La orina del régimen
Un perro tiene por costumbre dejar el rastro de su presencia en cada esquina o rincón callejero, árbol o arriate que se encuentre por el camino. No siempre lo hace por una simple cuestión fisiológica, sino como elemento de dominio, para subrayar su marca territorial o incluso como medida de comunicación con otros colegas de su estirpe. También en política se suele orinar a menudo en tiesto ajeno para conseguir un propósito o rédito personal. De hecho, mear más que nadie en el corral del partido o gobierno es señal de poderío orgánico y personal. Las alianzas y los tiempos se construyen mejor cuando se sabe de quién es el reguero que cada día deja un indescriptible olor a podrido. En política, si no dejas un rastro de hedor profundo, duradero y constante, acabas por ser una persona normal y honrada.
Porque una vez llegado al escaño, el objetivo de todo representante no es solucionar los problemas de sus representados, sino mantener la poltrona y el favor de quien le puso ahí. Cuando ya llegas al poder y consigues gestionar presupuesto público, o dirigir una nación, no quieres pasar a la historia construyendo a futuro lo que otros pueden rentabilizar cuando ya no estés, y tampoco te favorece crear un ecosistema donde el ciudadano sea autónomo económicamente del Estado y pueda deshacerse de ti con la misma facilidad y tranquilidad con la que un día te votó. No. Lo que buscas es que los demás perritos se acerquen al perímetro de tu meada para que puedan entender quién manda aquí y someterlos con el pedigrí que te da tu raza, o ausencia de ella. Así, cuando sales al parque, van a tu encuentro los mismos que saben dónde no tienen que acercar su hocico ni cuándo levantar la patita. Es la autocracia canina sin rebelión en la granja.
Los votantes de Sánchez son aquellos que acuden a la orina presidencial extendida como cerco de control y sumisión: no trabajan, no emprenden, cobran pensión, reciben subvención y, por tanto, lamen por donde pasa el puto amo. Da igual que les mientan, se corrompan sus votados, roben o asesinen. Porque les gusta que les meen encima. Pertenecen a esa sociología electoral cuya huella debe ser limpiada como se hace con el pis de las aceras: con lejía y paciencia. Porque forman parte del problema y ningún argumento racional, por muy persuasivo que sea, les convencerá de buscar otra perrera, por muy saneada y limpia que esté.
La orina del régimen se extiende también hacia los medios de comunicación, a los que riega sin cesar con el dinero de los demás, de ahí que la manada mediática sanchista acuda con la lengua fuera a agitar guerracivilismo y replicar movimientos de cabeza y papada, como mandan los pastores monclovitas. A todos los propagandistas del perro les gusta ser sometidos y humillados, y no les importa quedar como babosos caninos con tal de seguir recibiendo el pienso gubernamental. Les importa una higa, por ejemplo, que los ceutíes tengan que estar encerrados en sus casas, sin libertad y con miedo a ser robados, violados, agredidos, vejados, mientras su discurso, orinado por el argumentario pedrete, encaje y se difunda entre los suyos.
La orina es la red social del chucho, y así se presenta al barrio y al mundo. Hay otros que mean listas musicales y presumen de recomendar libros que no han leído para marcar territorio de matón enrollado. Huele tanto lo que suelta, que los que acuden a rodear el charco aceptan su mansedumbre a cambio de ser tolerados en la corrala: se llama clientelismo.