Asesinato de Gabriel Cruz

El “macabro plan” de Ana Julia para despistar a la Guardia Civil tras asesinar a Gabriel

Ana Julia Quezada
Ana Julia Quezada, presunta asesina de Gabriel Cruz, junto al padre del menor. (Foto: EFE)
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Las mentiras de Ana Julia Quezada arrancaron el mismo día que Gabriel Cruz desapareció en Las Hortichuelas, el 27 de febrero. Allí estaban solos Gabriel, su abuela y Ana Julia. Los investigadores cuentan como Ana Julia, con la intención de quedarse a solas con el niño, le pidió a la abuela que fueran los tres a pintar la finca de Rodalquilar sabiendo que ésta se negaría. La abuela dijo que no y Ana Julia ya tenía vía libre para quedarse con el niño.

Su siguiente paso fue llamar al padre de Gabriel, Ángel, para que desconectara la alarma de la finca con el teléfono. Ella podía hacerlo de forma manual pero levantaría menos sospechas si lo hacía él pese a que e había pedido que se quedara en la casa con el niño y la abuela. Allí fue donde enterró al menor.

Ana Julia siguió mintiendo al día siguiente, cuando declaró como testigo por primera vez, 18 horas después de la desaparición del niño. Entonces, le dijo a los guardias que su relación con el pequeño era “estupenda”. Volvería a repetirlo dos veces más.

Su siguiente paso fue intentar incriminar a Sergio, su anterior pareja, en la desaparición. A todo el que quiso escucharla le dijo que Sergio “odiaba a los niños” y tenía una furgoneta blanca similar a la que dos testigos habían visto por la zona el día que desapareció Gabriel. Entretanto, Ana Julia manejaba hasta cinco teléfonos móviles diferentes y utilizaba cuando le interesaba los teléfonos de terceras personas, incluido el terminal de Ángel, algo que días después advertiría la propia hija de Ana Julia a la Guardia Civil.

Gabriel Cruz
El dispositivo de búsqueda que intenta localizar a Gabriel Cruz. (Foto: EFE)

Todo ‘funcionaba’ hasta el 3 de marzo

El plan de Ana Julia funcionaba, pero el día 3 de marzo, un hecho inesperado la empujaría a acelerar su plan y a saltarse toda precaución: esa mañana se celebró una reunión urgente de los padres de Gabriel con los investigadores a la que no pudo acudir, y allí se tomó la decisión de no ofrecer una recompensa de 30.000 euros por cualquier pista que ayudara a localizar el niño. Ana Julia llegó al finalizar la reunión y no ocultó su disgusto por la retirada de la recompensa. Luego, alrededor de las 13:30, desapareció durante casi dos horas.

Ana Julia reapareció más tarde en la vivienda familiar para arrastrar al padre al monte con la intención de buscar al pequeño en una zona que ya había sido batida. Ahí encontraron la camiseta seca del menor, y ahí comenzaron las sospechas que fueron descubriendo los engaños de Ana Julia.

Siguiendo con su plan, Ana Julia dijo que el día de la desaparición ella vistió a Gabriel y confirmó que la camiseta era del niño. La abuela del menor lo desmintió y dijo que fue ella la que lo vistió.

Ese mismo día, Ana Julia perdió a propósito uno de sus teléfonos en el monte, pero los equipos de búsqueda lo encontraron dentro de una palmera y se lo devolvieron. Poco después, volvió a ‘perder’ el mismo teléfono. La Guardia Civil no la creyó y, seguros de que el terminal contenía información relevante sobre el niño, lo buscó a conciencia sin éxito.

Ana Julia también robó los dos juegos de llaves de la finca de Rodalquilar, donde escondía el cuerpo del menor para evitar que lo encontraran, pero el padre del niño descubrió el robo de las llaves y lo comunicó a la Guardia Civil.

Gabriel Cruz
Patricia Ramírez y Ángel Cruz, padres de Gabriel Cruz. (Foto: EFE)

Ana Julia empieza a ser sospechosa

Ya todos sospechaban de ella, pero lo que no podían imaginar era la extrema frialdad de la asesina. Ana Julia les rogaba que le acompañaran cada día a la finca de Rodalquilar porque estar allí le daba “paz y tranquilidad”. Una vez allí, ella se fumaba varios cigarros junto al lugar donde estaba enterrada la víctima. Lo único que quería la asesina era asegurarse de que nadie encontraba a Gabriel y para ello manipulaba a todos los familiares del menor.

Para entonces, los familiares advirtieron que Ana Julia facilitaba continuamente tranquilizantes a Ángel para mantenerle en un estado en que no pudiera sospechar de ella ni controlar sus movimientos. Fueron los días previos a la finalización del caso cuando Ana Julia utilizó distintas excusas para cambiar de coche y así intentar despistar la presión de los medios y la Guardia Civil, a fin de deshacerse de la ropa de su víctima en la urbanización Retamar. Lo consiguió, pero a punto estuvo de ser descubierta por los guardias que la seguían y tuvieron que interrumpir la vigilancia en un punto en el que podían ser descubiertos y acabar con la posibilidad de encontrar al menor.

En esos días, Ana Julia se sentía vigilada pero, segura de sí misma, no dudaba en hacerse la víctima si se veía acorralada. Los familiares de Gabriel cuentan a la Guardia Civil que “tras encontrar la camiseta, pidió que la llevaran al hospital, que salió diciendo que tenía un rasguño en el pie, que luego no era nada, que luego cojeó, al día siguiente estaba bien… En realidad, cada vez que había una situación que la incomodaba o le quitara atención, “ella comenzaba a cojear y a quejarse”.

Todo su “macabro plan”, así lo definiría el juez que la envió a prisión provisional, se vino abajo el día que en uno de los seguimientos los guardias la atraparon intentando cambiar de lugar el cuerpo del pequeño Gabriel.

Ahora, el plan de Ana Julia ha cambiado. Ahora se trata de convencer a la Justicia de que todo fue un accidente y envía cartas al juzgado y los medios justificando el crimen. Ana Julia quiere mostrar cierto arrepentimiento, pero no colabora y se ha negado a declarar en la última comparecencia ante el juez.

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