Palabras para Pote

Pote
  • Pedro Corral
  • Escritor, investigador de la Guerra Civil y periodista. Ex asesor de asuntos culturales en el gabinete de presidencia durante la última legislatura de José María Aznar. Actual diputado en la Asamblea de Madrid. Escribo sobre política y cultura.

La última noche me asaltó la fiebre. Aquel fin de semana habíamos estado pendientes de ti a todas horas. Pensamientos sin forma, revoloteando inquietos sobre mi cabeza como una sombría nube de insectos, me desvelaron avanzada la madrugada.

Había sido un día difícil para ti. Hasta dejaste que te cogiera en brazos para meterte en casa, cuando siempre trataste de regalarme unas buenas tarascadas de protesta en las ocasiones en que tuve que hacerlo por cualquier motivo, como ayudarte a subir al maletero del coche antes de que te pusiéramos la rampa cuando ya fuiste haciéndote mayor.

Pero después de que, ya sin fuerzas, te cayeras de bruces, doblando las patas delanteras como nunca habías hecho, te resignaste a que te llevara a casa en mis brazos. Antes, con tu cabeza postrada de lado en el suelo, imposibilitado para levantarte, me pareció que tu mirada quería decirnos: «Hasta aquí he llegado».

Tengo todavía esa mirada tuya encima de mis brazos, con el peso repartido entre las distintas formas en que nos saluda la tristeza a los seres humanos ante la ausencia de quienes han compartido nuestras vidas. No acabamos de acostumbrarnos a la muerte por más que se empeñe en convertirse cada vez más en una costumbre cada año que pasa.

No es fácil asumir la interrupción de la amigable conversación sin palabras que todos mantuvimos contigo desde que Mercedes te trajo del refugio hace once años. No lo es tampoco asumir la ausencia de un ser que se hizo uno con todos nosotros con esa lección constante de lo que la vida tiene de puro y auténtico, demostrándonos que sabías poseer «todas las virtudes del hombre y ninguno de sus defectos», como escribió Lord Byron de su perro Boatswain en su epitafio, pese a tu vida pasada de sufrimientos y malos tratos antes de llegar al refugio.

Nadie estuvo más pendiente de nosotros en todos estos años. Recuerdo tu reacción a mi vuelta de un ingreso hospitalario de varios días, parado delante de mí en la puerta, ladrando con voz grave, como si me reprocharas no haberte tenido a mi lado. Recuerdo también los paseos que dimos luego para darme cuerda al corazón de nuevo, en el que ibas acompasando tu paso al mío, más rápido o lento según las pulsaciones, sólo con que te lo dijera, como todo un enfermero.

Luego me aconsejaron mis hermanos médicos que, por precaución, dejara de subir solo contigo a la sierra a menos que te enseñara a practicarme la reanimación cardiopulmonar. No les hicimos caso, digo en lo de salir a la sierra, no en lo de enseñarte la RCP, y seguimos nuestra larga conversación en las laderas de Guadarrama sin tener ningún percance, hasta que en los últimos tiempos se fue revelando tu progresiva fragilidad para estos trotes.

Te decíamos «perro andaluz» porque sabíamos que aquel era tu origen y que además eras de campo: en la naturaleza podías ser Rin Tin Tin, pero en la ciudad eras Rantanplán. Cuando me veías sacar las botas del armario dabas saltos de alegría, y en ese momento no había nadie más feliz que tú y yo.
No he vuelto a la sierra desde tu ausencia. Creo que me será difícil detener el paso y mirar al horizonte sin sentirte a mi lado como una extensión amputada de mi ser. O comerme el bocadillo sin repartirlo contigo, jugándome alguno de los dedos bajo una de esas ansiosas dentelladas tuyas, sobre todo cuando veías, avispado y hambrón que eras como buen pícaro, que te daba también fiambre y no solo pan.

