María Montessori, pedagoga italiana: “Nunca ayudes a un niño en una tarea en la que siente que puede tener éxito”
La pedagoga advertía que muchos adultos intervienen demasiado por miedo al error, para ahorrar tiempo o por impaciencia
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Antes de que la sobreprotección infantil acaparase espacio en las redes sociales, escuelas y libros, la pedagoga italiana María Montessori ya defendía un principio que transformó la educación moderna: los niños necesitan actuar por cuenta propia para fortalecer su seguridad y aprender del entorno. Pudo sintetizar esa idea en una frase que todavía sigue vigente en distintos países: «Nunca ayudes a un niño en una tarea en la que siente que puede tener éxito».
Con esta reflexión, lo que planteaba no era solo una habilidad práctica, sino una parte esencial del aprendizaje y el desarrollo emocional. Para Montessori, actividades cotidianas como abrocharse una chaqueta, recoger juguetes o servir agua no eran simples tareas domésticas. Lo que hacían era ayudar a desarrollar la autoestima, la seguridad y la capacidad de decisión.
La pedagoga advertía que muchos adultos intervienen demasiado por miedo al error, para ahorrar tiempo o por impaciencia. Sin embargo, esto podría conllevar que el niño sintiese que no era capaz de resolver las cosas por sí mismo. En sus obras, explicaba que los niños, al lograr completar tareas sin ayuda, experimentan una mayor satisfacción, lo que favorece una disciplina natural y un deseo de seguir aprendiendo.

Papel de padres y profesores
Montessori afirmaba que el éxito infantil no se tiene que medir solamente por los resultados académicos, sino por la confianza en que el niño pueda desarrollar sus propias capacidades. Para ello, defendía que los adultos no fueran personas que resuelven los problemas, sino que actuasen como guías. Su método educativo situaba a padres y docentes en un rol de «observadores dinámicos», lo que implicaba que se tenía que acompañar al menor en el aprendizaje sin invadir el proceso.
La intervención, llegado el caso, tenía que ser si existía una frustración real o cuando el niño solicitara ayuda. Incluso en esos casos, el apoyo tenía que ser el mínimo necesario para que el niño pueda retomar su actividad de forma autónoma. Si avanzaba, aunque fuera cometiendo errores, lo más recomendable era dejarle continuar.
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