Opinión

Tiempo de espías, la inteligencia es una herramienta de la geoecomía

La inteligencia económica se define como la recopilación, análisis y utilización de información relevante para la toma de decisiones económicas y estratégicas

espionaje, opinión

La geoeconomía se ha consolidado como una de las herramientas fundamentales mediante las cuales los Estados buscan aumentar su influencia internacional, proteger sus intereses estratégicos y garantizar su prosperidad económica. Los servicios de inteligencia y las actividades de espionaje desempeñan en el actual contexto internacional un papel decisivo. No sólo deben afrontarse cuestiones militares y de seguridad nacional, la inteligencia económica constituye hoy uno de los pilares esenciales del poder de los Estados.

La capacidad para obtener información privilegiada sobre los mercados críticos, los recursos naturales, las tecnologías emergentes, las decisiones políticas de gobiernos extranjeros o sobre las estrategias empresariales proporciona unas ventajas competitivas de un enorme valor.

La inteligencia económica se define como la recopilación, análisis y utilización de información relevante para la toma de decisiones económicas y estratégicas. En un entorno globalizado donde los flujos comerciales, financieros y tecnológicos determinan la posición relativa de las naciones, disponer de información antes que el competidor puede marcar la diferencia entre el éxito y el fracaso.

Algunos de los casos y datos más relevantes señalan que los daños por espionaje industrial en Alemania superaron los 211.000 millones de euros según Bitkom en 2026, China y Rusia lideran los ataques atribuidos. En 2024 se desarticuló una red de espionaje industrial que vendía información técnica del sector aeronáutico español, incluido Indra, a compradores en Rusia y China.

Por ello, muchos servicios de inteligencia dedican una parte creciente de sus recursos a realizar el análisis de las tendencias económicas globales, identificando riesgos para las cadenas de suministro, evaluando las vulnerabilidades energéticas, detectando los movimientos estratégicos de rivales y aliados.

Uno de los ámbitos donde esta labor resulta más visible es la seguridad energética. El acceso a petróleo, gas, minerales críticos y tierras raras condiciona la competitividad industrial y la estabilidad económica de numerosos países. Los servicios de inteligencia realizan un seguimiento constante de las reservas disponibles, las decisiones de inversión, los conflictos regionales y las políticas regulatorias que puedan afectar al suministro de recursos esenciales. Esta información permite anticipar crisis y diseñar estrategias de diversificación que reduzcan la dependencia exterior.

La rivalidad tecnológica constituye otro campo central de la geoeconomía contemporánea. Las tecnologías relacionadas con la inteligencia artificial, los semiconductores, las telecomunicaciones avanzadas y la computación cuántica son consideradas activos estratégicos de primer orden. En enero de 2026 se produjo la primera condena de espionaje económica relacionado con la IA afectando a un exingeniero de Google en San Francisco, culpable de siete cargos de espionaje económico y siete de robo de secretos comerciales incluidos miles de páginas de información confidencial sobre la infraestructura de hardware y software de Google para entrenar modelos de IA, incluyendo chips TPU y sistemas GPU con destino China.

Las autoridades taiwanesas detuvieron a tres empleados por robar los secretos comerciales sobre la tecnología de fotolitografía de 2 nm de TSMC, la más avanzada del mundo. Esta información es crítica para la competencia en semiconductores. Se han reportado casos similares que afectan a la empresa europea ASML y la surcoreana SK Hynix con supuestos vínculos con Huawei.

En estos casos los servicios de inteligencia participan en la protección del conocimiento nacional frente al espionaje extranjero y, al mismo tiempo, intentan obtener información sobre los avances de otros países. El objetivo no es únicamente militar. Se trata también de preservar la competitividad industrial y la capacidad de innovación, unos factores que determinan el crecimiento económico a largo plazo.

El espionaje industrial ha sido una práctica habitual desde los inicios de la industrialización. Durante los siglos XVIII y XIX, numerosos países recurrieron a la obtención clandestina de información para acelerar sus procesos de desarrollo. Gran Bretaña, que lideraba la Revolución Industrial, intentó evitar la exportación de conocimientos técnicos relacionados con la producción textil. Sin embargo, diversos agentes lograron obtener información sobre maquinaria y procesos industriales, contribuyendo a la expansión de la industrialización en Europa continental y Estados Unidos.