Has sido también mi compañero de trabajo, siempre junto a mi escritorio, pasando las horas como si cuidaras de mis palabras como a un rebaño. No recuerdo haberte leído nunca en voz alta nada de lo que escribía. De lo que estoy seguro es de que no podré leer nada de lo que escribí entonces sin acordarme de ti y de que nada de lo que escriba ahora pueda hacerlo sin acariciar tu ausencia.

Óscar del Pozo en Abc y Bernardo Díaz en El Mundo nos fotografiaron juntos a propósito de algunas historias de política y libros contadas por Tatiana G. Rivas y Marta Belver, respectivamente. En las imágenes quedaba de manifiesto tu belleza sin vanidad, vuelvo al epitafio de Lord Byron, y tu nobleza, propias de los canes retratados en lienzos inmortales.

Siempre supiste posar para las fotografías con la gravedad que merecen los momentos inolvidables, como ante aquella montaña de gigantescos boletus edulis que recogimos una vez, y no más, en Somosierra. Tengo guardado aún el vídeo de tu galopada en la playa de Omaha, en Normandía, cuando me viste venir desde lejos y corriste a mi encuentro.

Conservo también todas tus fotografías en tantos lugares del Guadarrama cruzados por las cicatrices de la Guerra Civil, donde me acompañaste tantas veces para escuchar en el rumor del viento entre los pinos los ecos de las campanas que doblan por todos.

No sólo en aquellos momentos de destellos, sino también en los de sombras te hiciste mi compañero inseparable. Me sujetaste a la vida sencillamente porque tenía que llevarte de nuevo a casa. Como decía Umbral, hace falta tener mucha humanidad dentro para mirar como un perro, para mirar como mirabas tú. En nuestra memoria ha quedado una buena colección de instantes para confirmarlo, cada uno de ellos con un gesto o una mirada tuya tan humanamente expresivos que se han hecho imborrables.

No me di cuenta cabalmente de lo rápido que iban pasando estos años contigo. Cada uno a su ritmo fuimos envejeciendo, aunque para mí fue una sorpresa descubrir que te estabas quedando sordo como yo. Ya últimamente era corriente entrar en casa y encontrarte dormido, cuando antes, ante el mínimo ruido, estabas esperándonos en la puerta.

Nunca presumimos de tener un fiero perro guardián, sobre todo porque siempre habías sido un perrazo bueno que hacía incluso de agente del orden en las riñas de los gatos. Lo de la visita al veterinario no cuenta en esta valoración, porque eras de natural miedoso y a veces montabas unos espectáculos que sólo la templanza profesional de Patricia sabía dominar.
Cuando la última noche me levanté de la cama con el escalofrío de la fiebre, tú seguías dormido en tu colchoneta. Me cuidé de no despertarte por tu debilidad, para que no te sintieras forzado a tratar de seguirme, como hacías siempre, de habitación en habitación. Me fui al salón y me tumbé en el sillón con mi nube de pensamientos inquietos y febriles zumbando a mi alrededor hasta que me quedé dormido de nuevo.

Al despertarme por la mañana fuiste lo primero que me vino a la cabeza, como si esas pocas horas de sueño no hubieran interrumpido la tensión ni la fiebre. Pensé que seguirías echado en tu colchoneta en el dormitorio, a causa de tu postración, pero no era así: estabas en el salón, tumbado al pie del sillón donde yo había dormido.

Te habías levantado para estar a mi lado tu última noche, a continuar nuestra amistosa conversación interminable, a recordar nuestras salidas a la sierra, a revivir las horas de trabajo en el escritorio, cuando las palabras que salían de mi teclado caían sobre tu cabeza y tu lomo convertidas en un manto blanco de silencio y quietud que te arropaba mientras dormías, como lo hacen ahora sobre tu recuerdo mientras escribo, igual que la nieve sobre las montañas de Gredos el día que te dejaste coger por primera y última vez en mis brazos, querido Pote.

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