El banquete más lujoso del mundo: la fiesta del sha de Irán para homenajear 2.500 años Imperio Persa aceleró su caída

Con 600 líderes mundiales, 18 toneladas de comida, aves cantoras y una corona de 1.500 diamantes, Mohammad Reza Pahlaví buscó impresionar al mundo. Entonces, Jomeini desde París encendía la furia del pueblo iraní.
En septiembre de 1971, Irán se convirtió en escenario de la celebración más fastuosa y extravagante de la historia moderna. El sha Mohammad Reza Pahlaví, acompañado de su esposa Farah Diba, decidió conmemorar los 2.500 años del Imperio Persa con un megaevento destinado a consolidar su poder y proyectar la imagen de un Irán moderno y poderoso ante el mundo. Pero lo que comenzó como una demostración de riqueza y lujo terminaría marcando el inicio del fin de su reinado.
Mientras millones de iraníes sufrían la pobreza, sobre todo en las zonas rurales, el sha y Farah planearon un banquete de cinco días con 600 invitados, incluidos reyes, presidentes y líderes mundiales. Para recibirlos, se construyó un aeropuerto y una autopista de mil kilómetros que conectaba Persépolis con Teherán. La lista de invitados incluía a casi todas las monarquías europeas —como Balduino de Bélgica, Juan Carlos de Borbón, Rainiero de Mónaco y Grace Kelly—, así como presidentes de Brasil, Zaire o Senegal, y figuras polémicas como Imelda Marcos, el mariscal Tito y Nicolás Ceauşescu. La reina Isabel II de Inglaterra decidió no asistir, considerándolo un evento vulgar, aunque su esposo, Felipe de Edimburgo, sí estuvo presente.
Los líderes se alojaron en lo que se denominó un “camping de lujo”: megatiendas con varias habitaciones, salas de estar, estudios, baños de mármol y todos los lujos posibles. Durante la primera jornada, el sha y Farah rindieron homenaje a Ciro II El Grande en su mausoleo de Pasargada, prometiéndole solemnemente mantener su legado y proteger su gloriosa herencia, un acto cargado de megalomanía y teatralidad que buscaba emular a los grandes conquistadores del pasado.
La gastronomía fue otro de los hitos del evento: Maxim’s de París cerró durante dos semanas para preparar 18 toneladas de alimentos, incluyendo 2.700 kilos de carne de res y 1.000 kilos de caviar, todo importado de Francia salvo este último. Los platos eran opulentos y occidentales: huevos de codorniz con perlas de trufa, mousse de cangrejo de río, lomo de cordero relleno, pavo real a la imperial y turbante de higos. Para beber se descorcharon 2.500 botellas de champán de 1911 y 1.000 botellas de vino de Burdeos y Borgoña. Los banquetes se sirvieron en una carpa de 68 por 28 metros, con una fuente central y cinco avenidas adornadas con 15.000 árboles importados de Versalles. Para amenizar el ambiente, se importaron miles de aves cantoras, pero la mayoría murió por las extremas temperaturas del desierto, que llegaban a 40 °C de día y casi 0 °C de noche.
Mientras el lujo deslumbraba a los invitados, desde París, el ayatolá Jomeini le ponía palabras a la indignación de millones de iraníes: “Estos festejos no representan al noble pueblo musulmán de Irán. Todos los participantes son traidores del islam y del pueblo iraní”. Las protestas internacionales estallaron en varias ciudades y la más violenta ocurrió en el consulado iraní de California, donde un artefacto explosivo causó daños materiales.
El resultado fue contraproducente para el sha. Lejos de afianzar su poder, la fiesta evidenció la desconexión absoluta entre la monarquía y su pueblo, y aceleró la influencia de Jomeini. En 1979, la Revolución Islámica desató el derrumbe de la familia real. El 1 de febrero Jomeini regresó del exilio, y la familia del sha inició su peregrinar forzado. Un año y medio después, el 27 de julio de 1980, Mohammad Reza Pahlaví falleció de cáncer en El Cairo, Egipto.
El hombre que organizó el banquete más lujoso de la historia, capaz de movilizar riqueza, oro y diamantes, nunca logró cumplir con lo más básico: llevar pan y bienestar a su pueblo. Su legado quedó marcado por la opulencia extrema, la desconexión con la realidad y el inicio de la caída de un imperio que quiso hacer historia pero terminó siendo recordado por la extravagancia que precipitó su fin.