De Manacor al Consell: cuando el separatismo cambia de despacho

De Manacor al Consell: cuando el separatismo cambia de despacho

Miquel Oliver quiere gobernar Mallorca. Y para explicar por qué está preparado para hacerlo, ha elegido una frase formidable: «Venimos de la gestión».

Conviene agradecérselo. Nos ahorra el debate. Hablemos de gestión. Porque este ínclito personaje lleva camino de completar ocho años como alcalde de Manacor. Ocho años son suficientes para que la herencia recibida deje de ser explicación, la burocracia deje de ser coartada y las promesas empiecen a medirse contra los resultados. Y los resultados tienen la mala costumbre de no entender de propaganda.

El propio Oliver ha reconocido que durante el primer año de este mandato quedaron tres millones de euros del presupuesto pendientes de ejecutar, que hubo propuestas que no pudieron realizarse y que Manacor arrastraba falta de mantenimiento en la vía pública. También admite ahora que ampliar el gobierno municipal proporcionó «más capacidad de gestión». Es decir, aquello que se presenta como credencial para gobernar Mallorca ha tenido dificultades reconocidas por su propio protagonista.

Hay fotografías todavía más incómodas. La piscina municipal lleva cerrada desde 2021. Su origen está en el concurso de acreedores de la antigua concesionaria y en el posterior laberinto judicial, no en una decisión de Oliver. Pero cinco años después, en agosto de 2026, el Ayuntamiento todavía estaba contratando la redacción del proyecto para decidir cómo acondicionarla y reabrirla.

Y luego están los caminos públicos. La Plataforma Camins Públics i Oberts, difícilmente sospechosa de formar parte de una conspiración españolista, acusó este verano al alcalde de una gestión «estéril» e «improductiva» y le reprochó que después de siete años ni siquiera se hubiera licitado el nuevo catálogo que, según la plataforma, Oliver se había comprometido a impulsar. Es la valoración del colectivo, naturalmente. Pero resulta reveladora.

Mientras tanto, la política identitaria nunca parece sufrir problemas de ejecución. Ahí encontramos siempre energía, doctrina y solemnidad. La lengua catalana, el territorio, la nación implícita, la permanente necesidad de explicarnos qué debemos ser. La candidatura de Oliver promete afrontar los problemas de Mallorca con una «mirada de país» y sitúa la «defensa de la lengua» entre sus grandes prioridades.

Nada nuevo. Es la vieja habilidad del nacionalismo catalanista para transformar una administración en una causa. Cuando faltan resultados, sobra relato. Cuando la gestión tropieza, aparece la identidad. Y cuando ocho años empiezan a pesar demasiado, siempre queda un despacho más grande al que trasladarse. Ese es el verdadero interés de la candidatura de Oliver.

No viene de ninguna parte. Viene de Manacor. Por eso, antes de preguntarnos qué hará en el Consell, conviene mirar qué deja en el Ayuntamiento. Sin banderas, sin épica y sin esa confortable «mirada de país» que permite contemplarlo todo desde tan lejos.

Oliver quiere cambiar la plaza del Convent por el Palau Reial. Puede cambiar el despacho. Puede cambiar la institución. Puede incluso cambiar el relato. Lo único que no puede cambiar es su balance. Y Manacor ya lo conoce.

  • David Gil de Paz es portavoz adjunto de Vox en el Consell de Mallorca.

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