Suecia

El aviso de Suecia a España: la sustitución electoral ya es irreversible

La victoria de la izquierda sugiere que Suecia ha alcanzado el punto de no retorno.

El aviso de Suecia a España: la sustitución electoral ya es irreversible
Magdalena Andersson. (Ep)
  • Carlos Esteban
  • Columnista de Internacional. Quince años en el diario líder de información económica Expansión, entonces del Grupo Recoletos, luego en Intereconomía, donde fundó el semanario católico Alba, escribió opinión en Época, en La Gaceta y ahora como freelance en OKDIARIO.

La victoria de la izquierda sugiere que Suecia ha alcanzado el punto de no retorno. Qué poco ha durado la esperanza en el panorama sueco, que parecía en proceso de ser el primer país en contrarrestar la sustitución poblacional, igual que fue el primero en estimular la entrada del Tercer Mundo. El bloque de izquierdas encabezado por la socialdemócrata Magdalena Andersson se impuso este domingo en las elecciones legislativas suecas por el margen más estrecho posible.

Los cuatro partidos de la oposición suman -provisionalmente aún, cuando escribo esto- 176 diputados frente a los 173 de las fuerzas que han sostenido durante los últimos cuatro años al primer ministro conservador Ulf Kristersson. Apenas unos 28.000 votos separan a ambos bloques y todavía quedan por contar papeletas llegadas del extranjero y votos anticipados. El resultado definitivo se conocerá el miércoles.

Hace cuatro años ocurrió exactamente al revés. Las elecciones entregaron 176 escaños a la derecha y 173 a la izquierda y permitieron a Kristersson formar gobierno con Moderados, Democristianos y Liberales y el apoyo parlamentario de Demócratas de Suecia, el partido soberanista. Liderado por Jimmie Åkesson, el partido acababa de obtener el 20,54% de los votos y 73 diputados, su mejor resultado histórico. Cuatro años después ha caído al 17,6%, ha perdido la condición de segunda fuerza y aquellos tres escaños que dieron el Gobierno a la derecha han cambiado de lado.

Insistamos: esta debacle marca un brutal cambio en la tendencia del soberanismo que, más deprisa o más despacio, no hace más que crecer en intención de voto. El partido entró en el Parlamento en 2010 con apenas un 5,7% de los votos, obtuvo el 12,9% en 2014, el 17,5% en 2018 y el 20,5% cuatro años después. Vivió un agresivo cordón sanitario al estilo del alemán AfD. En 2022 se convirtió en imprescindible para formar una mayoría y consiguió que el nuevo Gobierno asumiera buena parte de sus políticas migratorias.
Todo sonreía a los antiinmigracionistas. Kristersson llegó entonces al poder prometiendo un «cambio de paradigma», calificaba expresamente de «insostenible» la inmigración y anunciaba que la legislación de asilo se llevaría al mínimo exigido por la Unión Europea. También prometía endurecer la reunificación familiar, la residencia y la ciudadanía, facilitar las expulsiones y estimular el retorno voluntario.

Y es que Suecia había hecho mucho el loco en su esfuerzo por convertirse en el África de Escandinavia. En 2015, con una población que todavía no alcanzaba los diez millones, recibió 162.877 solicitudes de asilo, el 12% del total en la UE. En relación con su población, ningún país de destino recibió más. Más de 51.000 solicitantes eran sirios, 41.500 afganos y casi 21.000 iraquíes. Entre los recién llegados había 35.369 menores no acompañados.

Diez años después, la inmensa mayoría de aquella población seguía en Suecia. De los 163.000 solicitantes de 2015, 65.872 habían adquirido ya la ciudadanía sueca. Casi 38.000 de ellos eran sirios. Otros 23.292 disponían de residencia permanente y 12.311, temporal. Apenas 38.774 figuraban oficialmente como emigrados. Y a aquella oleada hay que añadir la reunificación familiar: entre 2015 y 2020 se concedieron cientos de miles de permisos para vivir con familiares establecidos en Suecia; más de 160.000 de los beneficiarios de esos permisos habían obtenido posteriormente la ciudadanía.

Y aquí está la clave: no se trata de que los suecos étnicos hayan descubierto súbitamente las ventajas de la inmigración masiva llegada del Tercer Mundo; es que, simplemente, la sustitución está funcionando. La inmigración ha alterado el censo electoral.

