La carta de Reyes de Donald Trump
Aquí, los niños estrenan patinetes y sus padres calcetines; allí, el hombre más poderoso del planeta, trofeo geopolítico: un mandatario capturado en directo. Qué vértigo admitir la verdad: para millones de venezolanos, esta humillación imperial es menos infernal que seguir atrapados en la Venezuela de Maduro. Mientras tanto, en Caracas, Delcy se prueba la banda presidencial como quien se pone el abrigo del marido recién enterrado y se apresura a cerrar las cámaras de tortura para las cámaras de la CNN.
La historia épica se despacha en un post de X: Estados Unidos captura a un «dictador narcotraficante» y lo lleva ante la justicia. La historia real lleva dos siglos de prólogo y se llama doctrina Monroe. En 1823, James Monroe lanza su frase mágica: «América para los americanos». Lo que sonaba a defensa de las jóvenes repúblicas frente a Europa terminó siendo el pretexto jurídico-moral para que Washington se arrogara el derecho de decidir quién manda en su hemisferio y donde surja. Europa, fuera. Los latinoamericanos, dentro… Y la dulce tutela.
Desde entonces, la película se repite con variaciones: golpes bendecidos, invasiones «quirúrgicas», marines que entran y salen como si América Latina fuera el porche de la abuela. En Panamá desplegaron la versión beta: Manuel Noriega, primero aliado útil, luego demonio irreversible y, finalmente, preso ejemplar en una cárcel de Miami. Ahora el remake se rueda con más cámaras y mejor marketing. Donde antes se hablaba de «comunismo», hoy se dice «narcoterrorismo». Cambia el eslogan, no la lógica.
Aquí entra nuestra propia contradicción: Trump nos produce urticaria democrática, pero Maduro es peor. Entre un millonario narcisista con impulsos autoritarios y un régimen que ha destruido un país, vaciado la nevera y fracturado a una sociedad entera, sigo pensando que el capítulo «Trump contra Maduro» puede abrir, al menos, una rendija de futuro para los venezolanos que no se cansan de insultar y contradecir a los progres y a los listillos. Eso no convierte a Trump en héroe: lo convierte en el pirómano que, de vez en cuando, apaga un incendio ajeno para ampliar su finca.
Vamos a jugar. Imaginemos el espejo: ¿y si mañana otro Estado (muy audaz y mesiánico) decidiera que Trump es un criminal de guerra por Venezuela o lo que sea y enviara comandos a detenerlo en Florida junto a la encantadora Melania? ¿Lo llamaríamos «justicia universal» o secuestro?
Trump se ha pedido un presidente tropical por Reyes y nos ha dejado a Delcy como una fruta pegada en el roscón. A los venezolanos se les promete libertad a bordo de un portaaviones. A los demás se nos invita a disfrutar de la merienda; cuidado con el haba, si la soberanía sale defectuosa, el repartidor no acepta devoluciones.
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