Si ‘SuperCán’ salva la Ley de Nietos, hay partido
La dependencia de Pedro Sánchez de Venezuela va más allá de ese maná que, a modo de chorro petrolífero y nunca mejor dicho, ha surtido de toneladas de billetes de dólares al PSOE y a buena parte de su dirigencia. No sólo aquí y ahora sino con El Joyas Zapatero, pionero en toda suerte de inmoralidades y también en ésta. El narcochavismo es el espejo en el que también se miró a principios de la década pasada el delincuente de Pablo Iglesias, cuyas primeras andanzas políticas se sufragaron desde Caracas con dinero manchado con la sangre de cientos de miles de venezolanos, unos encarcelados, otros eliminados extrajudicialmente y otros brutalmente torturados.
Más tarde llegó el turno al marido o ex marido de Begoña Gómez —por sus últimas palabras uno ya no sabe a qué opción atenerse—, que pasó de respaldar sin fisuras al demócrata Juan Guaidó a echarse en brazos de ese Nicolás Maduro que ahora pena sus crímenes de lesa humanidad en el Centro de Detención Metropolitano de Brooklyn del que el día que salga lo hará con los pies por delante.
El satánico Chávez, primero, Nicolás Maduro más tarde, y ahora la narcodictadora Delcy Rodríguez, constituyen la fuente de inspiración del zapaterismo y el sanchismo. En lo de cargarse la separación de poderes el primero es una siniestra autoridad a nivel mundial. En 1992 perpetró un golpe de Estado, conocido como el 4-F por razones obvias y llamado por otros Operación Zamora, que fracasó estrepitosamente desde el punto de vista militar pero resultó un éxito si lo pasamos por el prisma de la popularidad. Apenas cinco años después de ganar las Elecciones Presidenciales (1998) desmanteló el Tribunal Supremo, apresó a los fiscales indomables y atestó de marionetas el Poder Judicial. Ya nunca nada sería igual. Y así… hasta hoy.
Este dopaje electoral le sirvió a Chávez para suplir el distanciamiento de una ciudadanía que no podía expresarse en libertad
Mantenerse en el machito no fue fácil porque eran milicos de quinta división, porque robaban a espuertas acumulando patrimonios offshore billonarios, porque eran los capos del narcotráfico local y la ciudadanía lo sabía, porque te expropiaban tu casa o tu negocio por sus simples bemoles y porque gestionaban como el culo. En el ecuador de los primeros dosmiles empezaron a nacionalizar colombianos a mansalva en un pucherazo llamado «Misión Identidad». Los llevaban a Venezuela, les daban dinero o un trabajo o las dos cosas, les entregaban un pasaporte y a votar que son dos días. Hugo Chávez lo escenificó con su habitual teatralización, tan impostada que provocaba y sigue provocando náuseas: «Venezolanos y colombianos hermanos somos y hermanos seremos siempre».
Este dopaje electoral le sirvió para suplir el progresivo distanciamiento de una ciudadanía que no podía ni puede expresarse en libertad, que contemplaba impotente cómo los lineales de los supermercados de la nación con mayores reservas petrolíferas estaban vacíos y cómo el hambre empezaba a ser una realidad inconcebible 30 años antes. Cuando la Misión Identidad no dio abasto para cubrir las fugas de adeptos, optaron por perpetrar pucherazos que dejarían a Romanones reducido a la condición de aprendiz. Era muy sencillo: los matones chavistas cogían las urnas a última hora del día electoral, se las llevaban a un descampado, las vaciaban, quemaban las papeletas y las sustituían con otras en las que figuraba el emblema del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) y el nombre de Hugo Chávez o Nicolás Maduro en el encabezamiento.
Con Pedro Sánchez se repite la prototípica historia del aprendiz que mete el sorpasso al maestro. Lo que sí se sabe fehacientemente es que la gallina fue antes que el huevo. El primer ministro elegido gracias a ETA coló en la repugnante por comunistoide Ley de Memoria Democrática la nacionalización de cualquiera que en Iberoamérica u otra parte del orbe dijera ser hijo o nieto de exiliados de la Guerra Civil. Nacionalización que confiere automáticamente la posibilidad de votar en elecciones generales y autonómicas.
Siempre sospeché de la existencia de maniobras orquestales en la oscuridad cuando Sánchez retuvo el poder contra todo pronóstico en 2023
El pucherazo legal surtió plenos efectos, aunque mínimos porque no hubo tiempo a colar a mucho presunto nieto de exiliado, en esas generales del 23 de julio de 2023 en las que nuestro protagonista retuvo el poder contra todo pronóstico. Siempre sospeché de la existencia de maniobras orquestales en la oscuridad. Para muestra, un botón que destroza cualquier lógica estadística: en las autonómicas madrileñas de mayo de 2023 el PP se anotó el 47% de los votos, el PSOE el 18% y Sumar el 18%. Increíblemente, menos de dos meses después los de Feijóo se jibarizaron en las generales hasta el 40% en la región de Madrid y Sánchez subió a los suyos al 28% mientras Sumar sólo perdía tres puntos porcentuales.
