Antonio Escohotado, filósofo español: «Un país no es rico porque tenga diamantes o petróleo, un país es rico porque tiene educación»
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Antonio Escohotado es uno de los pensadores españoles más inclasificables y, por eso mismo, uno de los más interesantes. Filósofo, escritor y profesor universitario, Escohotado dedicó décadas a explorar los márgenes del pensamiento establecido con una honestidad intelectual que incomodaba por igual a izquierdas y derechas. Entre sus reflexiones más citadas figura una que tiene la virtud de los grandes aforismos: parece sencilla, pero cuanto más se piensa más difícil resulta rebatirla. «Un país no es rico porque tenga diamantes o petróleo, un país es rico porque tiene educación».
Una frase que la economía del desarrollo lleva décadas intentando demostrar con datos lo que Escohotado condensó en una sola línea.
La trampa de los recursos naturales
La historia económica del siglo XX ofrece ejemplos abundantes y dolorosos de lo que ocurre cuando un país confunde la riqueza de su subsuelo con la riqueza de su sociedad. Nigeria tiene petróleo en abundancia y sigue siendo uno de los países con mayor índice de pobreza del mundo. Venezuela contaba con las mayores reservas probadas de crudo del planeta y ha vivido una de las crisis económicas y humanitarias más devastadoras de América Latina en las últimas décadas. La República Democrática del Congo alberga minerales imprescindibles para la tecnología moderna y encabeza sistemáticamente los índices de miseria humana.
Los economistas tienen un nombre para este fenómeno: la maldición de los recursos. La abundancia de materias primas valiosas tiende a generar dependencia, corrupción, desindustrialización y conflicto. Y en ausencia de instituciones sólidas y de una población educada capaz de gestionar esa riqueza y diversificar la economía, el petróleo o los diamantes no construyen prosperidad sostenida. La destruyen.
Lo que sí construye riqueza duradera
El contrapunto lo ofrecen países que partían de muy poco en términos de recursos naturales y que sin embargo se convirtieron en potencias económicas de primer orden. Japón, Corea del Sur, Singapur, Finlandia o Suiza tienen en común haber apostado de forma decidida y sostenida por la educación como palanca de desarrollo. Ninguno de ellos tiene petróleo ni diamantes en cantidades significativas. Todos ellos figuran entre las economías más avanzadas, más innovadoras y más resilientes del mundo.
El capital humano, la capacidad de una población para generar conocimiento, innovación, tecnología y gestión eficiente, es el único recurso que no se agota, que no puede ser saqueado por una potencia extranjera y que se multiplica cuando se invierte en él. Un trabajador bien formado produce más, adapta mejor, emprende con más herramientas y transmite esas capacidades a la siguiente generación.
La educación como decisión política
Lo que hace especialmente incómoda la reflexión de Escohotado es su implicación directa: si la educación es la verdadera fuente de riqueza de un país, entonces la calidad del sistema educativo no es una cuestión técnica sino una decisión política de primer orden. Y los países que tratan la educación como un gasto en lugar de como una inversión, que recortan en formación del profesorado, que toleran el fracaso escolar como algo inevitable o que no garantizan el acceso universal a una enseñanza de calidad, están tomando una decisión económica con consecuencias que se medirán durante décadas.
Escohotado no era un hombre de eslóganes fáciles. Su pensamiento era demasiado complejo y demasiado honesto para reducirse a consignas. Pero esta frase en particular tiene la claridad de las verdades que no necesitan adornos. No hace falta buscar debajo de la tierra para encontrar la riqueza de una nación. Basta con mirar lo que ocurre dentro de sus aulas.