El Incorruptible

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  • Carlos García-Mateo

Un hombre entero ha venido a salvar la Patria. Nacido ya de la inspiración paterna por nuestra liberación, asoma su perfil a la Historia para reescribirla. De casta le viene al galgo: que el progenitor dedicara heroicos esfuerzos a romper las eternas cadenas ibéricas, a bajar los yunques que, por siglos, tienen a este Pueblo esclavizado, fue escuela y espejo para él. Vino primero la instrucción, hincar los codos y gastar suelas por la geografía humana del país, conocer y comprender a pacíficos vascos, a buenos catalanes que, aún ahogados desde un milenio por la recia meseta, por los maléficos Borbones y por la siempre franquista Madrid, no dan su brazo a torcer. Qué decir del ejemplo andaluz, tierra arrodillada a un puñado de nobles latifundistas. Allí él mandó a revertir las cosas, y en Cádiz la esperanza ilumina ya a las gentes del sur. Donde su recto índice señala, florece un país nuevo, una nueva lengua, un nuevo sexo, y la pobreza y la corrupción se espantan, huye la casta despavorida.

Pero no se entiende España sin el mundo: Venezuela y Bolivia fueron dos magníficas escuelas, tanto que incluso ambas perlas revolucionarias acabaron requiriéndole valiosos consejos, como la confiscación de empresas y propiedades. Aquellas naciones hermanas le recordarán siempre, sin duda ninguna. La actual prosperidad de los venezolanos y las venezolanas, la democracia pura de la que gozan, no serían sin tenerle a él en cuenta: “ser demócrata es expropiar”, afirmó tajante en 2013.

De vuelta a la Patria, siguió tejiendo redes con lo políticamente más granado: el pueblo catalán deseoso de votar en libertad y sus denodados defensores de la Generalitat, el indomable Junqueras o la más aguerrida luchadora por los desfavorecidos que dio nunca Barcelona, Ada Colau. También hizo migas de oro revolucionario con cierto empresario audiovisual trotskista. Ha sido este campo, el de la televisión, el que mayores alegrías le ha dado. Bajo su influencia, un torrente de estimulante ejercicio periodístico iluminó la antes gris vida informativa de los españoles. Gracias a él, a su energía política en favor de la verdad, notables comunicadores y humoristas nos despertaron del largo letargo setentayochista. ¡No más programas de ricos y famosos que se casan y se divorcian! ¡Los jubilados han de tener una mayor conciencia política y dejar de comprar en Mercadona!

Con la paciencia y el trabajo de un líder de acero, esperó el momento para conquistar el cielo del materialismo dialéctico. Hasta que la Patria gritó al fin libertad y en el Parlamento se dio un severo golpe en la mesa y saltaron por los aires siglos de sumisión, como en los gloriosos años republicanos que el fascismo aplastó, mas no consiguió vencer. Adiós a la oscuridad, vengan bríos y luces, que a España no ha de reconocerla ni la madre que la parió. Como un viento fresco y humilde, de franca comunidad con el Pueblo, apareció este doce de octubre, nada que celebrar, con una mascarilla republicana en que podía leerse “sanidad pública”. ¿Y cómo no pudimos verlo antes nosotros? ¿Cómo pudimos vivir tan ciegos y sin sanidad pública? Mas hubo otro detalle de suma importancia: fue a Palacio como un español más, cargando sobre sí la secular alegoría del que sufre, del obrero o el pastor, calzando unos modestos y viejos zapatos. Era un precioso manifiesto y, además, una severa advertencia a quienes todavía disfrutan de mansiones, piscinas privadas y todas esas cosas arrebatadas al Pueblo soberano. Lucero hispano, camarada, Pablo el Incorruptible, salvífica ha de ser todavía la obra que te encumbre para siempre.

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