Religión Católica

La enseñanza de San Óscar Romero sobre la paz: «La paz no es el silencio de los cementerios, sino la generosidad de todos, el derecho de todos y el deber de todos»

Sobre la paz han opinado o escrito muchos religiosos a lo largo de la historia. Este es el caso de San Óscar Romero.

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San Óscar Romero
Monseñor Romero.
Francisco María
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Hablar de paz en un mundo acostumbrado al ruido de las armas y a la coacción institucional suele sonar a ejercicio de retórica hueca. Se firman tratados en despachos oscuros mientras las costuras de la convivencia se deshilachan en las calles. Frente a esa paz de escaparate, monseñor Óscar Romero levantó la voz desde el púlpito salvadoreño con una crudeza que desarmaba. Para el arzobispo mártir, la verdadera concordia no nacía de la ausencia de conflictos lograda a base de bayonetas o de miedo institucional.

Su famosa definición, aquella que sacude cualquier tentación de conformismo al sentenciar que la paz no es el silencio de los cementerios sino la generosidad, el derecho y el deber compartido de todos, supuso un terremoto teológico y político en el corazón de Centroamérica.

Un país de América Latina en un momento muy convulso

Para calibrar el peso de esta premisa conviene pasearse por la historia trágica de un país donde el orden público se confundía sistemáticamente con la represión militar. En El Salvador de finales de los setenta, la tranquilidad que pregonaban los cuarteles y los sectores oligárquicos era pura fachada. Se trataba de un equilibrio artificial sostenido por la censura, las desapariciones forzadas y la miseria estructural de miles de campesinos.Iglesia de los Kikos

Cuando las balas acallaban cualquier atisbo de protesta laboral o agraria, la sociedad quedaba sumida en una quietud gélida que los privilegiados confundían con estabilidad. Romero desenmascaró esa gran mentira con la autoridad moral de quien padece en carne propia el dolor de su rebaño. Un cementerio está perfectamente en silencio, ordenado y sin discrepancias, pero ese silencio es el producto directo de la muerte.

La falsa tranquilidad y lo que la rodea

Esa advertencia sobre la naturaleza letal de la falsa tranquilidad nos obliga a revisar nuestros propios patrones de comodidad social. A menudo aplaudimos la ausencia de altercados en las esquinas mientras ignoramos las violencias soterradas que carcomen el tejido comunitario. La pobreza extrema, la falta de oportunidades para los jóvenes o la exclusión sistemática del diferente generan una tensión sorda que tarde o temprano estalla.

El pastor salvadoreño insistía machaconamente en que la justicia precede a cualquier intento de reconciliación real. No se puede construir concordia sobre los cimientos torcidos de la desigualdad flagrante. Pretender que los desfavorecidos acepten su suerte en silencio para no alterar la paz de los poderosos constituye una perversión absoluta del concepto evangélico y humano.

La responsabilidad en el día a día

La propuesta de Romero desplaza el foco de los grandes acuerdos geopolíticos hacia el terreno de la responsabilidad cotidiana. Al calificar la paz como un derecho y un deber de todos, descentraliza el compromiso y lo aterriza en el barro de la vida corriente. Nadie puede escurrir el bulto delegando la tarea exclusivamente en los gobernantes o en los organismos internacionales.

La generosidad a la que alude su magisterio no es una limosna caritativa que sobra tras cubrir nuestras necesidades, sino una disposición radical a ceder privilegios, a compartir el pan y a reconocer al adversario como un igual con idéntica dignidad. Esa exigencia ética convierte la construcción de la convivencia en un trabajo de orfebrería diaria, áspero y exigente, incompatible con la pasividad.

Objetivo del poder de la época

Observar la trayectoria de aquel obispo tímido transformado en altavoz de los mudos ayuda a comprender que la coherencia se paga cara. Las oligarquías terratenientes y los escuadrones de la muerte no le perdonaron que pusiera la doctrina social de la Iglesia al servicio de la justicia terrenal. Cuando la eucaristía dominical se convirtió en el único espacio donde se denunciaban los crímenes de estado, la sentencia de muerte estaba dictada.

Aquel fatídico 24 de marzo de 1980, mientras celebraba misa en la pequeña capilla del hospital de la Divina Providencia, una bala certera atravesó el aire y acalló su voz. Sin embargo, su testamento espiritual quedó grabado a fuego en la conciencia colectiva de un continente que aprendió a leer los Evangelios desde la perspectiva de los oprimidos.Religiones

Un legado actual para no olvidar

Hoy en día, rescatar el pensamiento de san Óscar Romero trasciende la mera evocación hagiográfica o el recuerdo piadoso de aniversario. Su legado funciona como un espejo incómodo para sociedades hiperconectadas pero profundamente fragmentadas, donde la polarización política y el desinterés por el sufrimiento ajeno amenazan con vaciar de contenido nuestra convivencia.

Nos recuerda que la paz no es un estado estático que se hereda una vez para siempre, sino una conquista precaria que demanda coraje cívico y una inmensa dosis de generosidad colectiva. Renunciar a esa tarea o conformarse con el silencio cómplice de las injusticias cotidianas equivale a transitar, paso a paso, hacia el desierto estéril de los cementerios.

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