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La frase más repetida de de Aristóteles que sigue siendo una lección de vida: «Somos lo que hacemos…»

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Blanca Espada

Hay ideas que viajan por los siglos como si tuvieran vida propia, debido a su profundo significado. Ya sea que las leamos en un libro, alguien nos las diga o que de repente las aprendamos en clase de filosofía y se queden en nuestra mente para siempre. Es lo que ocurre con la frase de Aristóteles: «Somos lo que hacemos repetidamente; la excelencia, entonces, no es un acto, sino un hábito», que es de las más famosas y también de las más repetidas. Además, no es una reflexión que se limite a un ámbito concreto sino invitación a mirar de cerca cómo vivimos.

Cuando uno escucha esta frase de Aristóteles por primera vez, puede pensar que habla de disciplina o productividad, porque así suele interpretarse hoy. Pero lo que quería decir iba mucho más allá. No estaba pensando en metas profesionales ni en hábitos de estudio, sino en el propio carácter y en ese conjunto de decisiones pequeñas que repetimos durante años y que, al final, dicen mucho más de nosotros que cualquier gesto extraordinario. La excelencia, según su visión, no se logra con un golpe de suerte ni con una acción puntual, por brillante que sea. Se cultiva. Y quizá por eso sigue resultando tan actual. En una época en la que casi todo se mide por su inmediatez, su mensaje obliga a girarse y mirar a lo cotidiano, a aquello que hacemos sin aplausos, sin cámaras, sin momentos épicos.

La frase más repetida de de Aristóteles que sigue siendo una lección de vida

Aristóteles dedicó buena parte de su vida a intentar responder una pregunta que hoy sigue encima de la mesa: ¿qué significa vivir bien? Para él, la respuesta estaba en la eudaimonía, una especie de plenitud serena que no dependía ni del dinero, ni del éxito, ni de los caprichos del azar. Se alcanzaba cultivando virtudes, y esas virtudes, tal y como se explica en la Ética a Nicómaco, no venían «de fábrica. No nacemos justos, valientes o generosos. Lo somos porque actuamos de ese modo de manera sostenida.

Ahí aparece la fuerza del hábito. No basta con hacer algo bueno una vez, igual que un deportista no se convierte en campeón por un entrenamiento brillante. Lo decisivo es lo que repetimos, incluso en los días menos inspirados. Un acto aislado no define una identidad, pero cien actos parecidos sí empiezan a hacerlo. Por eso, cuando Aristóteles afirma que «la excelencia es un hábito», está señalando algo profundamente humano: lo que hacemos a diario tiene más peso en nuestra vida que cualquier logro puntual.

El hábito como molde que da forma al carácter

La idea puede parecer evidente, pero no lo es tanto cuando se observa cómo funciona nuestra vida. Todos recordamos momentos en los que hemos actuado con valentía, paciencia o generosidad. Pero Aristóteles diría que eso no basta. Para ser valiente, hay que actuar con valentía con cierta constancia; para ser justo, hay que repetir actos justos; para ser generoso, lo mismo. La identidad moral se crea con repetición.

Y esto tiene una consecuencia interesante: cualquiera puede alcanzar la excelencia. No depende de un talento misterioso ni de una predisposición innata. Depende de practicar, fallar, volver a intentarlo y sostener en el tiempo aquello que queremos convertir en hábito. Es parecido a entrenar un músculo. Al principio cuesta, pero llega un momento en que la repetición se convierte en naturaleza. Esta perspectiva rompe además con la imagen romántica del genio o del héroe, esa idea tan extendida de que hay personas especiales dotadas de una luz que el resto no tiene. Para Aristóteles, la diferencia real está en la constancia.

Una enseñanza antigua que dialoga con la vida moderna

Lo curioso es cómo encaja esta visión con lo que sabemos hoy desde disciplinas muy distintas. La psicología del comportamiento insiste en que los hábitos determinan gran parte de nuestras decisiones; la neurociencia explica cómo la repetición refuerza conexiones neuronales; y hasta las teorías actuales sobre productividad recuerdan que la motivación es frágil, mientras que el hábito permanece.

En la práctica diaria también lo vemos claro. Nadie aprende un idioma por un día de estudio intenso. Nadie desarrolla paciencia por un solo acto de esfuerzo. Nadie mejora en su profesión por un destello aislado. Lo que transforma es la suma de repeticiones. La grandeza, si llega, aparece por acumulación. De este modo,  en un mundo acostumbrado a premiar lo instantáneo, el éxito rápido, el aplauso inmediato, la inmediatez como norma, este enfoque casi suena revolucionario.

Por eso esta frase atribuida al filósofo sigue resonando. Su fuerza no está en la forma, sino en el contenido: no somos lo que hacemos una vez, sino lo que hacemos siempre. Y ahí, en esa repetición humilde, es donde Aristóteles sitúa la verdadera excelencia. No en los éxitos que brillan, sino en aquello que repetimos cuando nadie aplaude.

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