhuenda. Y también para que cierren este diario que tiene usted entre sus manos. Censura que aquí padecimos con Franco y que hoy día se practica a sangre y fuego en países como la Corea del Norte del infecto Kim Jong-un o la Venezuela de Maduro, donde el disidente paga su derecho a la crítica con la cárcel. De hecho, hay cerca de 100 líderes de la oposición entre rejas. Leopoldo López, que pronto cumplirá tres años en la prisión de Ramo Verde, se lleva la palma.

La campañita, que en el fondo agradezco de corazón porque ha multiplicado exponencialmente el número de visitas de OKDIARIO, se les ha ido de las manos estas ultimas jornadas. Todo comenzó en La Sexta Noche el sábado pasado a eso de la una y pico de la madrugada. Venía a vender su libro Juan Torres, el asesor económico personal del dictador Hugo Chávez y autor junto a un tipo con cara de mala persona que es mala persona (Vicenç Navarro) del primer programa económico de Podemos. Y yo, en ejercicio de mi libérrima libertad de expresión, le recordé que había sido el economista de cabecera de Podemos y le solté un lacónico «sus recetas no han funcionado muy bien que se diga en Venezuela». Mis preguntas fueron de una educación exquisita, victoriana diría yo. Es más, inicié mi breve intervención propagando a los cuatro vientos «mi aprecio intelectual» por el personaje «desde la discrepancia». Hasta ahí todo normal. La normalidad se transformó en anormalidad cuando me llamó «mentiroso» y probé que mentía. «Yo no le hice el programa a Podemos, no soy su economista de cabecera», vociferó. Y, como quiera que a mí no me toma por embustero ni dios, lo desenmascaré no recurriendo a la maldita hemeroteca sino echando mano de su propio blog personal, donde reconoce que co-elaboró el primer plan económico de Podemos y sus tareas de asesoría al dictador venezolano (fotos con el sátrapa en el Palacio de Miraflores incluidas). El aludido se escapó del plató fuera de sí porque, según él, le había insultado. Me recordó a mi hijo de 10 años cuando tenía cinco: se iba hecho un basilisco cuando no le dabas la razón.

Los podemitas la montaron en Internet llamándome de todo, amenazándome de muerte incluso (como bien sabe la Policía) y pidiendo que no aparezca más en La Sexta Noche. Censura pura y dura al más puro estilo chavista. Argumentan que insulté a Torres cuando yo no le dije una palabra de más ni siquiera fuera de tono (ahí está el vídeo). Aquí el único que ha insultado recientemente, en el mismo canal, fue Pablo Iglesias que me llamó «maltratador» en directo y Carolina Bescansa que me tildó de lo mismo en público y luego me soltó en privado un «¡hijo de puta, te voy a escupir!» impropio de la niña pija que es. Lo del coletas viene de tiempo atrás. Tiene barra libre: me ha calificado de «tonto, «impresentable» y «pantuflo» en prime time. Por no hablar de las salvajadas que me ha dedicado el sinvergüenza fiscal de Monedero. Salvajadas que le van a costar una bonita querella, que apostillaría el gran Santiago Segura.

El no va más de la lapidación se produjo el 3 de diciembre, coincidiendo con el Barça-Madrid. Aquel sábado, el diario podemita (Público) de un empresario al que gusta llevarse a paraísos lejanos la pasta que gana en España, Jaume Roures, aseguraba tan miserable como falsamente que yo no abonaba la pensión alimenticia a mis hijos. Olvidaron, intuyo porque la persona con la que estuve casado, de la que llevo divorciado siete años, no se lo contó, que es una mera disputa contable (ella me ha llevado a los tribunales porque asegura que le debo 13.000 euros, yo he hecho lo propio porque me adeuda 25.000) y que también está demandada por incumplir cada vez  que le viene en gana el régimen de visitas de mis hijos. ¡Ah! Y que está denunciada por agredir o intentar agredir (una de ellas ejecutando un kamikaze automovilístico) a mi actual mujer. Cómo sería de intenso e inmenso el montaje ad hominem que fue trending topic  ¡¡por encima del Clásico!!! Nunca en tiempos recientes un periodista ha sufrido un ataque personal tan nauseabundo.

De momento, no han logrado echarme de La Sexta. Cadena en la que, por cierto, siempre he disfrutado de una libertad total para decir lo que me ha venido en gana. Cadena que se limita a hacer lo que es habitual en los países occidentales. Algo que nada gusta a los morados: la confrontación democrática de ideas. Porque del debate de ideas siempre salen mejores ideas. De eso va la libertad. A Antonio García Ferreras siempre le defenderé con uñas y dientes porque, a pesar de nuestra lejanía ideológica, siempre ha dado altavoz a mis ideas por muy poco o nada que le gustasen. Como yo haría con él o con quien sea por convicción y porque el pensamiento monolítico es, además de una injusticia supina, un coñazo. Y, además, me defendió cuando desde algunas instancias del poder le presionaban para expulsarme tras haber sacado el caso Urdangarin y los sobresueldos y la financiación en B del PP.

Que nadie se equivoque o haga trampas al solitario: no pretenden asesinarme civilmente a mí. Nos quieren quitar de la circulación a todos los que no pensamos como ellos. Yo simbolizo ese intento de acabar con la disidencia para imponer el pensamiento único. Si me amordazan, nos amordazarán a todos los que creemos en una España liberal, constitucional y en la que el Estado de Derecho sea el único camino para resolver las diferencias irreconciliables.

De una semana a esta parte me he sentido como los jesuitas del peliculón Silencio de Scorsese, que fueron perseguidos y torturados con ingeniosa crueldad hasta que se convirtieron al budismo. Van dados si se creen que se lo vamos a poner fácil o que me voy a rendir al fascioestalinismo podemita cambiando mi chaqueta azul clara (los colores de este proyecto intelectual) por una morada. Para callarme, me tendrán que matar pero físicamente. Y mientras les espero con la única arma que sé manejar, la de los argumentos, refresco ese poema de Martin Niemöller que los coletudos y los copérnicos de turno seguro que atribuyen a Brecht:

«Primero vinieron a buscar a los comunistas y no dije nada porque yo no era comunista. Luego vinieron a por los judíos y no dije nada porque no era judío. Luego vinieron a por los sindicalistas y no dije nada porque no era sindicalista. Luego vinieron a por los católicos y no dije nada porque era protestante. Luego vinieron a por mí pero, para entonces, no quedaba nadie que dijera nada».

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