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Un ingeniero industrial de 39 años deja su oficina en Alemania para revolucionar una finca de 475 hectáreas en Cádiz gracias a la ganadería holística

Manuel Troya
Manuel Troya con su familia y equipo. Imagen del sitio oficial de Finca Pajaretillo.

Manuel Troya tenía un trabajo estable en una multinacional de Hamburgo y un título de Ingeniería Industrial bajo el brazo. Nada en su carrera apuntaba a que terminaría al frente de una finca ganadera en Cádiz, pero un giro personal cambió por completo su rumbo.

Hoy, con 39 años, dirige Finca Pajaretillo, 475 hectáreas de monte bajo mediterráneo donde aplica un modelo de pastoreo que imita el comportamiento de las manadas salvajes de herbívoros. El resultado es un suelo más fértil, más resistente a la sequía y, según defiende él mismo, perfectamente rentable.

Un terreno que hace pocos años dependía de insumos externos hoy funciona con lo que produce el propio ecosistema.

De la oficina en Hamburgo a los pastos de Cádiz

Troya es nieto e hijo de ganaderos, aunque su padre siempre intentó apartarlo de un oficio que consideraba demasiado duro. Por eso estudió Ingeniería Industrial, amplió estudios en Francia y acabó trabajando en Alemania.

El fallecimiento de su padre en 2015 lo llevó de vuelta a la finca familiar, prácticamente sin experiencia previa en el campo. Esa falta de bagaje, lejos de ser un obstáculo, le permitió cuestionar prácticas que en la explotación se daban por inamovibles y que, en realidad, estaban desgastando la fertilidad del suelo.

Lo que encontró al llegar era una explotación vulnerable, dependiente de recursos externos y con un manejo que iba empobreciendo la tierra año tras año, aunque nadie dentro de la finca terminara de verlo así.

Imitar a las manadas salvajes para regenerar el suelo

La solución que encontró se conoce como ganadería holística, según ha contado Troya en una entrevista con el Instituto Andaluz de la Juventud.  Las cerca de 200 reses de la finca se agrupan y avanzan por parcelas pequeñas, de apenas una hectárea, delimitadas con pastores eléctricos e hilo conductor.

Permanecen un solo día en cada una y después no vuelven a pisarla en meses, a veces casi un año, dando tiempo a la vegetación para recuperarse por completo. La idea de fondo es sencilla: evitar la presión continuada sobre un mismo terreno y dejar que la planta complete su ciclo antes de recibir de nuevo al ganado.

Mientras están concentrados, el estiércol y la orina de los animales aportan nutrientes al terreno en vez de perderse como residuo. Finca Pajaretillo como ejemplo de este manejo, que ya le valió un reconocimiento en los Premios BBVA a los Mejores Productores Sostenibles y que, según Troya, hace que la finca aguante mejor lluvias torrenciales, incendios y episodios de sequía.

Una ganadería que también quiere recuperar a los jóvenes

Detrás del suelo hay otra regeneración pendiente: la del propio sector. Troya sitúa la edad media de los ganaderos en torno a los 63 años y no esconde el problema de relevo que eso plantea.

Su apuesta combina tecnología sencilla —aplicaciones móviles para planificar el pastoreo, sistemas eléctricos de control— con gestión empresarial y venta directa, alejando la profesión de la imagen de sacrificio permanente.

Daryush, de 22 años, trabaja en la finca y encarna esa otra mirada: la de quien encuentra sentido en un oficio que combina producción, tecnología y cuidado del territorio.

Finca Pajaretillo vende ya su carne de pasto a grupos de consumo responsable de varias provincias, acortando la distancia entre quien produce y quien come. Con el sector ganadero envejecido, el futuro, según plantea Troya, pasará menos por producir más y más por conseguir que naturaleza, rentabilidad y una nueva generación vuelvan a coincidir en la misma finca.

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