POLÍTICA MONETARIA

Nixon, Reagan, Ford o Trump: así intervienen los presidentes de EEUU en la política de la Fed

El relevo de Cook ha recordado a los mercados de las implicaciones desastrosas que una bajada de tipos impulsada por el Ejecutivo puede tener en la economía

Nixon, Reagan, Ford o Trump: así intervienen los presidentes de EEUU en la política de la Fed

Hay un viejo dicho bursátil: «No se pelea con la Fed» (Don’t Fight the Fed, en inglés). Para el cuadragésimo presidente de Estados Unidos, Donald Trump, parece que la regla no aplica.  Trump ha vuelto a dejar a los mercados de deuda nerviosos en Wall Street tras su intento de cesar formalmente a la gobernadora de la Reserva Federal (Fed) Lisa Cook esta semana tras un supuesto fraude hipotecario.

Cook, seleccionada por el Gobierno de Biden, ha declarado su batalla judicial contra Trump, alegando que su cese carece de una causa fundada. Este episodio ha deteriorado la calidad del bono a diez años la tasa fija que determina todo desde la tasa hipotecaria hasta los préstamos de los estadounidenses—. El relevo de Cook se suma a las presiones que Trump lleva meses ejerciendo sobre el presidente de la Fed, Jerome Powell. (El casting para buscar su reemplazo cuando finalice su mandato en mayo de 2026 ya está en marcha). Así, los costes de endeudamiento para la renta fija estadounidense se han disparado ante el temor de mayor injerencia política sobre el banco central más poderoso del mundo.

La historia reciente de Estados Unidos puede pintar una imagen de cómo la injerencia política ha perjudicado la economía a largo plazo. Estados Unidos también puede aprender de las lecciones de países como la Turquía de Recep Tayyip Erdogan —que ahora batalla con una hiperinflación desbocada o la India de Narendra Modi. Es más, sólo hay que mirar a otros políticos que han llegado a al Despacho Oval para ver las implicaciones que las presiones políticas por parte del poder Ejecutivo tienen en la economía real.

Richard Nixon, 1971

No hay que mirar más allá de 1971, de la presidencia del republicano Richard Nixon. El mandato del trigésimo séptimo presidente de Estados Unidos se considera como la época de mayor influencia política en la historia de la Reserva Federal. Nixon, quién aspiraba a un segundo mandato, exigió una rebaja de los tipos de interés en varias citas con miembros de la Fed.

«Respeto su independencia», bromeó Nixon en un acto público en 1971, refiriéndose al entonces presidente de la Fed, Arthur Burns. «Sin embargo, espero que, de forma independiente, llegue a la conclusión de que mis opiniones son las que se deben seguir». Burns finalmente cedió a las numerosas presiones de Nixon y recortó los tipos de interés, a un coste muy grave para la economía. Desde allí, lo coerción de Nixon desencadenó lo que hoy se llama La Gran Inflaciónun periodo de precios desenfrenados en Estados Unidos, que duraron más allá de su segundo mandato. 

El académico Thomas Dreschsel, autor del informe, Presión Política sobre la Fed, recopiló todas las ocasiones en la historia de Estados Unidos que un presidente interactuaba con un miembro de la Fed, a través de la agenda diaria de cada presidente. Nixon destaca por encima de todos, con 160 interacciones y le siguen Gerald Ford (145), Franklin D. Roosevelt (142) y Lyndon B. Johnson (115). El análisis de Dreschsel concluye que la intervención política «es inflacionaria» sin “que ello tenga un impacto positivo en la actividad real”. Además, alerta que “aumentar la presión política en la mitad de lo que lo hizo Nixon durante seis meses eleva el nivel de precios en torno a un 7%”.

En 1980, cuando Ronald Raegan llegó a la Casa Blanca, heredó el problema desembocado que la injerencia de Nixon provocó: inflación de doble-dígito. Esto lo llevó a políticas económicas no muy ortodoxas, que eventualmente recibieron el apodo de Raeganomics.

 

Por otro lado, aunque la reacción del mercado ha sido más moderada tras el relevo de Cook que en otras ocasiones, la apariencia de la llamada curva invertida de tipos muestra el nerviosismo de los inversores. Esto significa que el coste de financiar la deuda a corto plazo (en este caso, a dos años) supera el de los bonos a largo plazo, como la tasa a diez o treinta años.

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