El experimento de Sánchez ya funciona en Europa: así reemplaza la izquierda el voto obrero por el voto musulmán
En este 2026, las izquierdas europeas han tenido una epifanía. Las elecciones municipales en Francia, celebradas en marzo, las locales en Gran Bretaña en mayo y las parlamentarias en Suecia, este septiembre, han demostrado que los barrios con más inmigración venida de fuera de Europa, desde pakistaníes a nigerianos, pueden votar en porcentajes abrumadores a los candidatos socialistas, neocomunistas, o verdes. Ante el creciente rechazo popular a sus propuestas, la única manera que tienen estos partidos de ganar es mediante el reemplazo de los ciudadanos de las clases medias y populares por extranjeros cuyo principal trabajo es rellenar los impresos para pedir subvenciones.
El alcalde de Saint-Denis (en su basílica reposan los restos de los reyes de Francia recogidos después del saqueo cometido por los revolucionarios), Bally Bagayoko, es el modelo de la “nueva Francia” que busca la extrema izquierda. Nació en Mali, es ciudadano de la república, pertenece a La Francia Insumisa y está aplicando un programa de discriminación de los blancos y de repliegue de la Policía y de todo el Estado (salvo para abonar subsidios). Jean-Luc Mélenchon, quien habla de “hermanos y hermanas musulmanes”, lo define como “créolisation”, una nueva identidad colectiva, mestiza, impredecible… y desarraigada.
En el recuento de las elecciones legislativas suecas, se ha comprobado que en varios barrios habitados por grupos de musulmanes de Somalia, Afganistán, Siria, o Irak (algunos controlados por bandas de delincuentes), el voto a los partidos de izquierdas ha superado el 90%. En el municipio de Eksjö, una ciudadana fotografió un cartel con instrucciones en árabe sobre cómo sufragar correctamente. Dicho de otra manera, para muchos de los nuevos suecos, no hablar el idioma del país que les acoge y del que viven no les impide decidir quién va a gobernar.
En la campaña para las elecciones a la Cámara de Diputados de Berlín, que se celebrarán el domingo 20, Elif Eralp, la candidata de la extrema izquierda de Die Linke, ha propuesto la reducción de los trámites para la consecución de la nacionalidad alemana, incluyendo los años de residencia, y un aumento de los funcionarios dedicados a la gestión de las peticiones. Lo mismo han hecho políticos del partido Verde y el Socialdemócrata. Debido al auge de Alternativa para Alemania (AfD), los izquierdistas presentan las nacionalizaciones masivas como una manera de “salvar la democracia”.
Y en España, la regularización de más de un millón de inmigrantes, así como el regalo de la nacionalidad a casi 2,5 millones de iberoamericanos mediante la llamada “ley de nietos”, ambas puestas en marcha por el gobierno del socialista Pedro Sánchez, van en el mismo sentido: si los nativos no nos votan, los sustituimos por extranjeros que compartan nuestro desprecio por los europeos blancos y que nos serán fieles porque les llenaremos los bolsillos.
En el Reino Unido, aunque ha comenzado una crisis en la que los ministros principales de Irlanda del Norte, Gales y Escocia, los tres partidarios de la independencia de sus regiones, pretenden unirse para desmantelar el Estado, el mayor problema político sigue siendo la inmigración. Pero lo que para unos es motivo de temor, para otros constituye una oportunidad de medrar o de enriquecerse.
En julio de 2024, Keir Stamer obtuvo la primera mayoría absoluta para el Partido Laborista desde 2010. Pero sus órdenes a la policía de reprimir a los manifestantes contra su política y la delincuencia, así como los escándalos por la inmigración (asesinatos, violaciones, hospedaje en hoteles, gastos…), hundieron a su partido en varias elecciones, de modo que cuando los diputados socialistas encontraron un sustituto, que fue el alcalde de Manchester, Andy Burnham, le forzaron a dimitir. Su fracaso ha sido tan grande que hasta renunció a su acta de diputado por Holborn y St Pancras, por lo que se elegirá un nuevo diputado el 8 de octubre.
Y aquí ha aparecido otra prueba de los halagos de las izquierdas a los inmigrantes, similar a los carteles en árabe de la socialdemócrata sueca, Magdalena Andersson. El líder del Partido Verde, que en algunos países está ocupando el lugar de los viejos socialistas, Zack Polanski, ha lanzado un anuncio en el que chapurrea unas palabras en urdu, la lengua nacional de Pakistán. Es decir, pide el voto para ser diputado a personas que no hablan el idioma oficial del país. O quizás prefiere prometer lealtad al presidente Asif Ali Zardari, antes que al rey Carlos III.
Desde hace un año, Polanski es el líder del Partido Verde, aunque limitado a Inglaterra y Gales, porque en Escocia hay otro separado. Carece de escaño en la Cámara de los Comunes y sólo ocupa un puesto en la Asamblea del Gran Londres. Para afianzar su liderazgo y su presencia en un escenario tan fragmentado como es ahora la política británica, necesitaría esa acta.
Sin embargo, Polanski se dirige a un electorado que no entiende urdu, porque, de los 75.000 votantes que forman el distrito de Holborn y St Pancras, la mayoría habla inglés, bengalí, francés o español. Si se hubiera expresado en inglés, le habría entendido mucha más gente. O quizás se ha tratado una treta para ponerse en el centro del debate.
No es la primera vez que los Verdes se han dirigido a los pakistaníes. En otras elecciones lanzaron vídeos con acusaciones de “islamofobia” al Partido Reform, de Nigel Farage, y al Partido Laborista como un satélite del primer ministro indio, Narendra Modi.
En esta peste de aprovecharse de las divisiones entre etnias y religiones también han caído los demás partidos. Los laboristas buzonearon folletos en varios barrios de mayoría pakistaní asegurando que a los conservadores no les importaba Cachemira, región en disputa con la India. Y los conservadores reprocharon al alcalde de Londres, el pakistaní Sadiq Khan, un supuesto abandono de los sijs.
En un lado del espectro político, se pide el voto étnico, incluso pactando con las figuras principales de las comunidades pakistaníes o bengalíes. En el otro, Reform anuncia deportaciones de delincuentes o indocumentados; y su escisión, Restore, encabezada por Rupert Lowe, propone la “remigración”.
Después de la Primera Guerra Mundial, surgió el concepto “balcanización” como sinónimo de división grandes imperios en países pequeños (más manejables para las grandes potencias) y supuestamente homogéneos. La palabra se desempolvó en los años 90 debido al desmembramiento de Yugoslavia y la URSS.
Hoy, la balcanización, o sea, la división y el enfrentamiento, se halla dentro de las naciones europeas, traída por sus propias clases dirigentes. Como el nombre arrastra un significado negativo, se le llama multiculturalismo. Si los anteriores períodos de balcanización concluyeron en guerras, matanzas y destierros, ¿cómo puede concluir éste?