Los virajes del PP: un timo permanente al electorado

Los virajes del PP: un timo permanente al electorado
  • Diego Vigil de Quiñones Otero

Las últimas semanas hemos asistido al enésimo viraje del PP, que tras días de bronca oposición al final del estado de alarma, ha dado su apoyo al Gobierno en el IMV y el llamado “decreto de la nueva normalidad”. Ni que decir tiene que lo turiferarios del centro exquisito se han apresurado a alabar la vuelta del PP a la moderación. Por nuestra parte no tenemos nada que objetar, pues ya hemos dicho en otras ocasiones en este mismo medio que nos parece bien el tricentrito con tal de que no engañen al electorado que no cree en esa posición política. Aunque parece que viraje es permanente, pues hoy mismo se presenta como dura posición el oponerse a un pacto de presupuestos que incluya a Podemos.

El problema de los virajes permanentes del PP es el cortoplazismo y la generación de dudosas apariencias: a ratos se quiere aparentar que se es apto para recibir el voto de un votante del Vox, a ratos se pretende caer bien el votante de Cs o el PSOE. Dicho “postureo” a corto plazo produce a largo plazo un desencanto que, en los peores momentos, lleva al electorado a la más pura desafección, hasta el punto de que hay que terminar ocultado la marca (como hace la candidatura Feijoo 20 en la campaña para las elecciones legislativas gallegas convocadas para dentro de unos días).

Lo que hace el PP no es, en realidad, más que su modo de participar en la política del regate corto, la táctica, el manual de resistencia etc en la que nos vemos envueltos desde la crisis institucional de 2014. Pero con una diferencia muy grave: mientras las izquierdas hacen también lo que pueden a corto plazo con diferentes tácticas, en el largo plazo se aprecia con claridad que tienen una estrategia coherente. Una estrategia coherente que en el PP no está clara: pretende el voto de quienes aborrecen las autonomías mientras las conserva, pretende el voto provida mientras deja pasar años sin preguntar por el recurso que puso frente a la ley del aborto (dando lugar a las correspondientes campañas de protesta), pretende el voto de quienes creen en la reducción del gasto y el tamaño del Estado sin ningún logro relevante en este campo, pretende el voto de quienes creen en una Justicia independiente mientras pacta la renovación de un CGPJ dependiente, y así en muchos otros temas.

Las izquierdas, aun cuando van cambiando de táctica, tienen claro para qué quieren el poder: ERC para luchar por la independencia del Principado de Cataluña y convertirlo en República, el PSOE para seguir asentando el ideal socialdemócrata con hegemonía cultural marxista y Podemos para un cambio de régimen hacia la república socialista. Frente a eso, la posición de las derechas no está clara. Se dicen “constitucionalistas”, pero “constitucionalistas” también son el PSOE y el PNV, pues gracias a esta Constitución han llegado hasta su actual situación del dominio. Viven llevados por la inercia, a merced de las estrategias de la izquierda, sumidos en la confusión, invocando el voto útil sin razones de fondo (si ese es el único argumento, que pidan el voto para Vox, y se soluciona la fragmentación de un plumazo).

Han pasado ya dos años desde que Casado alcanzó el liderazgo del PP. Lo hizo con un discurso ilusionante y lleno de contenido. Sin embargo, apenas ha sido capaz de defenderlo, y además sin la solvencia bastante para ser creíble. El PP parece sumido en la confusión de la lucha de tácticas donde todos tienen estrategia menos los populares. Aznar dijo alguna vez que no se podía caer en convertir el partido, que es un medio, en un fin. El PP debe dejar claros sus fines para ser un medio creíble. El viraje permanente no parecer el mejor camino: es un timo a los electores.

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