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Lo llaman el pueblo con más encanto de los Pirineos y es una de las mejores postales de España cuando nieva

pueblo con más encanto de los Pirineos
Camprodón en invierno. Foto: Ayuntamiento de Camprodón.
  • Alejo Lucarás
  • Periodista y redactor SEO especializado en actualidad, ciencia aplicada, tecnología y fenómenos sociales, con un enfoque divulgativo y orientado a explicar al lector cómo los grandes temas de hoy impactan en su vida cotidiana.

Durante el invierno, es difícil determinar cuál el pueblo con más encanto de los Pirineos. No obstante, hay un municipio que se encuentra entre las imágenes más repetidas de la temporada en el norte de España. Todo se debe a su combinación de arquitectura tradicional, ríos que atraviesan el casco urbano y montañas visibles desde distintos puntos del municipio.

Y ni que hablar cuando se producen nevadas intensas, dando lugar a una escena que parece de película. Esta estampa que mencionamos se consolida año tras año como una de las más reconocibles del Pirineo oriental.

¿Cuál es el pueblo con más encanto de los Pirineos y con postales de ensueño?

Quien se lleva este reconocimiento con encanto es Camprodón. Este pueblo se localiza en la comarca del Ripollès, dentro de la provincia de Girona, y forma parte del valle que lleva su mismo nombre. El municipio se asienta en la confluencia de los ríos Ter y Ritort, un elemento clave en su configuración urbana y paisajística.

Con una población que ronda los 2.500 habitantes, se trata de uno de los términos municipales más extensos de la comarca debido a la incorporación de núcleos como Beget, Rocabruna y Freixanet. Esta amplitud territorial refuerza su diversidad natural y patrimonial.

La consideración de Camprodon como el pueblo con más encanto de los Pirineos también se apoya en su legado histórico. El origen medieval del municipio queda reflejado en varios de sus principales monumentos, muchos de ellos vinculados al románico catalán.

Por ejemplo, el monasterio de Sant Pere, fundado en el siglo X por Guifré II de Besalú, es uno de los más representativos. Su planta de cruz latina y el cimborrio octogonal sostienen una torre campanario que marca el perfil urbano.

Otro de los elementos más reconocibles es el Pont Nou, una construcción medieval levantada sobre el río Ter que históricamente facilitaba el acceso hacia la Cerdaña. A este conjunto se suma la iglesia de Santa Maria, un edificio que combina restos románicos con aportaciones góticas y barrocas.

El patrimonio religioso se completa con ermitas repartidas por el valle, muchas de ellas situadas en enclaves elevados desde los que se obtienen vistas amplias del entorno.

Fuentes, ríos y paisaje de Camprodón, el pueblo con más encanto de los Pirineos

El paisaje hidráulico es otro de los factores que consolidan la imagen de Camprodón. La presencia constante del agua ha favorecido la aparición de numerosas fuentes, tanto dentro del núcleo urbano como en zonas rurales próximas.

Se contabilizan más de una quincena, entre las que destacan la Font de Sant Patllari, la Font del Vern o la Font Nova, algunas de ellas ligadas a tradiciones locales y referencias literarias.

Estas fuentes se integran en caminos, paseos y espacios naturales que mantienen una relación directa con el entorno montañoso. Durante el invierno, el contraste entre el agua, la piedra y la nieve refuerza el carácter visual del municipio.

Este equilibrio entre naturaleza y urbanismo ha sido determinante para su proyección turística desde finales del siglo XIX, cuando comenzaron a llegar los primeros veraneantes procedentes de la burguesía catalana.

¿Qué hay para hacer en Camprodón y cómo se llega hasta este pueblo?

La actividad cultural y económica forma parte de la identidad de Camprodon. Cabe remarcar que este pueblo es conocido por ser el lugar de nacimiento del compositor Isaac Albéniz, a quien se dedica un museo municipal y un festival de música que se celebra de forma periódica. A ello se añade una oferta comercial consolidada y una agenda cultural activa a lo largo del año.

En el ámbito gastronómico, el municipio mantiene una fuerte tradición vinculada a los embutidos de cerdo, como la longaniza o el bull, además de productos de repostería que han alcanzado difusión fuera de la comarca.

Para llegar, la localización geográfica condiciona las comunicaciones, concentradas principalmente en la carretera C-38, que conecta el valle con Olot, Ripoll y la frontera francesa por el Coll d’Ares. Esta situación refuerza su carácter de enclave pirenaico bien definido, incluso en los meses de mayor afluencia turística, cuando la nieve lo cubre todo.

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