Uno de los ejemplos históricos más relevantes del impacto económico de la inteligencia fue el descifrado de las comunicaciones alemanas durante la Segunda Guerra Mundial. El proyecto Ultra, desarrollado por los servicios británicos en Bletchley Park, permitió descifrar los mensajes codificados mediante la máquina Enigma, uno de cuyos ejemplares originales se custodia en el CNI. Sus consecuencias económicas y militares fueron extraordinarias.

La información obtenida facilitó la protección de convoyes marítimos que transportaban materias primas, alimentos y combustible hacia el Reino Unido. Sin esas capacidades de inteligencia, las pérdidas causadas por los submarinos alemanes habrían sido mucho mayores y podrían haber comprometido gravemente la economía británica y la capacidad industrial de los Aliados.

Otro caso de estudio de enorme trascendencia fue el descubrimiento y seguimiento de la política petrolera durante la Guerra Fría. Tanto los Estados Unidos como la Unión Soviética dedicaron importantes recursos de inteligencia para analizar la producción energética mundial y las decisiones de los grandes exportadores de petróleo.

La crisis energética de 1973 demostró que el acceso a información precisa sobre las decisiones de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) tenía un valor estratégico excepcional. Los gobiernos que comprendieron con mayor anticipación la magnitud de los cambios en el mercado pudieron adoptar medidas para proteger sus economías, diversificar proveedores y reducir vulnerabilidades.

La inteligencia económica adquirió una nueva dimensión con la globalización financiera. Los movimientos especulativos, las sanciones económicas y las crisis de deuda pueden alterar de forma rápida la estabilidad de países enteros. Los servicios de inteligencia monitorizan permanentemente riesgos sistémicos, operaciones financieras ilícitas y mecanismos de evasión de sanciones. Una información que permite a los gobiernos diseñar respuestas más eficaces frente a amenazas que ya no son exclusivamente militares. En muchos casos, las sanciones económicas han sustituido al uso de la fuerza como instrumento de presión internacional, convirtiendo la inteligencia económica y financiera en una potente herramienta geoeconómica de primer nivel.

La creciente competencia entre Estados Unidos y China ilustra perfectamente la relevancia actual de la inteligencia económica. La disputa por la supremacía tecnológica, el control de las cadenas globales de suministro y el acceso a minerales estratégicos ha llevado a ambos países a reforzar significativamente sus capacidades de recopilación y análisis de información económica. La competencia por los semiconductores avanzados constituye un caso de estudio muy claro. Conocer la situación de fabricantes, proveedores y centros de investigación permite anticipar movimientos del adversario y proteger posiciones estratégicas en un sector crucial para la economía digital.

La ciberinteligencia se ha convertido en una dimensión fundamental de la geoeconomía. Los ataques dirigidos contra empresas, infraestructuras críticas y centros de investigación buscan con frecuencia obtener una información sensible de valor económico. La sustracción de la propiedad intelectual ahorró años de investigación y miles de millones de euros en inversión a China y hoy la protección de la información estratégica se ha transformado en una prioridad nacional para las principales potencias económicas. En la actualidad, la frontera entre seguridad nacional y competitividad económica es cada vez más difusa.

Los servicios de inteligencia y el espionaje son componentes esenciales de la geoeconomía moderna. Gracias al CESEDEN he podido apreciarlo de primera mano tras la sesión de trabajo celebrada en el CNI. Su función incluye la defensa militar, la protección de los recursos estratégicos, la seguridad energética, la innovación tecnológica, la estabilidad financiera y la competitividad industrial.

A lo largo de la historia, desde la difusión clandestina de tecnologías durante la Revolución Industrial hasta el descifrado de Enigma en la Segunda Guerra Mundial, la capacidad para obtener y analizar información ha influido de manera decisiva en la prosperidad de las naciones.