Nuestra Paula Ciordia deshizo el enigma en Buenos Aires. Una grabación a Lorena Suárez, número 1 del PSOE en Argentina, destapa que buscaron el voto de muertos. «Coge el pasaporte de tu tía la que se murió», ordena a uno de sus subordinados en la sucursal porteña de Ferraz. También instaba a mandar la papeleta de Pedro Sánchez incluso con el «pasaporte caducado». Vamos, que si los socialistas no tangaron los comicios de 2023 desde luego lo pareció. Y las cosas normalmente son lo que parecen. De toda la vida de dios. En las últimas autonómicas celebradas se ha repetido el tangazo. El PP arrasó en las extremeñas, en las aragonesas, en las castellanoleonesas y en las andaluzas en el sufragio presencial pero perdió en favor del PSOE en el voto CERA, el exterior, el que llega de otros países. Como ven, esta mafia no se corta.
El careto avinagrado de Pedro Sánchez estos días no es porque le hicieran en Harvard las incómodas pero pertinentes preguntas que ni la Ser, ni TVE, ni El País le plantean en España. Tampoco por una invasión de Ceuta que le importa un comino porque para él lo esencial es que su Comendador Mohamed VI no filtre el contenido de su móvil. Está cabreado como un mono porque se las prometía muy felices con la Ley de Nietos y el Tribunal Supremo la ha suspendido, dejando sin efecto al menos la mitad de esos cientos de miles de nacionalizaciones de presuntísimos nietos de exiliados. Hasta la fecha el Gobierno ha regalado el pasaporte a cerca de 600.000 tíos a los que la política en España les importa lo mismo que a mí que el campeonato de ping pong en Gambia.
De esos 600.000, más de la mitad se ha inscrito en el CERA (Censo de Electores Residentes Ausentes) para poder votar en las próximas generales, exactamente 369.017, aunque finalmente serán varios cientos de miles más porque el proceso continúa sin prisa pero sin pausa y queda una eternidad para las generales, 10 meses nada más y nada menos. Cabe recordar que la diferencia de votos en la última gran cita con las urnas, la de julio de 2023, el ganador Feijóo le sacó al perdedor Sánchez 340.000 papeletas de diferencia. El Supremo ha suspendido el derecho de voto a menos de la mitad: 168.896 extranjeros que ni estaban ni se les esperaba en el exilio de la Guerra Civil. Ahora ya sí que no le salen los números al cacique monclovita. De ahí su cólera.
Y, por cierto, la bola acabará siendo infinitamente más gorda teniendo en cuenta que a un total de 2,6 millones de extranjeros les ha sobrevenido el deseo de votar en una España de la que conocen poco más que la alineación del Real Madrid o el Barcelona y en la que la absolutísima mayoría nunca ha puesto un pie. Vamos, que si el PSOE no consigue robar las elecciones de 2027, ya lo logrará en las de 2031, tal vez con Sánchez haciéndose un Trump. Porque a esta legión de nuevos españoles que gozará del derecho de sufragio activo hay que agregar los que respaldarán a Sánchez, a Puente o quien quiera que lidere el PSOE dentro de cinco años gracias a una regularización que no tiene como objetivo reconocer ciudadanías de facto sino más bien asegurarse un caladero de 1,2 millones de simpatizantes que meterán la papeleta con el puño y la rosa por el simple hecho de que les dieron papeles. De bien nacidos es ser agradecidos.
Al trapecista Sánchez siempre le quedará la mullida red de un Conde-Pumpido que ya salvó a dos ladronazos llamados Chaves y Griñán
Sánchez mantiene un hilo de esperanza confiando en que el Supremo opte por el pasteleo, que diga no pero sí. Antes de Navidad sabremos si se otorga el voto a esos 168.896 que coló de rondón esa Sofía Puente que es la antítesis estética de su hermano Óscar —algún eslabón se debió perder por el camino—. La historia de siempre con la avaricia reventando el saco.
Claro que al trapecista Sánchez siempre le quedará la mullida red de un Cándido Conde-Pumpido, que ya salvó a dos ladronazos llamados Chaves y Griñán, autores del mayor saqueo de la historia de España, los ERE (679 millones), y está haciendo lo propio con una Ley de Amnistía que es cualquier cosa menos constitucional. Precisamente por eso, porque necesita tiempo para que el Tribunal de Casación del Tribunal de Casación en que se ha convertido el Constitucional, enmiende la posible anulación por parte del Supremo de una golfería chavista llamada Ley de Nietos. Por eso, y porque cuanto más tiempo tenga, más supuestos exiliados podrá nacionalizar, el presidente agotará la legislatura llevándola hasta un límite que le permite convocar el 22 de agosto de 2027 como muy tarde.
Si Cándido Conde-Pumpido, alias SuperCán, le salva la Ley de Nietos, habrá partido. Más del que nos pensamos. Con equipo rival dopado, pero partido al fin y al cabo. Sin olvidar la proverbial a la par que masoquista afición de nuestra derecha a pifiarla cuando el viento sopla de popa con chanquetadas, veranos azules o estúpidos Falcons de pega en Colón. Si por lo que sea Cándido no obra el milagro, el socio de etarras, comunistas y golpistas está muerto. Achicharrado. Calcinado. Liquidado. Y tal vez caminito de Jerez. Las encuestas sitúan unánimemente a la derecha alrededor de los 210 diputados, cifra superior incluso a esos 202 de Felipe González en 1982 y en el umbral que les permitiría reformar la Constitución a su antojo. El ser o no ser de la democracia se llama Ley de Nietos, la Misión Identidad de un Franquito Sánchez que en cualquier momento exclamará: «Españoles e iberoamericanos hermanos somos y hermanos seremos siempre». Si el caudillo repite, la venganza será terrible y la venezolanización, inevitable. Crucemos los dedos y recemos todo lo rezable.