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No hay que dramatizar pero un ingeniero ya alerta a España: «Cuando tienes 300 presas de las cuales 150 están como están…»

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Blanca Espada

Las lluvias del temporal Leonardo que hemos sufrido esta semana, han reabierto un problemática de la que advierten muchos expertos desde hace tiempo: el estado real de cientos de presas españolas. En apenas unos días, varias cuencas han tenido que abrir compuertas para aliviar la presión del agua y evitar daños en zonas pobladas. Esta maniobra preventiva, habitual en episodios de lluvia intensa, ha puesto de nuevo el foco en una cuestión de la que entre otros, ha advertido el ingeniero de Caminos, Canales y Puertos Jesús Contreras, que ha descrito el panorama con sinceridad e intentando poner orden en una situación que considera muy seria.

El ingeniero ha explicado en el programa de radio de Carlos Herrera, Herrera en Cope, que las presas cumplen su función cuando se gestionan bien y están en buen estado, pero que la combinación de temporales más frecuentes y estructuras cada vez más envejecidas obliga a mirar el problema de frente. Lo resume así: no hay que dramatizar, pero sí asumir que muchas infraestructuras críticas necesitan una atención que hoy no están recibiendo. Según él, no se trata de sembrar miedo, sino de explicar que detrás de cada maniobra de desembalse hay ingeniería, mantenimiento y decisiones que deben sostenerse sobre estructuras seguras. Pero el contexto actual no ayuda. La acumulación de lluvia y nieve ha puesto en alerta a cinco comunidades y ha obligado a actuar con rapidez en presas del Tajo, del Guadalquivir y en varias instalaciones de Madrid. En este escenario, las advertencias técnicas de Contreras llegan en un momento especialmente sensible dado que cuando la presión del agua crece, también lo hace la exigencia sobre unas infraestructuras que, en muchos casos, arrastran años de falta de inversión.

Un ingeniero ya alerta a España de las presas

España cuenta con 1.300 grandes presas, una cifra que refleja el peso del país en la ingeniería hidráulica europea. De ellas, unas 300 son de titularidad estatal y están clasificadas como de categoría A, lo que significa que un fallo podría provocar daños muy graves aguas abajo. La teoría dice que estas instalaciones deberían estar sometidas a vigilancia constante y disponer de todos sus sistemas operativos al cien por cien. La práctica, según Contreras, es muy distinta.

El ingeniero detalla que 143 de estas presas tienen dificultades para evacuar grandes volúmenes de agua porque sus aliviaderos no funcionen como deberían. Otras 160 presentan problemas estructurales que no cumplen con los coeficientes de seguridad con los que fueron diseñadas, lo que las deja en una zona de vulnerabilidad en episodios de lluvia extrema. Y a esto se suman unos 170 casos donde los desagües de fondo, esenciales para regular la lámina de agua, están inoperativos o lo hacen solo parcialmente. Es un diagnóstico que va más allá de la anécdota y que afecta a instalaciones distribuidas por todo el país.

Para Contreras, el paralelismo con la crisis ferroviaria resulta evidente, aunque el riesgo aquí es mucho mayor. Una presa no admite margen de error. Si algo falla, dice, la escala del daño potencial es incomparable.

Una inversión insuficiente para el tamaño del problema

La raíz de esta situación, según el ingeniero, está en el mantenimiento. No en la teoría, sino en las cifras. Él sostiene que España debería invertir entre 500 y 600 millones de euros anuales en conservación, una cifra lógica si se tiene en cuenta la edad media de las presas, que ronda los 55 años. Sin embargo, la memoria de la Dirección General del Agua correspondiente a 2023 recoge un gasto de apenas 16 millones en esta partida. El contraste es tan grande que explica buena parte del deterioro actual.

Mientras tanto, 150 millones se destinan a proyectos de restauración ecológica de ríos. Contreras explica que si las presas no reciben el mantenimiento necesario, el riesgo se mantiene y crece con cada temporada de lluvias. Pone ejemplos concretos: la presa de Forata, en Valencia, con desagües de fondo inoperativos durante dos décadas; o la presa del Tranco de Beas, en Jaén, donde las compuertas datan de 1942 y no se abren por temor a que no vuelvan a cerrarse. A ello se añade la reducción del 20 por ciento del personal técnico en las confederaciones hidrográficas en los últimos diez años.

Un precedente que demuestra lo que está en juego

Para ilustrar el riesgo, Contreras recuerda el caso de Forata, que estuvo a punto de colapsar no por exceso de agua, sino por un fallo estructural arrastrado desde los años 70. La presa se salvó por una razón tan simple como inquietante: dejó de llover en el momento crítico. El ingeniero explica que, de haberse mantenido la lluvia una hora más, la estructura podría haber cedido. Fue un aviso que debería haber acelerado la inversión en mantenimiento, aunque, según él, no se ha actuado con la urgencia necesaria.

De ahí su reflexión final, que resume el conjunto del problema: «cuando tienes 300 presas, de las cuales 150 están como están, y el resto de las concesionadas que están en manos de ayuntamientos o diputaciones no tienen ni idea cómo están, puede pasar cualquier cosa en cualquier momento». No se trata de generar alarma, insiste, sino de asumir que las infraestructuras envejecen y que los temporales ya no son excepcionales. La ingeniería puede prever muchas cosas, pero sin mantenimiento, la previsión se convierte en deseo.

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