El periodismo catalán toca fondo

Pensaba que el periodismo catalán había tocado fondo, pero no. El otro día tuve la suerte de que un colega, Albert Aragonès, me dijera que «no eres digno de la profesión» y que estaba contento de que me hubieran vetado en el Parlament. «No es digno de nuestra profesión», añadió. Me encanta esta gente que reparte carnets.
Luego alegaba que él era un «periodista» que estaba a favor del «código deontológico» y los «valores democráticos». Parece ser que el resto somos unos fascistas de mierda. «De periodista, no tienes nada», insistió.
En cuanto buceé en el perfil, vi que trabaja en Público. Este chico hará carrera, pensé inmediatamente. Josep Carles Rius fue director de la edición catalana en papel hasta su cierre por Jaume Roures. Luego asumió la del eldiario.es. Creo que ahora se llama Catalunya Plural.
Rius -sin relación de parentesco con el que suscribe esta columna, aunque ambos coincidimos en La Vanguardia en los 90- era presidente del Consell de la Informació de Cataluña cuando me vetó el Gobierno de ERC en las ruedas de prensa de Palau.
Entonces hicieron un comunicado muy divertido -junto al decano del Colegio de Periodistas, Joan Maria Morros, jefe de informativos de Rac1- en el que afirmaban que era «una medida grave» y que «de ahora en adelante» no puede volver a expulsar a nadie. En resumen: el Rius, que se joda.
El TSJC, por cierto, me dio la razón y condenó a la Generalitat. La entonces portavoz del Govern, Patrícia Plaja, que se ha quedado de funcionaria; y el secretario de comunicación del Govern, Oriol Duran, deben ser los únicos periodistas condenados por vulnerar un derecho tan fundamental como el de la información.
El segundo, por cierto, ha creado una consultora de comunicación: Brama, junto a uno de los dirigentes de Esquerra defenestrados por los carteles de Maragall. Antes había sido director de la ACN, la agencia de noticias de la Generalitat. Lo digo por la independencia de los medios públicos.
No obstante, como decía, pensaba que ya lo había visto todo. Lo digo por aquel cartel gigante con la palabra «Democracia» que colgaron en los estudios centrales de TV3 en Sant Joan Despí en pleno proceso. Sin que el comité profesional, el comité de empresa, el equipo directivo o el segurata de la puerta -el que menos culpa tenía- dijera nada. Todos remaban en la misma dirección.
Era muy grave. Primero, porque una televisión pública no puede lucir pancartas políticas. No quiero ni pensar cómo se habrían puesto si en Telemadrid o en TVE hubiesen hecho lo mismo con una a favor de la Constitución o de la unidad de España. Lo habrían considerado, sin duda, un ataque a Cataluña.
Me ahorro otras topelías de TV3. Como el día que Empar Moliner quemó en directo un ejemplar de la Constitución. O Juliana Canet se mostraba partidaria de quemar contenedores. Ambas continúan vinculadas a la CCMA. Incluso con el PSC en el Govern. De hecho, la segunda estrena nuevo programa.
Y, en segundo lugar, porque todo el mundo sabía que el proceso no iba de «democracia», iba de independencia. La democracia también es no saltarse las leyes a la torera y el respeto a las minorías. Pero si la cadena pública se apuntaba al lema, quería decir que todos los catalanes críticos, escépticos, tibios o incluso contrarios al proceso no éramos demócratas. Es decir, unos fascistas. Eso era lo más grave. Eso no se lo perdonaré nunca a TV3.
Sin embargo, me han quedado grabadas dos escenas en la memoria. Una, cuando el citado Josep Carles Rius firmó un convenio con el presidente del Parlament, Josep Rull, el 13 de mayo del año pasado. Tiene cojones que digan que era para garantizar «el debate democrático y el pluralismo político». El Parlament aprobó unas normas unos días antes y utilizaba el Consell de la Informació como coartada. Ahora, si algún indeseable quiere acreditarse, tiene que pasar el filtro. La Mesa del Parlament lo pasará al CIC aunque ellos tendrán la última palabra. Aviso a navegantes: a mí no me afecta porque será cosa juzgada. O sea que si el TSJC sentencia a mi favor, nos volveremos a ver.
La segunda es un acto con periodistas el 23 de enero del 2025. Tuve el morbo de ir. El propio Josep Rull se quedó blanco al verme en tercera fila. Y el jefe de prensa, Josep Escuder. Era una mesa redonda sobre Periodismo de paz en tiempos de conflicto. Organizada por la Asociación de Periodistas Parlamentarios, el denominado Colectivo Ciutadella en honor al parque en el que está el edificio de la cámara autonómica.
Tuvieron la desfachatez de ni siquiera invitar a Tomàs Alcoverro, el corresponsal histórico de La Vanguardia en Oriente Medio, ahora jubilado. Debieron pensar que no era de su cuerda. Estaba muy molesto. Lo sé porque se sentó a mi lado y me lo contó. Estaba allí. Como uno más. Y el resto dando lecciones.
Entre los asistentes, la presidenta de la asociación, Sara González, que pasó de Nació Digital a El Periódico, y el jefe de informativos de Rac1, el ya aludido Joan Maria Morros. También el presidente del grupo de periodistas Ramon Barnils, Enric Borràs, que agrupa a los indepes. Antaño, en la prensa catalana, había otros tres grupos además del mencionado: el progre (Josep Maria Lladó), el catalanista (Gaziel) y el de Sergio Fidalgo (Pi i Margall). Ahora todo se ha ido a la mierda.
Soltó un mitin contra «la extrema derecha», que en su imaginario colectivo debe ser todos los que se sienten españoles en Cataluña. O incluso medio españoles y medio catalanes. O hasta catalanes y un poquito españoles.
«Hacer periodismo es ocuparse de la extrema derecha», afirmó. Como Marc Giró, que este martes, en una entrevista en La Vanguardia, también proclamaba que «hacer buen periodismo es una forma de antifascismo». Ahora entiendo su carrera fulgurante. Yo pensaba que era decir la verdad, independientemente de ideologías.
«No podemos hacer ver que no existe ni tratarlo como una fuerza democrática más porque sería legitimarlo», añadió Borràs. Hasta proclamó que «el grupo de periodistas Ramon Barnils nos declaramos antifascistas y pedimos a todos los que están aquí que nos acompañen en el antifascismo». Juntos haremos más fuerza. Rull presidía la mesa.
«Esto quiere decir también destapar a aquellos que se hacen pasar por periodistas para atizar el conflicto. Son periodistas que trabajan para las cloacas del Estado, profundos por intereses partidistas y empresariales», continuó. Hasta añadió una coletilla que igual la añadió por mí: «Quizás que haya hoy alguno aquí». Me parece que no la llevaba en el discurso. Iba con chuleta.
En fin, son los mismos periodistas que no alzaron la voz durante el procés. O que, en algunos casos, hasta hicieron de fiel infantería en las tertulias, en las redacciones o en los equipos directivos.
Por lo que respecta a Rull & Cía, son también los mismos que exhibían pancartas en Palau a favor de la «libertad de expresión e información». O se manifestaban con carteles a favor de la democracia. Pero su concepto de democracia es solo si dices lo que ellos quieren.