Un régimen llamado PSOE de Andalucía

Un régimen llamado PSOE de Andalucía

En su habitual proceder, Pedro Sánchez ha decidido que los españoles debemos hablar, con la connivencia de los medios y tertulias afines, de aquellos temas que no nos importan ni preocupan pero que, sin embargo, nos entretienen. En cuanto nos aprietan, nos sentimos confortables como charlatanes de lo ajeno. De ahí que, coherente con su programa de marketing permanente, haya convertido a Franco en un trasunto de Sálvame político con el que tener a la masa ocupada en el pan y circo constante. En la era de la gestocracia, este PSOE es un continuo plan de comunicación y propaganda. Pero ya que el presidente del Gobierno quiere que hablemos del pasado, hablaremos. Porque en Andalucía se encuentra un régimen que lleva dirigiendo la vida de los andaluces más tiempo del que Franco mandó en España. Mientras se afana en exhumar al dictador, millones de andaluces deseamos inhumar —entiéndase el sentido del concepto— a esta Junta que se ha pasado casi cuarenta años dictándonos a los andaluces cómo debemos pensar y qué debemos hacer.

Cuando en 1977, el PSOE hablaba de ‘Levantar Andalucía’, pocos pensaron que se podría tratar de un eslogan imperecedero, usado a conveniencia con cada excusa electoral. Porque Andalucía, en la cola del desarrollo en el tardofranquismo, sigue esperando un gobierno que deje de hablar por los andaluces y empiece a hacer algo por ellos. Porque tras cuatro décadas, Andalucía sigue la última de España y de Europa en todos los parámetros importantes que inciden en el progreso social, a saber: creación de empleo, cohesión provincial, emprendimiento o calidad educativa. Es la comunidad con mayor fracaso escolar, con más personas en riesgo de exclusión social, con más paro juvenil y más diferencias entre zonas urbanas y rurales, según los últimos informes. Y todo ello, a pesar de haber recibido de la Unión Europea más de 45.000 millones de euros en los últimos veinte años, tal y como confirmó Corina Cretu, la comisaria europea de política regional, a finales del año pasado.

En Andalucía la cohesión social de la que presume la Junta ha pasado siempre por vertebrar en el pesebre del poder al partido más corrupto de Europa —junto al PdCAT—  que hace y deshace a su antojo, construyendo una red clientelar de enchufados como en ningún otro lugar se ha visto. Con más de 4.000 millones de euros de los cursos de formación y de los EREs despilfarrados sin saber hacia dónde, con dos expresidentes y una red ingente de funcionarios sentados en el banquillo esperando a ser juzgados por corrupción —El PSOE andaluz también su propio valle de los caídos—. No extraña que la Unión Europea también sitúe a la Andalucía de Susana Díaz a la cola en calidad democrática. ¿Es esa la Andalucía que queremos? No, esa es la Andalucía que le interesa mantener al PSOE. No quiere que las personas progresen, sean productivas, emprendan y no tengan que salir de la región por falta de oportunidades. Porque entonces se pondría en riesgo su monopolio político y el oasis de tranquilidad en el que ha vivido la señora Díaz y sus antecesores todo este tiempo. Quiere a los andaluces controlados, amenazando su pan mediante el miedo atizado, azuzando el inexistente peligro que supondría una conveniente y necesaria alternativa política.

Porque nacieron para mandar, ordenar, enchufar y hablar en nombre de los andaluces, sin consultarles, haciendo ver que Andalucía son ellos, como hacen los nacionalistas en Cataluña, impidiendo que podamos ofrecer a los ciudadanos una opción política más saludable, limpia y transparente. En suma, más democrática. Si hay una región que necesita imperiosamente que entre aire respirable en las instituciones es Andalucía. No aguanta más susanismo, más caciques de sonrisa y abrazos que luego juegan con el futuro de las personas, otorgando a dedo a los amigos un dinero público cuya función de destino debería ser otra. Una hegemonía con mando en plaza y una única misión: mantener el cotarro, salvaguardar el chiringuito. Y Andalucía no aguanta más. Los andaluces no aguantamos más.

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