La leche que bebemos a diario y el cáncer de próstata: qué dice realmente la ciencia sobre este posible riesgo
La alimentación puede formar parte de ese conjunto, pero resulta difícil aislar el efecto de un alimento concreto durante décadas de vida

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La leche forma parte de la alimentación cotidiana de millones de personas. Se consume sola, con café, en desayunos, yogures, quesos y multitud de alimentos. Es además una fuente importante de proteínas, calcio y vitamina B12. Sin embargo, existe una cuestión que desde hace años estudia la investigación oncológica: si un consumo elevado de lácteos y calcio puede estar relacionado con un mayor riesgo de cáncer de próstata.
La respuesta no es tan sencilla como afirmar que la leche provoca cáncer. La evidencia científica apunta a una posible asociación, pero no demuestra que el consumo de leche sea una causa directa de la enfermedad.
El World Cancer Research Fund (WCRF) señala que existe una evidencia «limitada pero sugestiva» de que el consumo de productos lácteos podría incrementar el riesgo de cáncer de próstata. Precisamente por esta incertidumbre, la organización no incluye los lácteos entre sus recomendaciones generales de prevención del cáncer.
El National Cancer Institute estadounidense llega a una conclusión similar. Su revisión de la evidencia recoge metaanálisis en los que los hombres con mayor consumo de productos lácteos presentaron un riesgo algo superior de desarrollar cáncer de próstata frente a quienes tenían un consumo menor. La institución advierte, no obstante, que el posible incremento sería pequeño.
El calcio aparece en el centro de la investigación
Una de las hipótesis que más se ha estudiado no apunta necesariamente a la leche como alimento aislado, sino al calcio.
Un metaanálisis de diez estudios de cohortes citado por el National Cancer Institute encontró que los hombres con mayor consumo de productos lácteos tenían un riesgo relativo de cáncer de próstata de 1,11 frente a quienes presentaban el consumo más bajo. Para el calcio, la estimación fue de 1,39. En el caso del cáncer de próstata avanzado, la asociación fue más débil y no alcanzó significación estadística convencional para el calcio.
Una posible explicación biológica que se ha investigado es que una ingesta elevada de calcio pueda modificar determinados mecanismos relacionados con la vitamina D y con la proliferación de las células prostáticas. Sin embargo, esta hipótesis no está definitivamente demostrada.
De hecho, los propios investigadores han señalado que hacen falta más estudios para aclarar los mecanismos que podrían explicar la asociación.
No todos los lácteos se comportan igual
Hablar de «los lácteos» como si fueran un único alimento también puede llevar a conclusiones equivocadas.
Un metaanálisis publicado en British Journal of Nutrition analizó 33 estudios de cohortes y encontró asociaciones diferentes según el producto y la cantidad consumida. En el análisis dosis-respuesta se observó una pequeña asociación positiva para el consumo total de lácteos, leche, queso y mantequilla, aunque los propios autores señalaron que parte de la evidencia estaba condicionada por posibles sesgos relacionados con el cribado mediante PSA.
Además, algunos trabajos han observado resultados diferentes según el tipo de leche. En un estudio prospectivo realizado en médicos estadounidenses, por ejemplo, la leche entera se relacionó con un mayor riesgo de cáncer de próstata mortal, mientras que la leche desnatada o baja en grasa se asoció principalmente con cánceres de menor agresividad. Se trata de resultados observacionales que no permiten establecer una relación causal.
¿Hay que dejar de beber leche?
La respuesta, con la evidencia disponible, es no.
Los estudios que encuentran una relación entre lácteos y cáncer de próstata no demuestran que beber leche provoque la enfermedad ni permiten establecer que eliminar los lácteos vaya a prevenirla.
Además, los productos lácteos aportan nutrientes importantes y su relación con el cáncer depende del tipo de tumor. El propio WCRF destaca que los lácteos probablemente protegen frente al cáncer colorrectal, mientras que existe esa evidencia limitada sobre un posible aumento del riesgo de cáncer de próstata.
Por eso, el mensaje no es que haya que eliminar la leche, sino que la cantidad y el conjunto de la alimentación importan.
Carne procesada, otro alimento bajo investigación
Los lácteos no son los únicos alimentos estudiados en relación con el cáncer de próstata. También se ha investigado el consumo de carne roja y, especialmente, de carne procesada.
Un análisis conjunto de 15 estudios prospectivos que incluyó a más de 842.000 hombres y más de 52.000 casos de cáncer de próstata no encontró una asociación importante entre el consumo de carne roja o procesada y el riesgo global de cáncer de próstata. Sí observó indicios de un aumento modesto en algunos análisis de cáncer avanzado.
Otros metaanálisis han encontrado asociaciones entre un mayor consumo de carne procesada y el cáncer de próstata, pero los resultados tampoco son completamente uniformes.
Esto vuelve a poner de manifiesto una cuestión fundamental en nutrición y cáncer: una asociación estadística no significa necesariamente que un alimento sea la causa de una enfermedad.
Una enfermedad en la que pesan muchos factores
El cáncer de próstata es una enfermedad compleja en la que intervienen numerosos factores. La edad es uno de los principales: el riesgo aumenta claramente con el paso de los años. También intervienen factores genéticos y familiares y, probablemente, múltiples elementos relacionados con el estilo de vida.
La alimentación puede formar parte de ese conjunto, pero resulta difícil aislar el efecto de un alimento concreto durante décadas de vida.
Un hombre que consume mucha leche puede presentar, por ejemplo, otros hábitos dietéticos, un determinado peso corporal, unos niveles de actividad física o un patrón de consumo de carne y alimentos ultraprocesados que también influyen en su salud. Los estudios observacionales intentan ajustar estadísticamente estos factores, pero no pueden eliminar por completo todas las posibles variables de confusión.