Ceuta y la gestión de la conversación
Los cursis llaman relato a lo que siempre fue conversación. Ahora todo es relato, aunque no lo sea. La excusa conceptual sirve para justificar una decisión política o para no concluir que nos gobiernan indigentes profesionales e incompetentes catedralicios a los que sólo les queda el consuelo de la manipulación periódica. Quienes estamos en el negocio de la política sabemos que lo verosímil alcanza con frecuencia mayor importancia en la discusión pública que la verdad, y por ello, las estrategias de los diferentes partidos se centran en inculcar en la mentalidad colectiva —sobre todo la suya— una suerte de realidad paralela donde lo que cuenten alcance a ser aceptado porque suena creíble o realizable. Llamar crisis a una invasión o mecanismo de solidaridad colectiva a una subida abusiva de impuestos son circunloquios retóricos creados ex profeso para amansar mentes que saben del poder de las palabras a la hora de movilizar y convocar a su audiencia. En ese estadio de argumentario permanente, donde nada diferencia lo real de lo orwelliano, el neolenguaje zurdo sigue teniendo predominio entre medios y conciencias. Sobre todo, cuando al monopolio mediático (propiedad más redacciones) se le suma una sociedad cultivada en el buenismo progre y los complejos de su oposición.
Con la situación de Ceuta, estamos asistiendo a una masterclass de manipulación política y mediática sin parangón, un escenario en el que sobreviene la alianza conocida entre Marruecos y su chantajeado súbdito, el Gobierno de España. Así, la dictadura alauita centra el foco en España como inductor de la invasión, para desviar temas internos que afectan al partido del gobierno e impedir el progreso económico de Marruecos (sic). Estos argumentos, que defienden desde ministros hasta embajadores marroquíes, así como sus espías infiltrados en medios de comunicación españoles, no sólo no han sido desmentidos o refutados por sus homólogos socialistas, sino que incluso suben la apuesta populista y propagandista y ejecutan un recital de excusas programadas que hace temer por la salud mental de sus votantes.
Baste ver el ejemplo de Albares, el Napoleoncito de AliExpress, que implanta el terror por embajadas y consulados del mundo, y que ejerce, a la sazón, de botones palmero de su amo, achacar la invasión de Ceuta a las influencias de Elon Musk y Putin, porque había que encontrar un chivo expiatorio populista que no afectara a sus relaciones con Rabat y colara en el argumentario sincronizado. Y vaya si ha colado. Ahí tienen a los del pensamiento Euprepio, los sincronizados que repiten sin pensar lo que el alpiste gubernamental les manda al levantarse. Tras él, vino Bolaños, que disparó su bulómetro contra aquellos que defendemos una respuesta militar a la invasión sin necesidad de disparar a todo el que entrase, como llegó a sugerir en comparecencia pública ante una pregunta de la oposición. El Ejército, como bien sabe el bulócrata y la ministra de Defensa, tan indigna como escondida, está entrenado para repeler sin necesidad de usar métodos letales. Pero la verdad no importa, sino que suene verosímil la mentira proyectada para el público fiel y la lechera sincronizada.
Por eso, para Sánchez y su banda de delincuentes desalmados, lo importante no es gobernar, ni solucionar los problemas que su incompetencia y negligencia causan, sino gestionar la conversación que, con posterioridad, se celebrará en el ágora pública. Faltaba por aparecer el sociópata de La Mareta, que se despachó a gusto en la Cadena Ser contra el Rey, Aznar, la ciudadanía de Ceuta, la mayoría de españoles que estamos con nuestros compatriotas invadidos y, en general, contra el sentido común y la responsabilidad, que vienen a ser los enemigos que con mayor fruición ataca Sánchez. Culpó de la invasión a todo el mundo menos al país que le tiene pillado por los bajos de sus saunas, y en cada frase justificadora de su inacción y colaboracionismo criminal con el enemigo, se destapaba el dictador que lleva dentro y el peligro que supone para la democracia y la libertad que su rostro siga en el poder. «Sólo llevo ocho años gobernando», concluyó como epílogo excusatorio para no explicar por qué ha pasado más tiempo en su emisora fetiche que en Ceuta, defendiendo la soberanía nacional y los derechos y libertades de los ceutíes. O lo sacamos de ahí por lo civil, o nos matará él por lo criminal. Y esta vez, sin relato.