La pirámide de Tutanpuigdemont I

La pirámide de Tutanpuigdemont I

Algunos dirigentes de Junts siguen vendiendo que, cuando lo que ellos llaman presidente en el exilio se pasee por Las Ramblas, gracias a la indecencia de Conde-Pumpido y sus mariachis en el Constitucional, su partido renacerá y volverá a recuperar la confianza de la mayoría de los catalanes. Pero esta mercancía averiada no se la cree ni Gonzalo Boye.

El prófugo de Waterloo, más conocido como Carles Puigdemont, es un personaje más que amortizado y al que buena parte de su antiguo electorado ha abandonado por su apoyo continuo a Pedro Sánchez, al que votó en sus dos investiduras.

Cuando, por culpa de Junts, Cataluña sufre la misma política que el resto de España, que es la depredadora política fiscal de Sánchez, la tolerancia hacia la invasión inmigratoria, la política económica en contra de las pequeñas y medianas empresas, la agresión continua a los pequeños y medianos propietarios de viviendas en alquiler y la política de seguridad basada en la no persecución de los delincuentes, es normal que haya centenares de miles de catalanes que se hayan pasado, con armas y bagaje, a las filas de Silvia Orriols, abandonando las filas de los fieles a Puigdemont.

Lo mejor que Junts podría hacer con esa momia política que responde al nombre de Tutanpuigdemont I es construir una gran pirámide en honor a él en su pueblo natal de Amer (Gerona), toda pintada de amarillo, y que en la cima pongan una estelada adornada con una peluca.

Si quieren decorarla más, que llamen a los amigos grafiteros del exrapero Valtonyc o a los de Pablo Hasél para que dibujen en las caras de la pirámide varios maleteros de diferentes tamaños y colores.

Pensar que Puigdemont puede resucitar a Junts paseándose por los pueblos de Cataluña o encabezando una lista electoral es ignorar lo harto que está su antiguo electorado de su política de pactos con los socialistas. El amnistiado de Waterloo se tiró años criticando a Esquerra por ser los monaguillos del PSOE y ha acabado haciendo lo mismo.

Cada vez que los votantes de Junts, que en su mayoría son de derechas, han de pagar sus impuestos, han de soportar la delincuencia en sus ciudades o han de ver cómo la inmigración ilegal está cambiando el paisaje de su vecindario, se acuerdan de Junts y de sus acuerdos constantes con los socialistas en el Congreso, pactados con Santos Cerdán o con José Luis Rodríguez Zapatero.

Los sondeos se pueden equivocar, pero cuando llevamos año y medio pronosticando una fuertísima subida de Aliança Catalana a costa de los neoconvergentes, no se puede pretender que, invocando al espíritu golpista del 1 de octubre que Puigdemont encarna, todo se vaya a arreglar.

Los catalanes tienen demasiados problemas y están demasiado hartos para dar su confianza a uno de los principales culpables de todo lo malo que se vive actualmente en Cataluña. Si Puigdemont tuviera un mínimo de inteligencia política, cuando retorne se dedicaría a dar conferencias, a pedir su oficina y todas las prebendas que adornan el haber sido presidente de la Generalitat.

Si Puigdemont cree que todavía tiene un futuro en política y que puede hablar de tú a tú a Silvia Orriols, Oriol Junqueras o Salvador Illa para liderar los restos del separatismo, se equivoca.

A las momias se las visita, incluso se las puede venerar como restos de un pasado más o menos glorioso —para algunos separatistas, la República de los ocho segundos fue un hito histórico—, pero lo que no se puede hacer es confiar en ellas para gobernar. Como mucho, rodearlas de naftalina para que aguanten el máximo de tiempo posible. Poco más.

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