Un día cualquiera en Mallorca
Amanece en Mallorca. Un mallorquín se levanta para ir a trabajar. Tiene suerte: todavía vive aquí. Su hijo, quizá, ya no pueda decir lo mismo.
Sale de casa y se incorpora a una carretera saturada. Atascos. Coches. Furgonetas. Autocares. Bicicletas de alquiler. Alguien explicará que todo esto es consecuencia del éxito. En Mallorca hemos desarrollado una curiosa afición por llamar éxito a aquello que hace cada vez más difícil vivir en Mallorca.
Nuestro protagonista llega tarde. No importa. Durante el trayecto ha podido contemplar la prosperidad. Después intenta pedir cita médica. Paciencia. En Baleares las listas de espera sanitarias vuelven a estar bajo enorme presión. Quizá cuando le atiendan ya se haya curado. O jubilado.
Su hijo busca piso. Ese sí que es optimista. Tiene trabajo, nómina y una extravagante pretensión: independizarse sin entregar al casero la mayor parte de su sueldo. Pronto descubre que en la Mallorca del progreso trabajar ya no garantiza poder vivir donde uno ha nacido.
Entonces aparecen los señoritos de la izquierda. Dicen que falta vivienda. Como si las viviendas hubieran desaparecido una madrugada. Nadie parece querer completar la ecuación: una isla tiene territorio limitado, recursos limitados e infraestructuras limitadas. Pero sobre ella hemos decidido colocar una presión demográfica y estacional prácticamente ilimitada.
Hasta la legislación balear reconoce expresamente dificultades estructurales derivadas de la presión demográfica, la dependencia exterior y el acceso a vivienda asequible.
Y seguimos sorprendidos del resultado. Mallorca recibió durante décadas al visitante sin dejar de reconocerse en el espejo. El problema empezó cuando confundimos hospitalidad con renuncia. Cuando dejamos de preguntarnos cuánto podía soportar la isla y empezamos a preguntarnos cuánto más cabía.
Más turistas. Más residentes. Más inmigración ilegal. Más coches. Más demanda de vivienda. Más presión sobre hospitales, colegios, carreteras, agua y servicios sociales. Y cuando alguien pronuncia la palabra límites, aparece inmediatamente el inquisidor de guardia. Xenófobo. Insolidario. Catastrofista.
Cualquier cosa antes que hacer una división. Porque aquí está el gran fraude intelectual: nos dicen que una isla puede crecer indefinidamente dentro de un territorio que, por definición, termina en el mar.
Mientras tanto, también cambia algo menos cuantificable. El paisaje humano. Barrios que pierden personalidad. Comercios tradicionales sustituidos por negocios intercambiables. Jóvenes que se marchan. Costumbres convertidas en atrezo. Una sociedad cada vez más fragmentada que escucha constantemente hablar de integración mientras se le exige que considere sospechoso defender aquello en lo que los recién llegados deberían integrarse.
Mallorca corre el riesgo de convertirse en un magnífico escenario sin protagonistas. Un lugar estupendo para venir y cada vez más complicado para quedarse.
Por eso defender Mallorca no consiste en cerrarla. Consiste precisamente en evitar que desaparezca bajo el peso de su supuesto éxito. Ordenar la inmigración. Limitar la presión sobre el territorio. Facilitar vivienda a quienes viven y trabajan aquí. Recuperar seguridad, servicios públicos e infraestructuras. Defender nuestra cultura española y mallorquina sin pedir perdón.
Porque una sociedad que renuncia a poner límites acaba descubriendo que otros los han puesto por ella.
Anochece. Nuestro mallorquín vuelve a casa. Otra vez atasco. Enciende la radio. Le explican que vivimos mejor que nunca.
Sonríe. Mañana será otro día cualquiera en Mallorca.
- David Gil de Paz es portavoz adjunto de Vox en el Consell de Mallorca.
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