Europa mira a Canadá para reducir su dependencia de Trump y China: apuesta por níquel, uranio, IA y defensa
Canadá puede convertirse en su nuevo socio estratégico para materias primas, energía y defensa
La guerra comercial entre Estados Unidos y Canadá abre un nuevo frente mientras, al otro lado del Atlántico, la Unión Europea estudia estrechar sus vínculos con Ottawa hasta explorar una relación de Estado asociado.
Un movimiento que, según los analistas consultados, responde tanto a la necesidad europea de diversificar sus cadenas de suministro como a la creciente vulnerabilidad canadiense frente a su enorme dependencia del mercado estadounidense.
Y como era de esperar, Donald Trump vuelve a elevar la tensión. El presidente estadounidense ha firmado un memorando para identificar medidas que permitan excluir productos de origen canadiense de las contrataciones del Gobierno federal estadounidense. La Casa Blanca justifica la medida por las restricciones que, a su juicio, afrontan las empresas estadounidenses para acceder a la contratación pública canadiense.
En este contexto, Bruselas mira hacia Canadá como un socio con recursos naturales, capacidades industriales y tecnológicas y una posición estratégica en el Atlántico Norte.
Para Javier Cabrera, analista de XTB, la propuesta europea responde a una «necesidad urgente de reconfigurar la seguridad, la tecnología y las cadenas de suministro trasatlánticas», especialmente ante la incertidumbre que generan las relaciones con Estados Unidos mientras Trump mantenga su actual política comercial.
Mirada puesta en las materias primas
Uno de los grandes atractivos de Canadá para Europa está en sus recursos naturales. Cabrera destaca las reservas canadienses de litio, níquel, cobalto y tierras raras, materias primas consideradas estratégicas para la industria y la transición energética.
El objetivo, según el analista, sería permitir a Bruselas reducir su «fuerte dependencia de China» y reforzar el suministro de componentes necesarios para la transformación industrial europea.
Sin embargo, Pablo Vega, de Roams, señala que convertir esos recursos en una alternativa real para Europa no sería inmediato y apunta a la necesidad de invertir en extracción, procesamiento y transporte, además de establecer contratos a largo plazo.
La operación también tiene una lectura económica desde Ottawa. Canadá mantiene una enorme exposición al mercado estadounidense, hasta el punto de que el 71,7% de sus exportaciones de bienes tuvieron como destino Estados Unidos en 2025, según Vega.
La defensa aparece como uno de los principales aceleradores del acercamiento. Canadá ya participa en SAFE, el programa europeo de apoyo a la industria de defensa. Cabrera considera que su incorporación articula una cooperación militar e industrial de especial relevancia, mientras que Vega subraya que la participación canadiense ya tiene efectos concretos.
Según el experto de Roams, Canadá es el primer país no europeo en participar en SAFE, lo que permite a sus empresas acceder a oportunidades vinculadas a las compras conjuntas de defensa.
Vega introduce, no obstante, una precisión importante sobre las cifras del programa: los hasta 150.000 millones de euros de SAFE son préstamos destinados a los Estados miembros de la UE. Para las empresas canadienses, la oportunidad económica estaría en los contratos y las inversiones que pueda generar la cooperación industrial.
La defensa no sería, en cualquier caso, el único ámbito tecnológico. Vega también señala la existencia en Canadá de una base sólida en inteligencia artificial y computación cuántica, dos sectores en los que Europa busca reforzar sus capacidades.
Qué supone ser Estado Asociado
La propuesta no se trataría simplemente de reproducir el modelo de un socio estratégico tradicional. La fórmula podría implicar una «integración institucional de facto», según Cabrera, con una participación más constante de Canadá en comités técnicos y mesas de trabajo europeas, aunque sin derecho de voto en el Consejo o el Parlamento Europeo.
Vega señala que en la actualidad, no existe una figura jurídica cerrada de «miembro asociado» con derechos y obligaciones predeterminados. Una posible vía, apunta, sería recurrir al artículo 217 del Tratado de Funcionamiento de la UE, aunque el alcance concreto de la futura relación dependería de la negociación.
El experto recalca además que la denominación no supondría automáticamente ciudadanía europea, libre circulación, acceso pleno al mercado único o representación en las instituciones comunitarias.
«La diferencia real estará en el contenido que se negocie», resume Vega. El acercamiento tampoco parte de cero. Según los datos aportados por Vega, el comercio bilateral de bienes y servicios entre la UE y Canadá superó los 130.000 millones de euros en 2025.
Precisamente por eso, el mayor potencial no estaría necesariamente en reproducir las ventajas comerciales que ya ofrece el CETA, sino en profundizar la relación mediante inversiones y proyectos concretos.
Minería, energía, tecnología y defensa aparecen así como los sectores en los que podría materializarse una nueva fase de cooperación. «El verdadero beneficio dependerá de convertir esa cercanía política en inversiones y proyectos que reduzcan costes y dependencias», apunta Vega.
Más allá del gesto político
Por ahora, los analistas coinciden en que el proyecto debe interpretarse con cierta cautela. Vega lo define como «un anuncio político con potencial estructural», respaldado ya por elementos concretos como la participación canadiense en SAFE y en el pilar de investigación colaborativa de Horizonte Europa, además de la relación comercial existente.
Cabrera, por su parte, considera que la cooperación en defensa y materias primas apunta a un reajuste de largo plazo de las relaciones transatlánticas.
La tensión comercial entre Washington y Ottawa, por tanto, añade presión a un proceso que ya contaba con sus propios incentivos económicos. Para Canadá, Europa ofrece una vía para reducir la dependencia de Estados Unidos. Para la UE, Canadá puede aportar materias primas, energía, tecnología, capacidad industrial y un nuevo socio en materia de defensa.
Pero el alcance definitivo de este acercamiento dependerá de si Bruselas y Ottawa consiguen transformar el anuncio político en inversiones, contratos, financiación y compromisos jurídicos duraderos.