Demoler o reconstruir el atlantismo
El discurso de Marcos Rubio ha sido más constructivo con las autoridades europeas tanto en la forma y como en el fondo
Hace un año, en Múnich, el vicepresidente Vance sorprendió a los líderes europeos acusándoles de destruir sus propias democracias.
En esta ocasión el discurso del representante estadounidense invitado, Secretario de Estado Marcos Rubio, ha sido más constructivo con las autoridades europeas tanto en la forma y como en el fondo.
Las palabras elegidas por Rubio, de una elegante brutalidad, pronunciadas en la Conferencia de Seguridad de Múnich el pasado14 de febrero de 2026, se centran en un llamamiento público para revitalizar la alianza transatlántica entre los Estados Unidos y la vieja Europa. Una relación histórica que sorpresivamente había empezado a ser demolida por el presidente Trump, que rompió el consenso desde el primer día de su elección, ante los atónitos ojos de los dirigentes europeos que se consideraban aliados hasta ese momento. Lo hizo además criticando los errores cometidos por Europa en sus políticas económicas, migratorias y de seguridad, aprovechando para enfatizar la necesidad de restaurar una nueva y fuerte «civilización occidental».
Desde una perspectiva de la economía de la conducta basada en las ideas de Daniel Kahneman y Richard Thaler que explica el porqué de las decisiones irracionales que influyen en el comportamiento humano, este discurso puede interpretarse como un ejercicio retórico que trata los prejuicios para persuadir a la audiencia europea con el intento de promover una nueva agenda política.
Rubio abre su discurso con una maniobra magistral, su objetivo claro es desmantelar simultáneamente el dogma del neoliberalismo globalista y de la impostura de las falsas izquierdas que durante décadas han vivido de vender indignación mientras administran ruina.
Una crítica a la eufórica y optimista «ilusión inocente» post-Guerra Fría tras la caída del Muro de Berlín. El mundo debería haber entrado en una nueva era de democracias liberales, basado en un comercio sin fronteras. Según las palabras de Francis Fukuyama, sería el «fin de la historia».
Una excesivamente acomodada sociedad europea, habría sobreestimado los resultados positivos de un mundo feliz sin enemigos, subestimando al tiempo los verdaderos riesgos de la «naturaleza humana» basados en las lecciones que nos muestran siglos de historia en común. Como afirmó el filósofo español George Santayana, “aquellos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo”.
En pocas líneas, Rubio expone que el libre comercio sin reciprocidad no supuso un aumento de la modernidad sino realmente ha representado un suicidio industrial; la cesión de soberanía a organismos internacionales no supuso un aumento de la cooperación sino una verdadera rendición; y que el culto climático, la migración masiva y la deslocalización productiva no fueron políticas humanistas, sino en la práctica han supuesto unos instrumentos de debilitamiento deliberado contra las clases trabajadoras de Occidente.
China no se incorporó al sistema de la Organización Mundial del Comercio para asumir los valores de Occidente, lo hizo para comprar tiempo y copiar la tecnología para hacernos cada vez más dependientes.
Para el Secretario de Estado americano, la desindustrialización ha sido causada por un comercio excesivamente desregulado con una dependencia de terceros países mediante una descomunal subcontratación, que Rubio describe como un “grandísimo error voluntario» que ha dejado a Occidente postrado a China y «muy vulnerable».
Este hecho es además una evidencia de la conocida aversión a la pérdida, que es un pilar de la teoría de la economía de la conducta. Las personas prefieren evitar las pérdidas frente a obtener unas ganancias equivalentes.
Rubio describe las erráticas políticas occidentales del pasado como aquellas que han provocado el cierre de grandes empresas industriales, cientos de miles de empleos deslocalizados y una excesiva dependencia de las materias primas, tierras raras y suministros clave, generando en la práctica un dolor psicológico mayor que los posibles beneficios percibidos causados por el libre comercio. La reconstrucción del músculo productivo occidental es un requisito de supervivencia geopolítica del nuevo occidente.
También ha criticado directamente aquellas políticas energéticas desarrolladas «para apaciguar a una secta climática», que realmente empobrecen a la población mientras sus competidores, principalmente los países asiáticos, explotan sin control los recursos fósiles. Se prefieren los recursos energéticos propios y nos resistimos a aquellos cambios que perciben como pérdidas causadas por la transición verde, concluyendo en un mayor proteccionismo económico.
Rubio enfatiza la «herencia compartida» de la civilización occidental, que unen a los EE.UU. con las naciones de Europa por unos lazos históricos, culturales y cristianos, llamando a estar «orgullosos del patrimonio compartido», con el mensaje de reforzar las creencias preexistentes de nuestra superioridad cultural.
Es una realidad que las identidades sociales influyen en las decisiones económicas. En este sentido hay quien apela al miedo y defiende que la migración masiva es una «amenaza» a la «cohesión de nuestra sociedad» y a la «supervivencia de la civilización occidental». Rubio argumenta en su discurso que un mayor control de las fronteras, lejos de ser un comportamiento basado en la xenofobia, es realmente un ejercicio de la auténtica «soberanía nacional». Se defienden como unas políticas públicas restrictivas que son capaces de mitigar la percepción de la población de que se produce una pérdida cultural.
