Reflexión

La reflexión de Pablo Picasso, escultor y pintor andaluz, sobre el arte: «Todo acto de creación es, ante todo, un acto de destrucción»

Pablo Picasso
Arte urbano de Picasso en Málaga. Foto: Daniel Capilla en Wikimedia Commons.
  • Alejo Lucarás
  • Licenciado en Comunicación Social por la Universidad Nacional de Córdoba. Redactor SEO especializado en actualidad, ciencia aplicada, tecnología y fenómenos sociales, con un enfoque divulgativo y orientado a explicar al lector cómo los grandes temas de hoy impactan en su vida cotidiana.

Pablo Picasso no necesita presentación, al menos para los españoles y amantes del arte: pintor y escultor nacido en Málaga, es una de las figuras que más ha cambiado la forma de entender el arte y la cultura modernos. Entre los cientos de frases que se le atribuyen, hay una que resume mejor su manera de trabajar: la idea de que todo acto de creación es, ante todo, un acto de destrucción.

La frase circula desde hace décadas en libros, charlas y redes sociales, casi siempre citada sin más contexto que el nombre del propio Picasso al final. Pero entenderla de verdad exige mirar hacia su obra, hacia los momentos en que rompió con lo que él mismo había construido, y preguntarse qué tiene esto que ver con cualquier proceso de cambio, no solo con el arte.

¿Qué quiso decir Picasso al unir crear y destruir en una misma frase?

La idea de fondo es sencilla de enunciar, aunque no tanto de aceptar: para que exista algo nuevo, tiene que desaparecer antes una versión anterior de las cosas. Un lienzo en blanco deja de ser blanco en cuanto se pinta la primera línea; una idea original solo ocupa su lugar cuando desplaza a la que había antes. Crear implica siempre eliminar una posibilidad para dejar sitio a otra.

En el caso de Picasso, esa destrucción no era solo una metáfora bonita. Buena parte de su carrera consistió en desmontar, una y otra vez, las normas que él mismo había ayudado a fijar, obligándose a empezar de cero cada vez que corría el riesgo de instalarse en la comodidad de un estilo ya dominado.

Lo que hay que dejar morir para que nazca algo nuevo

Trasladada fuera del mundo del arte, la frase habla de algo que cualquiera reconoce en su propia vida: cambiar de trabajo, terminar una relación o empezar un proyecto distinto casi nunca sale gratis.

Antes de construir algo diferente, hay que renunciar a una rutina, a una identidad o a una manera de hacer las cosas que, aunque ya no funcione, resulta conocida y por eso cuesta soltar.

Esa resistencia a destruir lo viejo explica por qué tantos proyectos, relaciones o formas de trabajar se prolongan más de lo necesario: el miedo no está tanto en lo nuevo como en la pérdida de lo anterior.

Picasso, en cambio, convirtió esa pérdida en parte del método: destruir dejó de ser un fracaso y pasó a ser el primer paso del trabajo.

Algo parecido ocurre, por ejemplo, con cualquier reforma de una casa. Antes de disfrutar del espacio nuevo, hay que vivir el desorden de los escombros, el polvo y la incomodidad de no tener las cosas en su sitio. Nadie discute que el resultado final compense, pero pocos disfrutan el proceso de derribo que lo hace posible.

Del cubismo a Guernica: cuando Picasso destruyó su propio arte para reinventarlo

La biografía de Pablo Picasso está llena de ejemplos de esa destrucción convertida en método. Antes incluso del cubismo, ya había pasado por su primera destrucción personal.

En 1901, la muerte de su amigo Carlos Casagemas lo hundió en una etapa de cuadros dominados por el azul y la tristeza, muy alejados de la pintura más colorida y convencional que hacía hasta entonces. Tuvo que abandonar ese estilo inicial para encontrar un lenguaje capaz de expresar el duelo.

En 1907 pintó Las señoritas de Aviñón, un cuadro que rompió de un plumazo con siglos de perspectiva y proporción clásica en la pintura occidental, y que abrió el camino al cubismo que fundaría junto a Georges Braque poco después.

La reacción de sus amigos más cercanos, al verlo por primera vez, fue de rechazo casi unánime; incluso otros pintores de vanguardia lo consideraron un error. Picasso guardó el cuadro durante años sin exponerlo en público, convencido de que aquella ruptura, aunque incómoda para los demás, era el paso necesario para seguir avanzando.

30 años más tarde repitió el gesto, pero con un cuadro muy distinto: Guernica. Pintado en 1937 como respuesta al bombardeo de la localidad vasca durante la Guerra Civil española, ese lienzo no solo denunciaba una masacre real, sino que rompía con la intimidad y el juego formal del propio cubismo que Picasso había construido.

Para hablar del horror de la guerra, tuvo que destruir también su manera anterior de pintar.

¿Por qué cuesta tanto aceptar que crear también duele?

Asumir que crear implica destruir choca con la idea, mucho más cómoda, de que lo nuevo debería llegar sin coste alguno.

Pero la trayectoria de Picasso, con más de 20.000 obras catalogadas a lo largo de su vida, muestra precisamente lo contrario: cada etapa (el periodo azul, el cubismo, Guernica, las últimas series de grabados) implicó abandonar la anterior casi por completo.

Picasso murió en 1973 dejando obra hasta el último día. Pintó y grabó casi hasta el final, sin dejar nunca de destruir lo que acababa de terminar para intentar la siguiente pieza. Esa costumbre, más que cualquier frase célebre, es la prueba real de lo que quiso decir.

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