Marie Curie, doble premio Nobel de Física y Química: «Nunca veo lo que se ha hecho; solo veo lo que queda por hacer»
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Marie Curie construyó una carrera científica que cambió para siempre la física y la química, pero curiosamente su frase más recordada no habla de fórmulas ni de laboratorios. Habla de una actitud: la de no quedarse mirando lo ya conseguido.
Podría afirmarse entonces que esa mentalidad explica, mejor que cualquier premio, por qué su nombre sigue citándose casi un siglo después de su muerte. Detrás de la científica está la historia de una mujer que convirtió cada obstáculo en el punto de partida del siguiente proyecto.
Marie Curie, la única persona con dos premios Nobel en ciencias distintas
La historia de Marie Curie le hace justicia a una de sus frases más recordadas: «Nunca veo lo que se ha hecho; solo veo lo que queda por hacer».
La física escribió estas palabras el 18 de marzo de 1894 en una carta privada dirigida a su hermano Józef Skłodowski. La cita se conserva hoy en día gracias a su hija menor, Ève Curie, quien la incluyó en la famosa biografía Madame Curie, publicada en 1937.
Curie nació en Varsovia en 1867, en una Polonia ocupada por el Imperio ruso, donde a las mujeres se les prohibía estudiar en la universidad. Se formó en la clandestina Universidad Volante antes de mudarse a París para estudiar física y matemáticas en la Sorbona.
Junto a su marido, Pierre Curie, descubrió el polonio y el radio en 1898, y acuñó el término radiactividad. En 1903 recibió el Nobel de Física junto a Pierre y a Henri Becquerel.
En 1911, ya viuda, ganó en solitario el Nobel de Química. Sigue siendo la única persona en la historia con un Nobel científico en dos especialidades diferentes, algo que ningún hombre ni ninguna mujer ha vuelto a repetir.
Ese hallazgo, además, no se quedó en el papel: el radio abrió la puerta a la radioterapia contra el cáncer, un tratamiento que hoy sigue salvando vidas en hospitales de todo el mundo.
Lo que nos deja su frase: hay que convertir cada barrera en el siguiente objetivo
La biografía de Curie está marcada por obstáculos que, en otras manos, habrían sido un punto final. No pudo estudiar en su país por ser mujer, así que se formó en clases clandestinas organizadas en secreto por profesores polacos.
No tenía dinero para pagarse la carrera en París, así que trabajó años como institutriz en el campo para financiar primero los estudios de su hermana y después los propios. Llegó a la capital francesa con 24 años y malvivió en una buhardilla sin calefacción.
Cuando por fin llegó al laboratorio, siguió aplicando la misma lógica: cada resultado abría una pregunta nueva, nunca un cierre. Mirar siempre hacia el problema siguiente, y no hacia el mérito ya obtenido, es la costumbre que resume su frase más citada.
Marie Curie y la fuerza de seguir sola
En 1906, un accidente de tráfico mató a Pierre Curie en pleno auge de su carrera conjunta. Desde luego, Marie Curie no abandonó la investigación. Asumió la cátedra de su marido en la Sorbona y se convirtió en la primera mujer en dar clases allí.
Cinco años después llegó su segundo Nobel, obtenido en solitario y en medio de una fuerte campaña mediática en su contra por su vida privada. La Academia sueca llegó a pedirle que no viajara a Estocolmo a recogerlo.
Ella respondió que el premio reconocía un descubrimiento científico, no su biografía personal, y viajó igual. La ciencia, para ella, no dependía de una compañía ni de una aprobación externa que la sostuviera, sino de seguir haciendo la siguiente pregunta.
Es una distinción que todavía cuesta sostener fuera del laboratorio: separar el valor real de un trabajo del ruido que genera alrededor, sin dejar que ese ruido decida cuándo parar.
El precio real que pagó Marie Curie por no detenerse nunca
Durante la Primera Guerra Mundial, Marie Curie diseñó unidades móviles de rayos X para atender heridos en el frente, conocidas como petites Curies, y llegó a conducirlas ella misma hasta cerca de las trincheras.
Ese mismo impulso de estar siempre donde hacía falta terminó por matarla: murió en 1934 de anemia aplásica, causada por décadas de exposición a la radiación que manipuló sin las protecciones que hoy son obligatorias.
Sus cuadernos de laboratorio, todavía radiactivos, se conservan en cajas plomadas y solo pueden consultarse con equipo de protección. Así, casi un siglo después, su ejemplo sigue midiéndose en lo que falta por investigar, no en lo ya conseguido.