El «novenio negro» de Pedro Sánchez
Nadie es responsable de las vidas de sus ancestros, pero es incuestionable que Pedro Sánchez pertenece, por razones familiares, de sangre y políticas, al árbol genealógico de la España negra.
Su bisabuelo materno, Juan Bautista Pérez-Castejón Marín, se pasó buena parte de su vida como prófugo de la justicia después de que el 20 de noviembre de 1932 asesinara con ocho tiros de su arma reglamentaria a José Ruiz Capel, su pareja de servicio en la casa-cuartel de la Guardia Civil de Fuente-Álamo (Murcia).
Fue absuelto primeramente en junio de 1934 por un jurado popular, el primero al que tuvo que enfrentarse la familia del presidente de Gobierno después de que la Justicia haya decidido que su mujer, Begoña Gómez, sea enjuiciada próximamente por otro.
A pesar de la absolución de Juan Bautista Pérez-Castejón, la sala accedió a la petición del fiscal para que se juzgara el caso por un nuevo jurado. Como contó en estas páginas Segundo Sanz, después de un gran trabajo de investigación, Pérez-Castejón fue finalmente condenado en marzo de 1935 a 14 años de cárcel, de los que sólo cumplió 16 meses al ser liberado en julio de 1936 de la prisión de San Antón de Cartagena por las milicias revolucionarias.
Al haber quebrantado su condena, y por denuncia del hijo de su víctima, las autoridades franquistas decretaron su búsqueda y captura después de la Guerra Civil. Para no ser encarcelado de nuevo, borró su rastro. Lo hizo suprimiendo su apellido compuesto para pasar a ser Juan Bautista Pérez Marín. La familia del jefe del Ejecutivo no recuperó el Pérez-Castejón hasta el año 2001.
Trasladado con su familia a Madrid desde Valencia, Juan Bautista Pérez-Castejón se dedicó al negocio de la pescadería en Puente de Vallecas, tal y como figura en varios padrones municipales. En alguno de ellos figura también su hijo Mateo, abuelo de Sánchez, del que este, pese a su afán memorialista, ha tapado su hoja de servicios a Franco en la Guerra Civil: desertor del Ejército republicano, en julio de 1938 se alistó voluntario en las filas franquistas, en concreto en la Legión. Fue herido en combate durante la ofensiva de Cataluña y recibió tres condecoraciones del bando vencedor, como contó también Segundo Sanz.
La segunda vinculación de Pedro Sánchez con la España negra proviene de los oscuros negocios de prostitución de su familia política. Su yerno, Sabiniano Gómez, regentaba en Madrid la sauna «Adán», acreditada por varios testimonios como uno de los lugares de explotación sexual en los que Begoña Gómez ayudaba a su padre en las labores de administración y contabilidad.
La representación de la España negra encarnada por Pedro Sánchez, que los críticos más tibios definen como amoral, falto de escrúpulos y cegado por una ambición ultranarcisista, no podía sino desparramar todos sus atributos desde el Palacio de La Moncloa en perjuicio de los intereses generales de España y de los españoles.
Multiplicado su efecto a través de todas las instituciones parasitadas por el sanchismo, desde el Tribunal Constitucional a la Fiscalía General del Estado, del CIS a RTVE, las tres legislaturas de Pedro Sánchez se han ganado con todo merecimiento el apelativo de «novenio negro». Sólo alguien como él, capaz de calificar de periodo «luminoso» la Segunda República, podía ser el oficiante de las presentes tinieblas de la España democrática.
Todo empezó con la gran mentira, cuando Sánchez prometió en campaña electoral no fundamentar su mandato en pactos con proetarras ni con golpistas. Siguió con la gran corrupción, mediante el pago de estos apoyos electorales con la impunidad de los delincuentes independentistas mediante la amnistía y con el trato favorable a los criminales de ETA a través de su acercamiento al País Vasco o su directa excarcelación.
Continuó con el conchaveo con la dictadura venezolana y la alineación con la alianza antidemocrática de Puebla, con la bendición a las fatwas antiisraelíes de Hamás e Irán y con las cesiones por razones inconfesables a Marruecos, cuya última entrega ha sido la nueva «Marcha Verde» sobre Ceuta y Melilla.
La España negra es también la de la desarticulación de los instrumentos de fiscalización del Gobierno, con un Parlamento maniatado y amordazado salvo para refrendar vía decreto los ejercicios de propaganda de Sánchez.
A ello se suman los torpes y serviles intentos de las «cloacas» de Ferraz por aherrojar la Justicia, tratando así de desactivar las causas contra la imparable marea de corrupción del Gobierno, el PSOE y la familia de Sánchez, que han arrasado como un tsunami la credibilidad del Estado, de los ministerios y de las empresas públicas.
A la España negra pertenece una directora general de la Guardia Civil, Mercedes González, que conspira contra sus propios subordinados para desarticular las investigaciones de la UCO contra el entorno familiar de su amo. A la vez, se entregan inermes a la barbarie de los narcotraficantes a los agentes que luchan en el Estrecho para evitar, Dios los bendiga, los infiernos de la adicción a las familias españolas.
La falta de presentación de Presupuestos Generales del Estado es también una forma de España negra, tan negra como la cueva en la que Sánchez y sus socios mantienen al resguardo los cientos de miles de millones de euros recaudados para sus propios intereses, como el del «pufo» catalán de la financiación autonómica.
Si la Constitución obliga a presentar los PGE, es precisamente para evitar que lo pagado al fisco por los contribuyentes, con récords estratosféricos de ingresos en estos años inflacionarios, pueda considerarse propiedad particular de los responsables de su administración.
La incapacidad del Gobierno para responder a los grandes desafíos de la nación o al alarmante deterioro de los servicios públicos es otra forma megalómana de corrupción propia del caudillo del «novenio negro». La devastadora gestión de Sánchez ante la pandemia de la COVID-19 dejó uno de los peores balances del mundo en costes en vidas y en pérdidas económicas. Infraestructuras esenciales como las ferroviarias o las hidráulicas están en situación crítica por la desidia gubernamental.
No hará falta decir, vista la catastrófica situación de este año, que los incendios forestales nos asoman cada verano a las puertas del infierno. Y cada verano escuchamos de Sánchez los mismos sermones contra la «emergencia climática» mientras se reducen por su incapacidad de gestión los medios estatales contra el fuego.
El cambalache de Sánchez con la nacionalidad española, como si fuera un título para regalar en todas las tómbolas del mundo, está adquiriendo ya la dimensión de un problema insoluble a corto, medio y largo plazo con inquietantes consecuencias para la convivencia, la seguridad y los servicios públicos. Es una bomba demográfica de efectos incalculables.
La España negra de Sánchez consiste también en acusar de ser «como Hitler» a todo aquel que piense diferente, critique su incompetencia o reclame elecciones generales, como aseguró desde lo más epidérmico de su papanatismo la presunta ministra de Ciencia, Diana Morant, junto con algunos destacados aliados de Sánchez, orgullosos de ser comunistas pese a su reguero de cien millones de muertos.
El «novenio negro» de Pedro Sánchez ya ha entrado en la historia como la etapa más destructiva que hayan vivido los españoles en lo que va de siglo XXI. Todo es susceptible de empeorar, salvo que juntos decidamos, como hace cincuenta años, evitar resueltamente el abismo.