Plañideras
Hay muertes que no exigen un forense, sino un director de escena. Con el último aliento de Mari Carmen (escribo con todo respeto por la fallecida), no se ha abierto un testamento, sino la taquilla, y nuestra clase política ha corrido a los camerinos a empolvarse la nariz. Mari Carmen, el musical: Echen un ojo a las redes para aprenderse la coreografía: desde Moncloa a Podemos y sus adláteres han encendido los focos de la consternación más esperpéntica.
Todos desplegando sus dotes interpretativas en las redes por el tuit más compungido, quién le pone el emoji del corazón más gordo, a ver quién se lleva el Goya al Mejor Duelo de Reparto, y quién capitaliza mejor la lágrima de cocodrilo, el moco y el último aliento ajeno.
En este país de comediantes, 750 mayores de 80 años se apagan cada día en el más absoluto anonimato, con sus luces y sus miserias, con sus dolores, historias épicas y sus dramones, sin tuits oficiales y sin que a ningún ministro le sirva su nombre para hacer caja.
Son las nuevas plañideras de plasma. Lloran a la carta, al ritmo de la música, con el rímel waterproof, desde la moqueta del despacho y con la calefacción, porque han descubierto que la muerte es el mejor material de campaña. Decía Cioran que toda lágrima que no se derrama en secreto es una impostura. Se equivocaba: es un nicho electoral. Para inaugurarlo, la muerte de Mari Carmen ha reunido un espléndido gabinete de dolientes.
Sánchez, el mismo al que Mari Carmen suplicó auxilio por carta hace un año frente a un muro de silencio, señala ahora la pérdida “como propia” (le ha faltado pedir su parte de la herencia); Irene Montero escribe: “No es una muerte, es un asesinato”; Rufián aporta “Qué hijos de puta”. ¿Quiénes, Rufián? La orfandad de ese insulto —el mundo de los buenos y malos, comentario rastrero de mosquito dicotómico— lo dice todo.
Queda cubierto todo el arco parlamentario de la indecencia. La cochambre moral que hoy se exhibe como un espectáculo por todas partes sí me produce cierta tristeza, pero sobre todo vergüenza. Hay muertos de primera, que cotizan al alza en las encuestas, y muertos que es mejor barrer debajo de la alfombra porque estropean el relato. Recuerden el pueblo de Adamuz el pasado mes de enero.
Cuarenta y cinco ataúdes alineados tras el choque de trenes, familias rotas, un pueblo rebozado en barro y dolor crudo. ¿Fueron nuestros líderes a dar la cara? No. Alegaron problemas de agenda y se escondieron en la pureza aconfesional del Estado para no pisar el lodo.
¡Que no iban a un evento religioso! ¿Qué? Ay, el dolor: si se televisa con la iluminación adecuada, siempre encuentra a un cínico dispuesto a abrazarlo como un oso de peluche. Esta necrofilia institucional no es nueva. Ya los patricios romanos exhibían las cicatrices de sus soldados muertos en el Foro para arrancar aplausos al (tonto) plebeyo, pero nuestros próceres lo hacen con un descaro más zafio, amparados tras la pancarta del escudo social.
El franquismo, por su parte, convirtió a José Antonio en un mártir oficial: su nombre presidía homenajes y su féretro recorrió en andas el camino de Alicante a El Escorial en 1939. La operación consistía en poner el prestigio del muerto al servicio del poder de los vivos. El difunto tiene una ventaja para quienes se proclaman sus herederos: jamás puede desautorizarlos.
Y aquí es donde el algoritmo del duelo instrumental se apaga y el silencio se vuelve atronador. Hablemos de Olga Matute. Septiembre de 2026. Cincuenta y cuatro años. Desahuciada en abril tras suplicar, literalmente llorar, pidiendo ayuda en el Parlament de Cataluña. Nadie detuvo la maquinaria burocrática y Olga acabó quitándose la vida.
¿Dónde están los tuits de consternación por ella, por sus hijas huérfanas? ¿Qué ha sido de ellas? ¿Dónde las declaraciones institucionales, las camisetas reivindicativas en el Congreso? Maquiavelo escribió que los hombres olvidan antes la muerte del padre que la pérdida del patrimonio. Le faltó añadir que la política olvida antes a la muerta que no renta. Silencio. Un silencio espeso, culpable y pegajoso.
El suicidio de una mujer asfixiada por el sistema que ellos mismos gobiernan desde hace 8 años es un misil directo a la línea de flotación de su propaganda. Su desgracia no sirve para atizar al oponente ni para polarizar a la parroquia; solo sirve para retratar la hipocresía que ha mercantilizado la compasión supuesta hasta la náusea.
Ya no nos miramos en los espejos cóncavos del Callejón del Gato, sino en la pantalla de un móvil donde la casta política decide, a golpe de like, qué tragedia merece nuestra empatía y qué desgracia debe ser condenada al olvido.
¡Histriones barrigudos empachados de autoindulgencia e interés!
En la Roma antigua se alquilaban plañideras: mujeres que, por unas monedas, se arañaban los ojos detrás del féretro de un desconocido que les resbalaba. Era un oficio honrado.
Cobraban por llorar y lloraban lo que cobraban. La política española ha heredado el oficio y le ha quitado lo único que tenía de decente: la factura a la vista.