Miguel de la Quadra-Salcedo, atleta y reportero de guerra navarro: «Me hice aventurero leyendo libros de Julio Verne y Emilio Salgari»
Miguel de la Quadra-Salcedo fue atleta olímpico, reportero de guerra y explorador, pero por encima de todo se definía a sí mismo como un curioso incorregible. Cubrió conflictos en Congo, Vietnam y Chile, entrevistó a líderes mundiales y acabó creando uno de los programas educativos más longevos de España.
Detrás de esa vida repleta de viajes y titulares había una explicación mucho más sencilla de lo que cualquiera imaginaría. El propio Quadra-Salcedo la resumió en una frase que pronunció ya mayor, mirando hacia atrás, hacia los años en los que todavía no había subido a ningún avión.
Miguel de la Quadra-Salcedo: la infancia en Pamplona entre libros y linternas
Aunque nació en Madrid en 1932, su familia se trasladó a Pamplona cuando él tenía apenas cuatro años, y fue allí donde se crió como un navarro más, perdido entre montes y colegios religiosos.
En una entrevista concedida ya con más de 80 años, recordó sin rodeos el origen de su vocación:
«Me hice aventurero leyendo libros de Julio Verne y Emilio Salgari. Mi madre apagaba la luz y yo agarraba una linterna y seguía leyendo debajo de las sábanas».
Y desde luego podemos intuir que la imagen no es una simple anécdota entrañable. Ese niño que desobedecía a su madre para terminar un capítulo más se convertiría, décadas después, en el mismo hombre que recorrería selvas, ríos y frentes de guerra con idéntica obstinación.
¿Qué tenían Julio Verne y Emilio Salgari para fabricar tantos aventureros?
¿Casualidad? Nada de eso. La elección de estos dos autores tuvo todo el sentido necesario. El francés Julio Verne construía sus novelas sobre expediciones científicas y geografías extremas, mientras que el italiano Emilio Salgari, con series como Sandokán o El Corsario Negro, llenaba sus páginas de piratas, selvas asiáticas y justicieros que desafiaban imperios enteros.
Ambos ofrecían a un niño de posguerra la posibilidad de escapar sin moverse de la cama. En el caso de Quadra-Salcedo, esa influencia no se quedó en la infancia.
A los diez años leyó La Jangada, la novela de Verne sobre un descenso en balsa por el río Amazonas, y guardó esa historia casi 30 años.
Ya adulto, la convirtió en realidad: navegó ese mismo río en una balsa de madera junto a su mujer y su hijo mayor, partiendo de Iquitos, en Perú.
Miguel de la Quadra-Salcedo, del atletismo olímpico a los frentes de guerra
Antes de convertirse en reportero, Quadra-Salcedo ya había hecho carrera como atleta de lanzamientos. Compitió en los Juegos Olímpicos de Roma 1960 y acumuló un palmarés que muy pocos deportistas españoles de su época pudieron igualar:
- Nueve campeonatos de España, repartidos entre disco, peso y martillo.
- Una técnica de lanzamiento de jabalina adaptada de la barra vasca que la IAAF prohibió por considerarla demasiado peligrosa.
- Una marca de 112,30 metros con esa técnica, la más larga jamás registrada en la disciplina.
Cuando dejó la pista, cambió el estadio por la selva: trabajó como etnobotánico en el Amazonas y, poco después, Televisión Española lo convirtió en corresponsal en el Congo, Vietnam y Chile durante el golpe de 1973.
¿Cuántas vocaciones nacen todavía de un libro leído a escondidas?
En 1979 fundó lo que terminaría llamándose Ruta Quetzal, un programa que llevó a miles de jóvenes de toda Iberoamérica a vivir su propia aventura formativa por selvas, ruinas y ciudades históricas.
En su documento de identidad, donde la mayoría escribe una profesión convencional, él prefirió anotar una sola palabra: «giróvago».
Según Wikipedia, un giróvago es una persona que vaga o viaja sin un destino fijo. El término proviene del latín gyrovagus (de gyrus, «giro», y vagus, «vagabundo»). El concepto tiene dos usos principales: su acepción religiosa histórica y su uso general como sinónimo de vagabundo o errante.
Quadra-Salcedo murió en Madrid en 2016, a los 84 años, sin haber dejado nunca de viajar. Su historia deja una pregunta incómoda para cualquier lector adulto: de todas esas historias que devoramos de niños, ¿cuántas seguimos dispuestos a vivirlas de verdad, en lugar de solo recordarlas?