Asimismo, el discurso rechaza racionalizar el «statu quo roto», criticando las instituciones internacionales como la ONU que a los ojos de los EE. UU ha demostrado una falta de eficacia en los recientes conflictos de Gaza, Ucrania, Irán, o Venezuela.
En este sentido para el Secretario de Estado, Europa cometió el error de defender ciegamente un «orden mundial basado en normas» pese a sus evidentes fallos. La realidad es que el sistema de poder global nacido tras la posguerra ha dejado de funcionar. Hemos entrado en una etapa mucho más competitiva y peligrosa entre las grandes potencias.
Esta nueva etapa nacida del colapso de la previa arquitectura internacional, implica un aumento del uso de las herramientas geoeconómicas que se usan como unas verdaderas armas comerciales, los aranceles, las sanciones y las restricciones, utilizadas para ganar una ventaja geopolítica, incluyendo el bloqueo de mercados y las guerras tecnológicas sobre la inteligencia artificial y los microprocesadores, protegiendo la innovación bajo el paraguas de la seguridad nacional.
Se han demostrado como unos potentes instrumentos para dañar económicamente a rivales, como Rusia e Irán, impactando además en el PIB global vía materias primas, en las inversiones y en las cadenas de valor. Es un hecho demostrado que las sanciones pueden devaluar las monedas, eliminando el acceso a la imprescindible financiación para modernizar las infraestructuras productivas.
En este escenario geoeconómico, las economías débiles se vuelven cada vez más vulnerables y dependientes. Las potencias emergentes como China desafían el statu quo para realinear las reglas en función de su creciente riqueza y poder industrial. En economía los efectos tardan mas en ocurrir de lo que uno piensa…pero luego ocurren mucho mas rápido de lo que uno esperaba.
El orden mundial posterior a 1945 ha colapsado, dando paso a una era de desorden donde está prevaleciendo el poder duro sobre las reglas internacionales. Desde una perspectiva geoeconómica que enfatiza cómo el poder económico, la riqueza, las finanzas, el comercio y el capital, se entrelaza con la geopolítica para influir en las relaciones internacionales, las inversiones y las estrategias de poder. Rubio propone una «nueva alianza» enfocada en la innovación, la inteligencia artificial, el espacio y el sur global. Marcos Rubio, afirmó que estamos en una ‘nueva era geopolítica’ porque el ‘viejo mundo’ había desaparecido ya.» No es una era de cambio, estamos ya en un cambio de era.
En conjunto, el discurso de Rubio es un ejemplo de cómo la retórica política tiene vocación y capacidad de influir en los comportamientos económicos y geopolíticos de su entorno europeo. Se ha tratado de un discurso distinto, que no buscaba convencer a la audiencia del día en el que se lee, sino que se pretende dejar un legado verdadero para la posteridad.
Como hemos analizado, no se trata de un discurso que incluye un análisis económico racional puro, sino que hemos escuchado un discurso que ha integrado las emociones, con una apelación al miedo, en un contexto de un acelerado declive occidental, lo que justificaría la urgencia de la acción de las naciones de Europa junto con los Estados Unidos unidas culturalmente y espiritualmente bajo las instrucciones de los estadounidenses. Rubio ha utilizado además estos mecanismos discursivos para posicionarse, apelando a la «reciprocidad” y a la “lealtad” entre las partes, principios conductuales típicos de las negociaciones, y que vemos ya como señas de identidad de la era Trump.
Es una realidad que los verdaderos líderes políticos globales, Rubio claramente lo es, tienen la capacidad de moldear los comportamientos colectivos en unos contextos geopolíticos complejos como los que estamos viviendo. Esos años que parecen décadas por todo lo que está ocurriendo en nuestro entorno y que no somos capaces de explicar con los modelos tradicionales.
Eso es lo que ha ocurrido con Marco Rubio. No estamos frente a un retórico discurso protocolario más, en realidad es una demostración de fuerza. No estamos frente a una intervención diplomática más para quedar bien, sino que nos ha presentado el guion de la orden de reconstrucción de Occidente en forma de declaración de guerra por una nueva arquitectura moral del mundo.
Lo que ha marcado la diferencia de este discurso político, es que, de una forma clara, un líder estadounidense en nuestro suelo, no se dirige a nosotros los europeos como el tradicional administrador del orden mundial, sino acusándonos directamente como los responsables del suicidio de occidente. Occidente no ha sido derrotado, sino que Occidente se ha rendido por comodidad.
Se trata de las declaraciones de un líder mundial que van a resultar una variable fiable de predicción de los futuros efectos económicos sobre la economía mundial.
Previsiblemente, tras este discurso veremos los hechos concretos de las políticas públicas que ha dibujado Rubio con una amable claridad en su intervención. Una reindustrialización acelerada con unas cadenas de suministro en los sectores clave totalmente independientes de China. Una nueva política energética sin complejos construida sobre la energía nuclear, el petróleo y el gas junto a las energías verdes. Una política migratoria basada en la seguridad nacional. Una expansión de la inteligencia militar y de negocio.
Y Europa tiene de nuevo la opción de acompañar, si así lo decide, a los Estados Unidos en este viaje atlantista del que nunca debió alejarse.
Hora est renascentiae Occidentis
José Luis Moreno, economista ha sido director de Economía en la Comunidad de Madrid y en el Ayuntamiento de Madrid. Analista económico y empresarial.
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