El cigarrillo envejece los pulmones 16 años la edad biológica: la ciencia vuelve a señalar a la combustión
Reducir el daño pulmonar pasa no sólo por fumar menos, sino por eliminar la combustión del cigarro

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El concepto de edad pulmonar vuelve a poner el foco en el impacto real del tabaco sobre el organismo: los fumadores presentan un deterioro funcional que sitúa sus pulmones hasta 16 años por encima de su edad biológica, con una mayoría de ellos mostrando ya alteraciones respiratorias significativas. Este dato no sólo ilustra la magnitud del daño, sino que señala con claridad dónde está el origen del problema: en la exposición continuada a los productos derivados de la combustión del cigarro, responsable directa del deterioro progresivo de la función pulmonar.
Por este motivo, hemos tomado como referencia los datos publicados en un informe de la compañía farmacéutica Adamed, que desarrolló una campaña de análisis con la participación de 1.595 personas fumadoras para evaluar la edad pulmonar de este grupo poblacional. El estudio revela un dato especialmente preocupante: aunque la edad biológica media de los participantes era de 54,4 años —con un 55,17% de mujeres y un 44,83% de hombres—, la edad pulmonar media ascendía hasta aproximadamente los 70,2 años, reflejando un acusado deterioro de la función respiratoria asociado al tabaquismo. Porque para un fumador, dejarlo es muy difícil, pero ahora se presentan alternativas.
Sin embargo, pese a que la evidencia clínica y epidemiológica ha identificado de forma consistente a la combustión como el principal factor de riesgo asociado a las enfermedades relacionadas con el tabaquismo, el debate regulatorio en Europa está evolucionando hacia un enfoque distinto. Las nuevas iniciativas tienden a endurecer las restricciones sobre todo aquello que tenga relación con la nicotina, sin establecer una diferenciación clara entre los productos combustibles —principal causa del daño— y aquellas alternativas que eliminan ese proceso de combustión.
Evidentemente, el escenario ideal sería no fumar, pero la realidad demuestra que abandonar el tabaco resulta extremadamente difícil para muchas personas fumadoras, por lo que el problema debe abordarse desde distintas perspectivas y con estrategias adaptadas a esa complejidad.
Este planteamiento contrasta con la evolución de otros países que han logrado reducir de forma más acelerada sus tasas de tabaquismo. Suecia es el caso más paradigmático, con una prevalencia de fumadores que se sitúa ya en torno al 3,7%, muy por debajo de la media europea. En el extremo opuesto, España mantiene todavía cifras significativamente más elevadas, con cerca del 16,6% de la población fumando a diario, lo que evidencia un ritmo de descenso más lento y un mayor impacto acumulado sobre la salud pública.
Acelerar la caída del tabaquismo
A esta diferencia se suma la experiencia de países como Reino Unido o Nueva Zelanda, donde las estrategias de salud pública han incorporado de forma progresiva la existencia de alternativas sin combustión como parte de un enfoque de reducción de riesgos. Estas políticas han facilitado la transición de millones de fumadores adultos hacia productos que eliminan la combustión, contribuyendo a acelerar la caída del tabaquismo y, por tanto, a reducir el deterioro pulmonar asociado al consumo de cigarrillos convencionales.
Además, esta línea de razonamiento cuenta con el respaldo de parte de la comunidad científica internacional. Autoridades sanitarias como la FDA en Estados Unidos o el sistema nacional de salud británico (NHS) han reconocido la diferencia de exposición a sustancias tóxicas entre los productos combustibles y aquellos que no implican combustión. En paralelo, estudios publicados en revistas científicas de referencia apuntan a reducciones muy significativas en la presencia de compuestos nocivos cuando se elimina ese proceso, situando estas alternativas en rangos sustancialmente inferiores en términos de riesgo relativo, en muchos casos entre un 90% y un 99%.
En este contexto, varios expertos internacionales —incluidos científicos con trayectoria vinculada a organismos como la OMS— han comenzado a advertir de que el actual momento representa una «oportunidad histórica» para redefinir las políticas de control del tabaquismo. Desde este enfoque, centrar la regulación de forma indiscriminada en la nicotina, sin tener en cuenta las diferencias entre productos, podría limitar la eficacia de las estrategias de salud pública al dificultar el acceso a herramientas que han demostrado ser útiles para que muchos fumadores abandonen el cigarro.
Así, el dato de la edad pulmonar no sólo evidencia el daño acumulado del tabaquismo en España, sino que también abre un debate clave sobre cómo abordarlo con mayor eficacia. Si el objetivo es reducir ese deterioro y evitar que nuevas generaciones desarrollen pulmones prematuramente envejecidos, la clave podría estar no sólo en disminuir el consumo, sino en acelerar la sustitución del cigarro por alternativas que eliminen su principal fuente de toxicidad: la combustión.