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5 hábitos que hacen que tu wifi vaya mal en casa (y no es culpa del router)

red WiFi para invitados
Fuente: Getty
Nacho Grosso
  • Nacho Grosso
  • Cádiz (1973) Redactor y editor especializado en tecnología. Escribiendo profesionalmente desde 2017 para medios de difusión y blogs en español.

Antes de llamar al operador o de gastarse doscientos euros, o más, en un router nuevo conviene mirar hacia dentro. La mayoría de las conexiones domésticas que van mal no fallan por el equipo, sino por cómo se usa la casa alrededor de ese equipo. El wifi es una señal de radio y se comporta como tal: rebota, se atenúa, choca con obstáculos y compite con otras señales del vecindario. Un router de gama media colocado con criterio rinde mejor que uno caro escondido en el peor sitio posible. Estos son los cinco hábitos que más veces he visto repetirse, y lo que se puede hacer con cada uno sin cambiar de aparato.

Esconder el router dentro de un mueble o pegado a la pared

Es el error más extendido y también el más comprensible, porque el router sigue siendo un objeto feo. Acaba dentro del mueble del salón, detrás de la tele, en el suelo junto a la regleta o metido en el armario de la entrada donde entra el cable. El problema es físico: cada obstáculo entre las antenas y el dispositivo absorbe parte de la señal, y hay materiales especialmente dañinos. El metal la refleja, el hormigón armado la corta, los espejos la degradan y el agua la absorbe, así que un acuario o un radiador lleno también restan. La banda de 5 GHz, que es la rápida, es además la que peor atraviesa paredes, de modo que en el momento en que el móvil pierde esa banda y salta a la de 2,4 GHz la velocidad se desploma aunque las barritas sigan ahí.

La solución no cuesta dinero. Sacar el router del mueble, subirlo a una altura media, dejarlo lo más centrado posible respecto a las estancias donde realmente se usa internet y separarlo de electrodomésticos grandes. Si el punto de entrada del cable está en un extremo de la vivienda, un latiguillo de red de diez o quince euros permite moverlo unos metros, y eso suele notarse más que cualquier ajuste avanzado.

Dejar conectados dispositivos que no estás usando en ese momento

Una casa media acumula hoy entre quince y veinticinco aparatos conectados. Móviles, tablets, portátiles, televisores, altavoces inteligentes, enchufes wifi, cámaras, robots aspiradores, el timbre, la báscula. Ninguno de ellos consume mucho por separado, pero todos hablan con el router, todos negocian su turno de emisión y todos ocupan tiempo de radio. El canal es compartido, y el router solo puede atender a uno cada vez. Cuantos más dispositivos parlotean en segundo plano, más esperan los demás.

mejorar velocidad WiFi casa
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El efecto se agrava con los dispositivos antiguos. Un aparato viejo que solo funciona en 2,4 GHz y a velocidades bajas obliga al router a bajar el ritmo mientras lo atiende, y arrastra al resto de la red conectada a esa banda. Merece la pena hacer inventario una vez al año, desconectar lo que ya no se usa y, cuando el router lo permita, mandar a la banda de 2,4 GHz todo lo que no necesite velocidad, como enchufes o sensores, para dejar la de 5 GHz libre para el trabajo y el vídeo.

Programar descargas, copias de seguridad y actualizaciones a cualquier hora

Este hábito es invisible y por eso resulta tan frustrante. La videollamada se congela justo cuando el portátil ha decidido subir la copia de seguridad a la nube, la consola descarga una actualización de ochenta gigas en segundo plano o el móvil sincroniza mil fotos nada más entrar por la puerta. La conexión no está rota: está ocupada. Y en la mayoría de las conexiones domésticas la subida es mucho más lenta que la bajada, así que basta con que un dispositivo esté subiendo archivos para que la navegación del resto se vuelva pastosa.

Las consolas permiten limitar el ancho de banda y programar las descargas por la noche. Los servicios de copia en la nube tienen ajustes de horario y de velocidad máxima de subida. Los sistemas operativos permiten posponer actualizaciones a horas sin uso. Y si el router incorpora control de calidad de servicio, se puede dar prioridad al ordenador de trabajo por encima del resto. No es magia, pero cambia bastante la sensación de fluidez.

Colocar el repetidor donde ya no llega la señal

El repetidor es la compra impulsiva clásica cuando el wifi no llega a una habitación. La lógica parece impecable: si aquí no hay señal, pongo el repetidor aquí. Es exactamente lo contrario de lo que hay que hacer. Un repetidor amplifica lo que recibe, y si recibe una señal pobre, amplifica una señal pobre. Además, los modelos más básicos reciben y reemiten por la misma banda, lo que puede reducir a la mitad la velocidad efectiva de todo lo que cuelgue de él.

El sitio correcto es el punto intermedio donde la señal todavía es buena, no donde ya se ha perdido. Si el problema es grande, un sistema mesh de dos nodos, que hoy se encuentra desde unos noventa euros, funciona bastante mejor que un repetidor barato porque los nodos se coordinan entre sí y el cambio de uno a otro es transparente. Y si existe la posibilidad de tirar un cable de red hasta el segundo nodo o hasta la televisión, esa sigue siendo la mejor decisión que se puede tomar en una red doméstica.

Compartir la contraseña del wifi y no revisar quién se conecta

La contraseña del wifi se comparte con visitas, con el técnico que vino a arreglar la caldera, con los amigos de los hijos, y ahí se queda para siempre. No hablo solo de seguridad, aunque también. Cada dispositivo ajeno que sigue conectándose desde la casa de al lado consume capacidad, y una red mal protegida es una puerta abierta al resto de aparatos del hogar. Todavía hay routers funcionando con cifrado WEP o WPA, obsoletos desde hace años.

Conviene entrar en la configuración del router, normalmente escribiendo su dirección IP en el navegador, y revisar tres cosas. Primero, la lista de dispositivos conectados, para identificar lo que no se reconoce. Segundo, el tipo de cifrado, que debería ser WPA2 o WPA3. Y tercero, la existencia de una red de invitados, que permite dar acceso a internet sin exponer el resto de la casa. Cambiar la contraseña una vez al año y usar la red de invitados para las visitas resuelve el problema de raíz.

Qué revisar antes de culpar al router o cambiar de operador

Antes de firmar una permanencia nueva merece la pena hacer una comprobación ordenada. Medir la velocidad conectando el ordenador por cable directamente al router: si ahí llega lo contratado, el problema es el wifi y no la línea. Repetir la medición por wifi en la misma habitación y luego en la habitación conflictiva, para saber cuánto se pierde por el camino. Comprobar en el móvil, con cualquier aplicación de análisis de redes, cuántas redes vecinas comparten el mismo canal en la banda de 2,4 GHz, que en un bloque de pisos suele estar saturada. Y actualizar el firmware del router desde su panel de configuración, algo que casi nadie hace y que arregla más problemas de los que parece.

Si después de todo eso la conexión sigue siendo mala, entonces sí, tocará hablar con el operador o cambiar de equipo. Pero en mi experiencia, la mayoría de las casas con wifi lento tienen un router atrapado en un sitio imposible, compitiendo con veinte dispositivos y con la copia de seguridad del portátil subiendo fotos a media tarde.

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