Perú: duelo entre Keiko Fujimori y el socialista Sánchez

Fujimori
  • Pedro Fernández Barbadillo
  • Columnista de Internacional. En la editorial Homo Legens ha publicado 'Eternamente Franco' y 'Los césares del imperio americano'. Su último libro es 'Eso no estaba en mi libro de historia del Imperio español' (Almuzara).

La política peruana Keiko Fujimori arrastra una maldición idéntica a la que sufre la francesa Marine Le Pen: el apellido heredado de su padre. Es un foso que le impide entrar en el palacio presidencial de su país.

El odio irracional de una parte de la burguesía peruana ilustrada y urbana a Alberto Fujimori (1990-2000) se ha trasladado a su hija y pervive, a pesar de su muerte en 2024. Este sector no perdona al presidente del país que eliminó a la banda terrorista de extrema izquierda Sendero Luminoso (responsable de más de 31.000 muertes), y plantó las bases del crecimiento económico del país que en 1992 diera un autogolpe y estableciera un sistema despótico de gobierno y corrupción dirigido por su valido, Vladimiro Montesinos, condenado y encarcelado.

Las tres veces anteriores que Keiko se presentó a las elecciones presidenciales (2011, 2016 y 2021) pasó a la segunda vuelta y perdió, daba igual el tipo de candidato que tuviera enfrente. En las dos últimas, el número de sufragios que le separó del ganador, el liberal globalista Pedro Pablo Kuczynski en 2016 y el socialista indigenista Pedro Castillo en 2021, fue inferior a 50.000.

La izquierda peruana, admiradora del chavismo, antinorteamericana, prochina y socializante, tuvo un presidente de su gusto, Castillo; pero cuando el Congreso se le opuso trató de disolverlo, por lo que fue destituido y encarcelado. Desde entonces, se han sucedido más presidentes, todos maniatados por sus escándalos de corrupción o por el Parlamento.

La estrategia aplicada por la «izquierda caviar» peruana para volver al poder en loor de multitudes es digna de admiración y hasta de imitación. Ayudada por la presentación de una treintena de candidatos, que han fragmentado el sector de derechas y cristiano, concentró la mayor parte de su electorado en un solo candidato, Roberto Sánchez, que fue ministro de Castillo y hasta ha copiado el sombrero de éste.

Luego, los organismos electorales que controlan notorios izquierdistas, la Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE) y el Jurado Nacional de Elecciones, que oficia de tribunal, produjeron sospechosos acontecimientos que llevaron a Sánchez a la segunda vuelta. Lo decisivo ocurrió en Lima, donde varias docenas de colegios abrieron horas más tarde de lo programado, porque la ONPE no les había mandado el material. Estos retrasos afectaron al candidato de Renovación Popular, el católico y conservador Rafael López-Aliaga, que había sido alcalde de la capital varios años con una alta aprobación entre sus vecinos.

Después de un recuento de semanas, tal como los que se hacen en California, Sánchez (2.877.678) quedó en segundo lugar por unos 22.000 votos de diferencia respecto a Aliaga (1.993.905). Fujimori pasó en primer lugar, con 2,87 millones. El siguiente paso del plan de la caviarada consiste en captar a todos los antifujimoristas.

Y las posibilidades de que se salgan con la suya son altas. Primero, porque manejan los organismos que cuentan las papeletas. Y, segundo, porque los burgueses de la provincia de Lima han vuelto a fruncir el ceño ante Keiko Fujimori. Según la última encuesta de Ipsos, Fujimori ganaría en Lima con el 52% y Sánchez en el Perú rural, salvo el norte del país, con un 54%, lo que le daría la victoria a nivel nacional. Porque en Lima la quinta parte de los votantes optaría por sufragar en blanco o anular su papeleta. Antes la derrota, la hiperinflación y el socialismo que romper sus convicciones… o sus prejuicios. Antes vengarse del pasado que guardarse del futuro.

Como hace cinco años, el voto exterior vuelve a ser fundamental. Dentro de Perú residen unos 25 millones de ciudadanos habilitados para votar y en el extranjero son unos 1,2 millones, de los que casi 220.000 viven en España.

Durante varias semanas, Aliaga peleó contra el pucherazo y trató de que los colegios de Lima afectados volviesen a abrirse. Como no ha sido posible, al final ha tomado una decisión amarga, pero inteligente. El jueves 4 de junio, Aliaga apoyó Fujimori: «No somos indiferentes, vemos el problema, vemos que está muy empatada esta segunda vuelta y entonces no podemos dejar el país al garete, responsablemente pedimos el voto por la única opción democrática, que en estos momentos se llama Keiko Fujimori». Además, pidió a los militantes de Renovación Popular que aceptasen ser personeros (interventores) de Fuerza Popular, «para que no le roben el voto al pueblo más humilde».

La baza favorable a Sánchez es, precisamente, la ONPE, donde la incompetencia, las irregularidades, los apagones, las pérdidas de urnas o papeletas siempre perjudican a los candidatos del mismo lado.

Sin embargo, con todos los defectos que tiene Perú, aventaja a España en dos asuntos públicos: el procesamiento de ex presidentes, que contrasta con la impunidad de Pedro Sánchez y sus ministros, y el estatus independiente del banco central, cuando nuestro Sánchez usa la Administración, incluido el Banco de España, para premiar a sus siervos.

El economista Julio Velarde ocupa el puesto de gobernador del Banco Central de Reserva del Perú desde 2006. Gracias a su gestión, el sol es la divisa menos volátil de Sudamérica desde principios de siglo y las reservas han superado los 100.000 millones de dólares. Como consecuencia, la inversión internacional crece y la inflación es baja. Tanto Fujimori como Sánchez han declarado que no removerán a Velarde para colocar a un amigo, del estilo de José Luis Escrivá.

Por otro lado, desde 2016, se han sucedido ocho presidentes, sea por destitución por el Congreso o por dimisión; ninguno de los dos electos (Kuczynski y Castillo) ha concluido su quinquenio constitucional. Además, los tribunales han condenado por diversos delitos a otros tres ex presidentes.

En Perú, la estabilidad financiera y monetaria convive con una enorme inestabilidad política. Quizás la segunda es posible porque existe la primera.

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