INTELIGENCIA ARTIFICIAL

Pasaban desapercibidos: una IA cuenta por primera vez 39.619 icebergs varados en la Antártida y los diminutos, de menos de un kilómetro cuadrado, son el 93 %

Icebergs varados junto al hielo fijo de la costa antártica, con un grupo de pingüinos
Icebergs varados junto al hielo fijo de la costa antártica, con un grupo de pingüinos
Adrián Villellas

En marzo de 2025, con el hielo marino fijo de la costa antártica en mínimos récord, los satélites Sentinel-1 de la Agencia Espacial Europea tomaron imágenes de radar de todo el borde del continente. Con ellas, un equipo australiano ha contado por primera vez los icebergs varados en el fondo marino alrededor de la Antártida, y son 39.619.

Un iceberg varado es un bloque de hielo cuya quilla, la parte sumergida, ha tocado fondo en las aguas poco profundas de la plataforma continental. Una vez encallado, puede quedarse inmóvil «durante periodos que van de días a varias décadas», según el estudio.

El trabajo lo dirigió Kaihong Jiao, del Instituto de Estudios Marinos y Antárticos (IMAS) de la Universidad de Tasmania, que empezó el proyecto como trabajo de máster en el Australian Antarctic Program Partnership (AAPP). Firman con él investigadores de Geoscience Australia, de la Universidad Ártica de Noruega y de la División Antártica Australiana, el organismo que gestiona el programa antártico del país y que estos días busca informáticos para sus bases.

«Con imágenes de radar por satélite y una herramienta automática de inteligencia artificial, cartografiamos casi 40.000 icebergs inmóviles en 2025», resumió Jiao en la nota de prensa del AAPP.

Una red neuronal entrenada con imágenes de radar

«Tradicionalmente, la vigilancia de icebergs ha dependido en gran medida del análisis manual de imágenes de satélite», explicó Jiao en la misma nota. «El objetivo de mi proyecto era desarrollar una cartografía automatizada y precisa, a escala de todo el continente, de la distribución y el tamaño de los icebergs varados, y eso es lo que hicimos».

Los organismos que siguen icebergs, como el Centro Nacional de Hielo de Estados Unidos, solo dan nombre a los que superan las 10 millas náuticas de eje mayor, unos 18,5 kilómetros. Eso deja «sin vigilar una enorme cantidad de icebergs más pequeños», escriben los autores.

El radar de apertura sintética (SAR) emite pulsos de microondas y registra el eco que devuelve la superficie, de modo que ve a través de las nubes y de la oscuridad polar. De Sentinel-1 salieron las 274 imágenes del estudio, 197 tomadas en modo de barrido extraancho y otras 77 en modo interferométrico.

La herramienta de inteligencia artificial de la que habla Jiao es una red ResUNet, un modelo de aprendizaje profundo que separa en cada imagen los píxeles que pertenecen a un iceberg del resto del fondo, incluido el hielo marino. Luego venía la prueba de la inmovilidad, en la que un algoritmo cotejaba dos pasadas del satélite tomadas con 12 días de diferencia y solo dejaba en la lista los bloques que seguían en el mismo sitio.

A eso se sumaron, según el resumen del artículo, «restricciones físicas estrictas derivadas de la batimetría y de la concentración de hielo marino», pensadas para quitar falsos positivos: un candidato en aguas de más de 1.000 metros de profundidad quedaba fuera, porque ahí un iceberg no puede tocar fondo.

«Nuestros métodos, que combinan imágenes de satélite de Sentinel-1 con una herramienta de diferenciación robusta y fiable, lograron reducir el tamaño mínimo detectable de un iceberg a 1,6 hectáreas», señaló Jiao. Son 16.000 metros cuadrados, algo más que dos campos de fútbol, y el detector alcanzó una puntuación F1 superior a 0,91, un índice que combina las falsas alarmas y los icebergs que se escapan y cuyo máximo es 1.

Los icebergs diminutos son abrumadora mayoría

Los 39.619 icebergs suman 13.430 kilómetros cuadrados y aparecen en el 56,5 % de la costa antártica. El reparto es muy desigual, porque el 14,2 % del litoral concentra el 80 % de todos ellos y la mitad se reúne en apenas el 4,9 % de la costa.

«Descubrimos que los icebergs diminutos, a menudo pasados por alto, de menos de un kilómetro cuadrado, dominan en realidad tanto el número total como la superficie», dijo Jiao. Según el artículo científico, los menores de 1 kilómetro cuadrado son el 92,6 % del total y aportan el 53,9 % de toda la superficie varada.

