Ni Trump ni Sánchez tienen interés en Ceuta

Ni Trump ni Sánchez tienen interés en Ceuta

En la izquierda, con la obligada excepción de Pedro Sánchez y sus mariachis, insisten en que lo de Ceuta ha sido cosa de EEUU y de Israel, o mejor dicho de Trump y de Netanyahu, que, a través del brazo armado de Marruecos, han querido dar, en el culo de España, una patada a ese progresismo internacional que tanto les ha dado la tabarra en Palestina y en Irán. Y encima esa izquierda saca pecho y presume de recibirla de buen grado, porque es el dignísimo coste de ser los armadores de las flotillas y de llevar la pancarta en las manifestaciones, y porque nada les gusta más que tener emigrantes ilegales que utilizar para hacer política y para financiar sus ONGs y sus chiringuitos.

Sin embargo, sacar a Marruecos de la ecuación, que es lo que hace el Gobierno español, obliga a un planteamiento conspiranoide que no resulta creíble para nadie; y pensar, por otro lado, que los EEUU no hayan estado al tanto de lo que estaba ocurriendo es igualmente ingenuo. El régimen alauita mantiene una estrecha relación estratégica con la administración americana, y un movimiento de esta importancia no lo hubieran abordado sin, al menos, el consentimiento tácito y el interés táctico de Donald Trump. Vamos, todo facilidades y todo dar palmas al rey Mohamed que, en su caso y en su ocaso, está loco por la letra y por la música de lo que ha ocurrido y está ocurriendo en Ceuta.

Posiblemente nunca ha habido un presidente americano tan dispuesto a orientar las políticas de los EEUU hacia donde personalmente más le conviene; comportamiento que es necesario compatibilizar con la desnaturalización o el desarme efectivo de los controles y los contrapesos institucionales. Y así se ha llegado a un punto en que, igual que reconocemos que el entramado legal e institucional de nuestro país no estaba preparado para un personaje amoral y democráticamente descreído como Pedro Sánchez, Donald Trump está saltando las costuras de la democracia americana que, ya sea en Venezuela, Cuba o Irán, o ya sea con las cripto, los aranceles, el petróleo o la regulación de las tecnológicas, es incapaz de contener su ambición, su nepotismo y su desmesura.

Lo que ocurre es que, en esta ocasión, la identificación de Sánchez y Trump no se limita a los desaseados aspectos formales, sino que, paradójicamente, se identifican también en el fondo y, por eso, son los únicos en todo el orbe internacional que no pueden reconocer la autoría del Reino de Marruecos sobre el ataque territorial a Ceuta.

Nuestro problema (el de España, que no el de Sánchez que obtiene rédito por ser el antagonista oficial de Trump) es que el coincidir con la administración americana en no querer culpabilizar a Marruecos, no significa que tengamos de nuestro lado a la primera potencia mundial. Lamentablemente no podemos decir aquello de que los amigos de mis amigos son mis amigos, sino más bien, que los amigos de mis enemigos sí pueden ser mis enemigos.

Es el coste del tacticista y utilitarista posicionamiento personal de Sánchez: un aislamiento de nuestro país en el mapa geoestratégico que a nadie, ni siquiera a nuestros nuevos amigos de las autocracias totalitarias, les sale a cuenta romper. En Ceuta no hay petróleo ni metales raros, y parece que las playas del Tarajal y del Trampolín no le interesan para hacer un resort; es muy posible que en menos de dos meses Trump reciba un fuerte varapalo en las elecciones de medio mandato, pero no va a encontrar ningún incentivo (ni nadie se lo va a exigir) para corregir la estratégica alianza con Marruecos y en levantar el marcaje que hace al progresismo woke en la figura de Sánchez.
Parece ser que gente muy importante le ha comentado, no sin retintín, al Buzo de La Mareta que no es necesario ir de justiciero y de quijote de todas las causas nobles del mundo y que uno, ya sea un mandatario o un país, tiene que ser consciente de sus limitaciones y no meterse en charcos de los que no se puede salir dignamente. A eso se suma que en las tres horas de la semana pasada en Zarzuela el rey no quiso hablar de partirse por quincenas el verano en Marivent y le hizo ver que no es bueno que la imagen que España está dando sea la de, en palabras de Trump, «un país que ha perdido por completo el control de su frontera».

A falta de dignidad y patriotismo o de cualquier otro interés confesable, el último burladero en el que ha podido meterse Sánchez es el absurdo dilema de «disparar o no a los indefensos emigrantes», que utilizó como pregunta capciosa para la oposición. Feijóo no cayó en la trampa, y vino a decirle que él no sabe lo que haría, pero desde luego lo que no haría es confesar, desde ahora, que no dispararía.

Lo último en Opinión

Últimas noticias