Son habas contadas, si uno se para a pensarlo, basta contar con los dedos. En las elecciones de 2014, sólo el 12% de los electores suecos había nacido en el extranjero. En 2022 eran ya el 15%. Entre 2018 y 2022 el número de electores nacidos fuera aumentó en más de 200.000, mientras disminuía en unos 25.000 el de nacidos en Suecia de dos padres también nacidos en Suecia. Para las elecciones de este año, Statistics Sweden calculaba 7,8 millones de ciudadanos suecos residentes con derecho a voto, 190.000 más que en 2022.

Cuando Suecia intentó cerrar la puerta, los que ya habían entrado seguían creciendo más que los autóctonos e imponían su visión política. Se acabó. La vuelta atrás se hace ya prácticamente imposible. Entre los suecos de origen extranjero, los socialdemócratas obtenían un 45,8% según estudios estadísticos oficiales. Entre los de origen sueco, un 30,8%. La diferencia es de quince puntos. Para Demócratas de Suecia sucedía exactamente lo contrario: 12,2% entre los primeros y 19,8% entre los segundos.

Una elección decidida por unas decenas de miles de votos convierte esas diferencias en algo políticamente explosivo. La pregunta que empieza a plantearse una parte de la derecha sueca es si el país acaba de asistir a una transformación demográfica definitiva, en la que una mayoría de derechas entre los autóctonos ya no se traduce en una mayoría de derechas en las urnas.

Por eso las barbas suecas deberían animar a España a poner las suyas a remojar. A 1 de enero de este año vivían en nuestro país por primera vez más de diez millones de personas nacidas en el extranjero, el 20% de la población. El número de extranjeros era bastante menor, 7,24 millones, precisamente porque millones de inmigrantes han adquirido ya la nacionalidad española.

El ritmo está acelerándose. En 2023 adquirieron la nacionalidad 240.208 residentes extranjeros; en 2024 fueron 252.476 y en 2025, 299.732, récord histórico. En apenas tres años son casi 800.000 nuevos españoles. Marruecos, Colombia y Venezuela fueron el año pasado las tres nacionalidades de origen más numerosas.

Y también sabemos cómo votan, aproximadamente. Un estudio de Opina 360 construido a partir de 1.888 españoles nacidos en el extranjero y nacionalizados, extraídos de los barómetros del CIS entre julio de 2025 y junio de 2026, sitúa la intención directa de voto a la izquierda en el 35,1% y a la derecha en el 28,9%. Entre los españoles de origen, la diferencia prácticamente desaparece: 31,7% frente a 30,3%. El PSOE obtiene entre los nacionalizados un 27,9%, cuatro puntos más que entre los españoles de origen.

Las diferencias por procedencia son enormes. Los nacionalizados nacidos en Europa se inclinan más por la derecha. Entre los americanos existe prácticamente un empate, aunque colombianos, ecuatorianos y peruanos se inclinan algo más hacia la izquierda y cubanos y venezolanos claramente hacia la derecha. Entre los nacidos en África, en cambio, la intención directa de voto alcanza el 51,9% para la izquierda frente al 15,7% para la derecha. Entre los asiáticos, 46,7% frente a 19,5%.

En las elecciones generales de 2015 había 1,82 millones de electores nacionalizados residentes en España. En 2023 eran ya 2,54 millones. El mismo estudio estima que en las próximas generales superarán los tres millones y representarán entre el 8% y el 9% del censo residente.

Y mientras ese proceso continúa, la regularización extraordinaria aprobada este año ha recibido 1.174.978 solicitudes. Regularizar no equivale a nacionalizar y ninguno de esos expedientes entrega automáticamente el derecho a votar en unas elecciones generales. Pero residencia, arraigo y nacionalidad forman una secuencia que España conoce perfectamente: el propio INE señala que, entre quienes adquirieron la nacionalidad en 2025 habiendo vivido antes en el extranjero, el año de llegada más frecuente fue 2019. Apenas seis años separaban la inmigración de la ciudadanía en ese grupo.

Suecia empezó este camino mucho antes. También empezó antes a preocuparse, antes a endurecer su política migratoria y antes a pagar a algunos inmigrantes para que se marcharan. El domingo puede haber descubierto que incluso una rectificación radical llega demasiado tarde para borrar los efectos electorales de las decisiones tomadas una década atrás. Dentro de cuatro años sabremos si el resultado de estas elecciones fue un accidente de tres escaños o el primer aviso de algo mucho más profundo. España no necesita esperar tanto para mirar las cifras.

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