En un mundo caracterizado por la competencia tecnológica, las tensiones comerciales y la creciente importancia de los datos, la inteligencia económica seguirá siendo uno de los instrumentos más poderosos para determinar la posición de los Estados en el sistema internacional.

Por su parte los servicios de espionaje e inteligencia militar están protagonizando una intensa actividad global debido al auge de la «guerra en la sombra», la guerra híbrida, el ciberespionaje y las amenazas extranjeras. Se aprecia una escalada de las actividades de sabotaje y sirva como ejemplo reciente lo ocurrido en Alemania cuyo responsable de los servicios secretos, el BfV y el BND, ha alertado formalmente ante el Parlamento alemán, sobre la intensificación de las operaciones rusas en Europa. Incluido el conflicto violento, calificándolo de guerra abierta en la sombra con numerosas acciones directas hibridas como el sabotaje, en Leipzig, o los reclutamientos digitales y los posibles complots de asesinato enfocados en la industria de la defensa e infraestructura militar.

Alemania acaba de expulsar a un diplomático y coronel del GRU ruso, el servicio de inteligencia militar, tras descubrirse que dirigía una red de espionaje que intentó infiltrarse en determinadas bases militares estratégicas, como Büchel, lugar donde se almacenan las armas nucleares de los EE. UU.

También se ha producido la alerta máxima del servicio de seguridad británico MI5, sobre una infiltración académica china. El MI5, emitió una inusual alerta pública contra el China General Technology Research Institute (CGTRI). Según la inteligencia británica, esta organización realmente es una empresa pantalla utilizada por el Ministerio de Seguridad del Estado de China (MSS) para financiar determinadas investigaciones académicas en las universidades del Reino Unido sobre la Inteligencia Artificial y ciberseguridad, con el fin de transferir de una manera encubierta capacidades tecnológicas británicas al aparato de espionaje chino. Más de un centenar de académicos británicos habrían colaborado de una forma inconsciente con esta organización tutelada por el Partido Comunista Chino.

Por su parte el Departamento de Justicia de los EE. UU. ha presentado cargos contra dos ciudadanos de origen chino, por operar clandestinamente en nombre del MSS chino. Los acusados recopilaban datos confidenciales de las bases navales y del portaaviones USS Abraham Lincoln, además de utilizar técnicas clásicas de espionaje como la realización de pagos en efectivo mediante «buzones muertos», dead drops, con el objetivo de reclutar a militares de los EE.UU. en activo.

Sin olvidar que, el último informe del Laboratorio de Seguridad de Amnistía Internacional detalla cómo los servicios secretos de Marruecos extienden el espionaje ilegal fuera de sus fronteras mediante el software Pegasus. Información facilitada por antiguos agentes de su servicio secreto revelaron la interceptación sistemática de teléfonos, colocación de micrófonos en viviendas e incluso la infección previa de ordenadores en cibercafés y aeropuertos para rastrear a activistas y periodistas en tránsito, aunque el gobierno de Rabat continúa desmintiendo legalmente tales acusaciones.

Incluso el gobierno del Japón ha acelerado la creación y fortalecimiento de su propia agencia de espionaje exterior, similar a la CIA estadounidense, un giro histórico justificado por la «remilitarización» defensiva y la ciberdefensa del país asiático.

En un mundo donde el poder se mide tanto en innovación tecnológica como en capacidad militar, el espionaje económico y militar se ha convertido en un factor geoeconómico decisivo que altera el equilibrio de fuerzas entre las diferentes naciones. Proteger el conocimiento estratégico, las cadenas de suministro críticas y los secretos de defensa no es una inversión de la que se puede prescindir, sino algo indispensable para salvaguardar la soberanía y la competitividad.

Por ello, dedicar unos recursos sostenidos en la prevención, detección y neutralización de estas amenazas resulta fundamental, sólo así los Estados podrán salvaguardar su prosperidad, su seguridad y su autonomía en un entorno internacional cada vez más disputado.

Vigila ut vincas

José Luis Moreno, economista, profesor de la UFV. Autor de Geoeconomía Estratégica con editorial ESIC.

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