En 1859 un terrateniente soltó 24 conejos para cazar los fines de semana: 167 años después, Australia sigue sin poder frenar una plaga de 200 millones de ejemplares
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Thomas Austin, un terrateniente inglés afincado en Victoria, liberó 24 conejos europeos en su finca en 1859 con el único propósito de cazarlos los fines de semana. Seis años después, esos mismos ejemplares ya sumaban más de 20.000 en la misma propiedad, el arranque de una invasión biológica que Australia no ha logrado frenar 167 años después.
Un estudio publicado en la revista PNAS en 2022 confirmó que aquellos conejos portaban una combinación genética entre ejemplares domésticos y salvajes que los hizo especialmente resistentes y aptos para colonizar tierras áridas. Esa ventaja genética explica por qué esta introducción concreta, y no las decenas de intentos anteriores, desató la colonización más rápida de un mamífero jamás registrada.
Cuál es el impacto de la plaga de conejos en Australia sobre el ecosistema y la agricultura
Los conejos devoran pastizales, cultivos enteros y la corteza de los árboles jóvenes, lo que seca la vegetación y acelera la erosión del suelo. Sus madrigueras dejan además extensos sistemas de túneles que exponen la tierra al viento y a la lluvia, un proceso que convierte terrenos antes fértiles en superficies prácticamente desérticas.
La competencia por el alimento y el refugio amenaza a al menos 300 especies nativas, entre ellas marsupiales herbívoros como los bilbies. Al destruir la vegetación de base, los conejos rompen también la cadena alimentaria de insectos, aves y reptiles que dependían de esas plantas para sobrevivir.
El daño económico ronda hoy los 200 millones de dólares australianos anuales en pérdidas agrícolas, según las cifras que maneja el propio sector. Los conejos compiten directamente con las industrias ovina y vacuna por el pasto, lo que reduce la producción de carne y lana en buena parte del país.
Las autoridades construyeron a principios del siglo XX miles de kilómetros de vallas en Australia Occidental para frenar su avance, aunque los conejos ya habían cruzado al otro lado antes de que terminaran de levantarlas. La mixomatosis, introducida en los años 50, eliminó al 90% de la población en su momento, pero los supervivientes desarrollaron inmunidad genética con las generaciones siguientes.
Qué medidas o nuevas tecnologías está probando Australia hoy en día contra la plaga de conejos
El organismo científico nacional CSIRO cultiva tejido de conejo en laboratorio, los llamados organoides, para probar la efectividad de virus modificados sin recurrir a pruebas en animales vivos. La estrategia nacional Rabbit Biocontrol Pipeline Strategy trabaja hasta 2029 en identificar nuevas variantes del virus de la enfermedad hemorrágica antes de que las cepas actuales pierdan su eficacia frente a la resistencia evolutiva de los conejos.
Investigadores de la Universidad de Melbourne exploran además el impulsor genético, una técnica que emplea la herramienta CRISPR para modificar el ADN de conejos en cautiverio y provocar, tras su liberación, un colapso reproductivo programado en la población silvestre. En zonas suburbanas donde no se pueden dispersar virus ni venenos, los equipos de control recurren a visores térmicos de nivel militar que permiten neutralizar entre 50 y 100 ejemplares por jornada sin alertar al resto de la madriguera.
Las reservas ecológicas, como Mount Rothwell, entrenan perros de conservación capaces de detectar conejeras ocultas antes de que los humanos las localicen, mientras que redes de cámaras trampa con inteligencia artificial monitorean la densidad de población en tiempo real y calculan la efectividad de cada brote de virus liberado.
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