OKDIARIO entra con los invasores en el campamento recién estrenado: «Nos han surtido de todo, pero queremos ir a la península»
Literas sin estrenar, tres comidas al día, duchas y vacunas: los inmigrantes que atiende OKDIARIO no tienen una sola queja
El campamento ofrece 1.700 plazas para las 13.000 personas en situación irregular que quedan en la ciudad
OKDIARIO ha entrado en el campamento recién estrenado del puerto de Ceuta. En todas las tiendas hay material de cama a estrenar, ropa nueva en algunos casos, comida y bebida a diario y libertad de horario durante el día. Ninguno de los inmigrantes con los que ha hablado este periódico tiene una queja del recinto. Y todos rematan con la misma frase: «El centro está muy bien, pero queremos ir a España».
A las puertas del recinto, sobre unas mesas, hay agua y zumos para el que llega. Antes de pasar, cada uno recibe una pulsera azul y cruza el control de seguridad; después viene la reseña policial, con huellas y fotografía de frente. Al otro lado del vallado, en varios puntos, cuelgan folios impresos con una sola palabra y el logo del Gobierno: completo.
Dos zonas, dos camas distintas
Dentro hay dos zonas perfectamente diferenciadas. La primera, el recinto principal, la forman medio centenar de carpas blancas de la AECID alineadas en batería. Son dormitorios: ocho literas por tienda, dieciséis personas por carpa.
Las estructuras son metálicas y los colchones azules siguen sin desprecintar en algunas camas; hay chicos deshaciendo el envoltorio de las sábanas blancas y colocándolas encima, con las mochilas y la ropa ya colgadas de los barrotes. Del techo penden tres bombillas. Pegadas a las lonas, por fuera, hay duchas portátiles, y las alambradas del perímetro se han convertido en tendederos improvisados.
La segunda zona queda más apartada, dentro del mismo perímetro portuario, y es otra cosa. Son tres carpas de gran formato gestionadas por SAMU, sin compartimentar por dentro, tipo nave. Ahí no hay literas ni colchones: hay catres de campaña de lona verde, plegables, alineados en hileras paralelas que dejan pasillos de apenas un paso entre camastro y camastro. La estructura metálica blanca del techo filtra la luz y dentro se está a media sombra. Los hombres esperan tumbados, en pantalón corto y descalzos, con las mochilas a los pies. Al fondo, de pie, grupos de diez o doce matan el tiempo hablando.
Comida y centro de vacunación
El comedor es otra carpa, con el suelo todavía de grava y largas mesas plegables blancas dispuestas en hilera. Sobre ellas, barras de pan enteras servidas sobre servilletas de papel, botellas de agua alineadas de punta a punta, vasos, yogures de plátano y tarrinas de postre. Los internos comen sentados de un solo lado, con cucharilla de plástico, mientras el personal reparte por el pasillo central. La comida llega en cargamentos diarios y nadie tiene que pedirla dos veces.
Hay enfermería y dispensario dentro del propio campamento. El SAMU ha repartido además ropa nueva a parte de los internos y ha montado un centro de vacunación improvisado. Durante el día se puede entrar y salir con libertad, y muchos lo hacen: bajan al polígono contiguo, compran en las tiendas del entorno y vuelven a la hora de comer.
«No queremos asilo»
A unos metros del recinto, dos de ellos han pintado con espray dos cartones enormes y los sostienen a la altura del pecho. El mensaje, escrito en un castellano aproximado, no deja lugar a la interpretación: no quieren asilo, quieren «una vida legal para pasar a la península». Es exactamente lo mismo que repiten, uno tras otro, dentro de las carpas.
Walid tiene 30 años, es de Tetuán y llegó a Ceuta a nado con su hijo de 13. Antes trabajaba en la aduana de la ciudad; en Marruecos, «por diez riales», con tres hijos que mantener. Del campamento no tiene una sola queja: «Nos lo dieron todo aquí, gracias a Dios: comida, bebida, atención médica, todo». Enumera leche y cacao en el desayuno, pollo y arroz al mediodía, mantas nada más entrar y un traslado al hospital cuando lo necesitó.
Pide dos cosas: que no le separen del niño —»Espero que esté conmigo y que no nos separen»— y que le dejen pedir asilo. «Nuestro sueño es España. Aquí podemos cambiar el futuro de nuestros hijos». De Rabat se desmarca: «El rey no nos dijo que saliéramos de Ceuta».
Redouane lo cuenta en la cola del control de seguridad. Mayor de edad, fue de los primeros en llegar a nado y hasta ahora ha vivido en una caseta improvisada de El Trampolín. Su familia le manda dinero desde Marruecos para comprarse ropa. Admite que en las carpas están surtidos de todo, pero repite que Ceuta no es el destino: quiere un trabajo en la península.
Azdin, 16 años, habla sentado en un catre de lona verde: cruzó nadando, pasó mucho miedo al entrar y dice que las noches a la intemperie en la playa fueron lo peor de estas semanas. Conserva el teléfono y llama a diario a su madre. Ilias responde en una tienda del polígono, en árabe traducido por un compatriota; ha dormido en Benítez y en el portal de un edificio, agradece a las ONG el arroz y el atún con los que lo han alimentado y no piensa buscar empleo: da por hecho que en España le darán ayuda económica y asilo.
Ninguno de los cuatro está en el puerto para quedarse en el puerto. El campamento ordena la imagen de las playas, reparte ropa y mantas sin estrenar y sirve tres comidas al día, pero no responde a la única pregunta que se repite bajo las lonas: cuándo y cómo salir de Ceuta. Con 1.700 plazas entre las dos zonas frente a las 13.000 personas en situación irregular que el Gobierno de Ceuta contabiliza en la ciudad, el recinto no llega ni a una de cada siete.
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