Las zonas más densas están sobre bancos y dorsales poco profundos, sobre todo aguas abajo de plataformas de hielo que se fragmentan con frecuencia. Frente al glaciar Thwaites y en el banco Fram, la densidad llega a 41 icebergs por cada 25 kilómetros cuadrados, en lo que el estudio llama «cadenas de icebergs varados».

Según la nota del AAPP, las agrupaciones densas de icebergs pequeños son clave para lo que los autores llaman el «efecto empalizada» (picket fence effect), porque actúan como «una serie de anclajes físicos» que estabilizan ese hielo y evitan que se rompa y derive hacia mar abierto.

«Aunque los pequeños icebergs varados individuales cubren solo una superficie limitada, su gran número y su amplia presencia en aguas poco profundas les permiten desempeñar un notable papel de anclaje en el mantenimiento del hielo fijo», escriben los autores.

También señalan que la empalizada antártica «funciona menos como un muro continuo y más como una serie de nodos estructurales discretos y de alta intensidad». Por eso, añaden, la estabilidad del hielo fijo de todo el continente «puede depender de manera desproporcionada de estas regiones concretas».

Por qué 2025 era el año adecuado

Un iceberg atrapado en el hielo marino también parece inmóvil en las imágenes aunque no toque fondo, algo parecido a lo que le ocurrió al iceberg A-84 tras desprenderse de la barrera de hielo Jorge VI. Para reducir esa confusión, el equipo trabajó con imágenes de finales del verano austral de 2025.

A principios de ese año, el hielo fijo antártico bajó de 100.000 kilómetros cuadrados, frente a una media de unos 221.000 entre 2000 y 2018, según el estudio. Ese mínimo ofrecía «una ventana de observación singularmente despejada» para aislar los icebergs varados en aguas abiertas.

Aun así, los autores separaron los resultados en dos grupos. El 67,4 % se clasificó como icebergs varados «de alta confianza», y el resto quedó como candidatos que podrían estar sujetos por el propio hielo fijo.

Lo que el mapa todavía no resuelve

Todo el inventario sale de una única ventana de observación, de febrero a abril de 2025, así que es una foto fija. Los autores sostienen que, «aunque cada iceberg puede volver a moverse, su distribución espacial de conjunto probablemente se mantiene estable», porque depende sobre todo del relieve del fondo.

El propio artículo dedica un apartado a sus limitaciones. Como se mezclaron modos de captura y polarizaciones del radar, los autores reconocen que «la sensibilidad de segmentación del modelo fluctúa entre las distintas franjas orbitales, lo que podría introducir sesgos en las estimaciones regionales de densidad de icebergs».

En zonas abarrotadas de icebergs pequeños y móviles, como el mar de Bellingshausen, «la coincidencia espacial introduce una fuente inevitable de falsos positivos», porque dos bloques a la deriva pueden ocupar el mismo sitio en pasadas distintas.

Con los objetivos de menos de 10 píxeles, el brillo del oleaje batido por el viento «es casi indistinguible de los icebergs reales», escriben, y en los grupos más densos el modelo «fusiona en ocasiones icebergs muy próximos en una sola entidad», lo que puede rebajar algo el recuento local. El propio equipo avisa de que el 53,9 % de superficie atribuido a los icebergs diminutos probablemente está inflado, porque el modelo no llega a delimitar entero el contorno de los bloques más grandes y subestima su área.

Los autores piden también interpretar los candidatos atrapados en el hielo fijo «teniendo en cuenta el contexto» que los rodea. Y el efecto empalizada lo presentan como una implicación de la distribución, sin medir sobre el terreno cuánta fuerza ejerce cada agrupación.

Un sistema sensible al calentamiento del océano

Los autores advierten de que esta dependencia de muchos icebergs pequeños puede hacer la costa antártica especialmente sensible al cambio climático. Los bloques diminutos tienen menos masa e inercia térmica que los grandes icebergs tabulares, así que se funden, se rompen y se desencallan antes cuando el océano se calienta.

«Incluso perturbaciones sutiles de las condiciones ambientales en estas zonas críticas limitadas podrían provocar la rápida desintegración de esta “empalizada a microescala”», escriben, con el riesgo de desencadenar «cambios bruscos en la estabilidad del hielo fijo». Lo relacionan con «el reciente y acusado descenso de la extensión del hielo fijo antártico».

«Nuestro conjunto de datos público ofrece una nueva base de referencia crucial para modelizar la estabilidad del hielo costero y entender cambios ambientales más amplios», concluyó Jiao. El inventario de icebergs es de acceso libre y el código del detector está publicado en GitHub.
Los resultados se han publicado en Earth System Science Data el 25 de agosto de 2026.

Crédito de la imagen: David Barringhaus / Australian Antarctic Division.

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