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Taurinos y antitaurinos dentro de la Familia Real

Taurinos y antitaurinos dentro de la Familia Real

La afición a la tauromaquia, un asunto que suscita desde algunos años una fuerte controversia entre los que son partidarios de la denominada fiesta nacional y los que quieren abolirla en todo el territorio nacional, no es unánime ni mucho menos dentro de la Familia Real española. Desde siempre se ha sabido que el Rey Juan Carlos y su hija mayor, la Infanta Elena, son grandes aficionados a las corridas de toros y por ello es fácil verlos en las plazas contemplando el espectáculo taurino desde la primera fila de barrera en vez de ocupar el palco de honor, que está más lejos y distante del ruedo. A esa afición se han sumado asimismo los dos hijos de la Infanta, Felipe y Victoria, a los cuales es frecuente ver en las ferias taurinas e incluso mantener amistades estrechas con algunos jóvenes toreros.

Sin embargo, la Reina Sofía, gran amante de todo tipo de animales hasta el punto de tener un pequeño zoo en el Palacio de la Zarzuela, se mostró desde que llegó a España bastante remisa a ser testigo de un espectáculo en el que la sangre, a veces del toro y otras de los matadores y subalternos, mancha el amarillo del albero cada tarde de corrida. Al principio de llegar al país de su marido, acudía a las Plazas  ataviada con su correspondiente mantilla, como mandan los cánones, y desde el palco de honor trataba de mantener el tipo y controlar el horror que le inspiraban las faenas de los toreros y sus cuadrillas. Pronto dejó de hacerlo y hace ya varias décadas que dejamos de ver a doña Sofía en una plaza de toros.

La Infanta Cristina se decantó por la misma actitud de su madre ante el espectáculo taurino y aunque es posible que cuando fuera muy joven se viera obligada a representar a la Corona en una corrida de toros, no hay testimonios recientes de su presencia en un coso ni menos aún con su familia. Y llegamos ya a la postura frente a la tauromaquia del actual monarca, cuya afición fue muy tibia mientras tuvo el rango de Príncipe de Asturias, pero que sus funciones como Jefe del Estado han provocado un cambio de actitud ante el espectáculo taurino.

De ahí que las recientes palabras del Rey Felipe en la Real Maestranza de Caballería de Sevilla, en el acto de entrega de sus Premios Taurinos y Universitarios, hayan creado cierta polémica entre los enemigos de la fiesta. El monarca, en sus palabras, definió la tauromaquia como “expresión de un patrimonio inmaterial que es valorado por millones de españoles y son un verdadero referente para sus profesionales y para todos los aficionados. Felicito a los premiados que ven así reconocidos el esfuerzo de su trabajo, su valor y la excelencia de su arte”.

Como es lógico y natural, esas palabras del Rey han caído como agua de Mayo en los ambientes taurinos, que se quejan últimamente de la tibieza de los que no se atreven a defender en público la fiesta de los toros. Y también, en la parte contraria, han subido de tono las descalificaciones contra el Jefe del Estado por sus palabras a favor de la tauromaquia. Ellos, los anti taurinos, no se conforman con dejar de ir a las plazas de toros, si no les gusta el espectáculo, sino que quieren que se prohíba para siempre.

Nunca llueve a gusto de todos.

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