Sangre sobre fango en los trenes

Sangre sobre fango en los trenes

Los grandes accidentes se explican con la teoría del queso suizo, que pone el ejemplo de muchas lonchas de queso emmental, el de los agujeros, que previenen los accidentes y representan a fabricantes, empresas, autoridades, maquinistas, operadores, tecnología de seguridad, protocolos y reglamentación. Cada loncha tiene algunos agujeros, que simbolizan los fallos que pueden producirse. Si se agrupan las lonchas en un montón y los agujeros no son muy grandes, será casi imposible que todos coincidan para que la luz pase de un lado al otro; pero, si es así, solo un milagro podrá evitar que se produzca el fatal accidente. Pedro Sánchez y su ministro de Transportes, Óscar Puente, pretenden hacernos creer que el fatal accidente ferroviario de ayer se debió a un único agujero en una de esas lonchas de queso emmental, pero la teoría y la lógica indican que un solo fallo no habría bastado para provocar la tragedia, pues el resto habría impedido que la luz atravesara el conjunto.

Cada sistema falló y todos los fallos se alinearon a la vez bajo la responsabilidad de Pedro Sánchez, quien nombró y mantuvo después de Adamuz al ministro Óscar Puente, a cuyo cargo están todos los operadores que han causado tantas víctimas mortales, sean quienes sean los últimos responsables directos. Primero falló el sistema de seguridad que automáticamente previene estos accidentes. Fallaron los responsables del mantenimiento de ese sistema y quienes debían haberlo cambiado hace años por otro más moderno. Fallaron los que diseñaron unos protocolos que anulaban todas las barreras de seguridad. Fallaron los que se han acostumbrado a que las averías se produzcan continuamente y quienes han hecho que, para evitar más retrasos, la seguridad se vea sacrificada. Fallaron los que dan órdenes imprudentes y los que las aceptan sin negarse a cumplirlas. Pero, sobre todo, falló el responsable de que todos los puestos de máxima responsabilidad estén ocupados por enchufados sin capacidad para asumirla.

Si el sistema estuviera bien mantenido y las personas a cargo de la seguridad hubieran sido bien formadas, el tamaño de cada agujero del queso emmental sería tan diminuto que la probabilidad conjunta de que todo fallase a la vez sería prácticamente cero. La mejor prueba de que esto no es así la tenemos en que, nueve meses después del accidente de Adamuz, que dejó un balance final de 46 víctimas mortales y 292 heridos, ha vuelto a ocurrir otro accidente entre Urda y Los Yébenes que, a esta hora, lleva causadas 69 muertes y mantiene a 50 personas ingresadas con diferentes grados de afectación. Igual que entonces nos quisieron hacer creer que toda la culpa era de un operario que había realizado una soldadura deficiente en las vías del tren, sin que nada ni nadie lo detectase y lo corrigiera, ahora Pedro Sánchez y Óscar Puente quieren que creamos que toda la responsabilidad recae en un currito al que se le ha ido la cabeza saltándose todos los protocolos de seguridad.

De momento, el presidente del Gobierno mantiene a su ministro de Transportes como cortafuegos sobre el que se centran todas las críticas que deberían llegarle directamente a él. Óscar Puente se mantendrá en el cargo mientras Sánchez considere que eso es lo que más le conviene y dimitirá el día que el presidente del Gobierno piense que le viene mejor de cara a su campaña electoral. Antes o después será utilizado por Sánchez a su conveniencia; es solo cuestión de tiempo. Si después de Adamuz, Sánchez hubiera cesado a Puente, hoy su responsabilidad sería menor, pero, como decidió mantenerlo y esa decisión ha provocado una nueva tragedia, hoy la culpa recae entera sobre él. La sangre de las víctimas de Adamuz se une hoy a la de los muertos en Urda para teñir de rojo el lodo que tiene a Pedro Sánchez enfangado hasta las cejas.

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