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El artista descendiente de los mayas pide urgentemente poner fin a las luchas humanas sobre la tierra

La Galería Pedro Cera en Madrid presenta 'Ja qattee ruach'ulew nu tz'ijoni / La Madre Tierra habla', una exposición individual del guatemalteco Manuel Chavajay

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El artista descendiente de los mayas pide urgentemente poner fin a las luchas humanas sobre la tierra

La Galería Pedro Cera en Madrid presenta Ja qattee ruach’ulew nu tz’ijoni / La Madre Tierra habla, una exposición individual del artista guatemalteco Manuel Chavajay que se podrá ver desde el 6 de junio. La muestra reúne un conjunto de varias obras de reciente creación y realizadas en diferentes formatos, desde pinturas hasta vídeos.

Manuel Chavajay es uno de los descendientes de la comunidad tz’utujil, enclavada a orillas del lago de Atitlán en Guatemala, entre imponentes volcanes y con la misión de conservar la herencia cultural del pueblo maya. Reflexionando sobre la sacralidad del lugar a través de su cosmogonía, su obra encarna una conciencia histórica de la identidad indígena, que resuena con una búsqueda resistente de independencia y estabilidad.

Al abordar cuestiones espirituales, socioeconómicas y medioambientales, su práctica se centra en la urgente necesidad de poner fin a las disputas humanas sobre la tierra, abogando por su respeto y conservación. La primera exposición individual de Manuel Chavajay en Pedro Cera, Ja qattee ruach’ulew nu tz’ijoni, Tz’utujil o La Madre Tierra habla, encarna el manantial de esta exploración, abordando la Tierra como una entidad con voz que habla a través de las tradiciones, costumbres y luchas de los pueblos indígenas que la habitan.

Partiendo de prácticas ancestrales enraizadas en el paisaje, las pinturas de Chavajay, como las de la serie Hay días en que las montañas y los volcanes se acercan y se alejan, retratan las orillas del lago de Atitlán y su belleza envolvente. Mediante acuarelas impregnadas de aceite quemado de motores y detalles bordados, Chavajay aborda una toma de conciencia sobre la naturaleza y el impacto perjudicial de las acciones humanas sobre ella. Inspiradas en el fenómeno por el que montañas y volcanes parecen retroceder tras una tormenta, dependiendo de la percepción de la luz y su intensidad, las obras exploran el paso del tiempo como una danza de momentos únicos e irrepetibles, un escenario espejado que refleja una conexión con los elementos y con el legado de los tz’utujil.

En este proceso creativo existe un profundo deseo de encapsular la energía inmaterial de sus costumbres. Utilizadas por los mayas para recoger agua en las orillas del lago de Atitlán, las vasijas de barro se emplearon históricamente con un doble propósito, tanto en aplicaciones ceremoniales como en rituales funerarios. Entre ellos, los kukuu conservaban los conocimientos heredados transmitidos oralmente y a través de los sueños, encarnando la sabiduría y la riqueza de sus antepasados. Con la introducción del plástico en las décadas de los cuarenta o cincuenta del siglo XX, la contaminación se extendió por las tierras y los artefactos, como símbolo de la invasión contemporánea que se expandió al dialecto tz’utujil. Mezclando cerámica con materiales desechables, los Kukuu (2024) ponen de relieve la intersección de la tradición con los retos modernos, suscitando una contemplación sobre la evolución de la relación entre el patrimonio y el impacto medioambiental de los hábitos actuales.

Ahondando en la intrincada sabiduría de su linaje patrimonial, la práctica de Chavajay alimenta una comunicación con los elementos como canal hacia una comprensión intuitiva y empírica del mundo. El vídeo Ja jab’ nub’an ch’ooj rukiin ja iq / La lluvia se pelea con el aire del sur (2024) sigue a un barco a la deriva por las ondulaciones de una tranquila costa, con un letrero de neón escrito en tz’utujil. Desde el amanecer hasta el anochecer, la obra capta el paso del tiempo y la relación de los mayas con la naturaleza, destacando un adagio primordial que simboliza la llegada de la estación de las lluvias, instando a respetar las montañas y los volcanes. Invitándonos a embarcar, la barca implica la perdurable resistencia de la Madre Tierra como una contemplación sobre nuestro lugar dentro de los ritmos eternos de la existencia.

Ru sook jab’ / Nido de lluvia sigue un vocabulario visual similar, resultado de una performance ejecutada por Chavajay a orillas del lago Atitlán, en la que mezcla materiales contemporáneos con antiguas prácticas indígenas. La obra encierra una armoniosa convergencia de pasado y presente, resultado del aceite de motor marino, procedente de los transportes turísticos, que Chavajay esparce sobre una lona circular. El título encierra un profundo significado, enraizado en la sabiduría histórica transmitida de generación en generación, que alude a la interacción de las nubes que oscurecen el sol y la luna, dando lugar a la aparición del arco iris y a sutiles variaciones de luz.

Conceptualmente, este fenómeno se asemeja a un nido, un santuario ancestral donde se nutre y celebra la lluvia, un elemento vital para el ciclo de la vida. Comenzando con el sol como centro, la composición se extiende hacia el exterior para abarcar las tranquilas aguas del lago, culminando finalmente en los oscuros restos de aceite de petróleo. Esta disposición simboliza una profunda simbiosis entre los poderes rejuvenecedores de la naturaleza y las huellas perdurables de la intervención humana y constituye un conmovedor comentario sobre el delicado equilibrio de la armonía ecológica.

En constante diálogo con el cosmos, la identidad tz’utujil está profundamente arraigada en su ancestralidad, lo que lleva a Manuel Chavajay a expresar una fuerza poética de reivindicación y preservación de los paisajes sagrados y las tradiciones de su cultura.

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