El verano presidencial más largo en treinta y dos años

Opinión Carla de La Lá
  • Carla de la Lá
  • Escritora, periodista y profesora de la Universidad San Pablo CEU. Directora de la agencia Globe Comunicación en Madrid. Escribo sobre política y estilo de vida.

Pedro Sánchez vuelve a la oficina después de veintisiete días de vacaciones, del 29 de julio al 24 de agosto, el verano presidencial más largo en treinta y dos años (no es un récord absoluto; Felipe González se permitió treinta y un días en 1988 y treinta en 1994).

Lo novedoso no es que un presidente socialista se instale en la piscina todo agosto, eso lo inventó González, sino que lleva tres veranos seguidos cogiéndose más días que cualquier otro presidente europeo, con independencia de la situación en su país, y en una residencia de Patrimonio Nacional con la mesa puesta, la seguridad reforzada e invitados incluidos. En veranos anteriores se alojaron con él su hermano condenado, su cuñada, familiares de Begoña, sus padres y muchos amigos atendidos por personal de servicio y trasladados al aeropuerto.

El martes 25 presidirá el primer Consejo de Ministros después de casi cuatro semanas de recreo y lujo, un periodo que contrasta de forma llamativa tanto con la realidad del ciudadano medio como con los estándares de otros líderes internacionales.

Comparemos, porque la indignación sin aritmética es solo tertulia. El primer ministro portugués, Luís Montenegro, se ha tomado siete días. El griego Kyriakos Mitsotakis, otros siete. Giorgia Meloni, alrededor de diez. El canciller alemán Friedrich Merz, entre diez y once. Emmanuel Macron, entre dos y tres semanas. Nuestro socialista, más del triple que los presidentes de Portugal y Grecia, más del doble que Meloni y Merz y por encima de Macron.

En cuanto a los gastos, La Mareta es una residencia estatal con diez bungalós, piscinas, jardines, instalaciones deportivas, helipuerto, acceso directo al mar y lago artificial. El mantenimiento lujosísimo se paga con dinero público y el espacio marítimo situado frente al recinto permanece cerrado a la navegación por razones de seguridad. La factura completa no se conoce.

Pero repasemos el dinero gastado por otros gobernantes de mayor talla intelectual, moral y, sobre todo, menos jeta: Merkel viajaba en vuelos comerciales y pagaba su hotel, acostumbraba a tomarse entre 10 y 14 días al año, abonando de su bolsillo la estancia en establecimientos modestos. David Cameron llegó a Lanzarote en EasyJet con su familia y se alojó en un hotel. El modelo británico establece que el coste de la estancia privada y la manutención no corren a cargo de las arcas públicas; Meloni paga personalmente su estancia y sus gastos. Merz descansa en sus propias viviendas. Rajoy solía veranear en su casa de Sanxenxo o alquilaba en Ribadumia una casa rural, limitando el uso de residencias del Estado a breves estancias puntuales.

Estos ejemplos refuerzan la idea incuestionable de que la seguridad del presidente debe pagarla el Estado, pero en ningún caso nos corresponde cargar con sus vacaciones de ensueño a los demás trabajadores.

Es difícil precisar qué es más bochornoso, si el secuestro sistemático de Patrimonio Nacional o que tengamos el presidente menos trabajador de Europa. El líder que más tiempo se ausenta es también el que más patrimonio público ocupa, el que menos transparencia ofrece sobre sus acompañantes y el que menos minutos (105) dedicó a la mayor tragedia fronteriza que recordamos. Más de 10.000 metros cuadrados a cuerpo de rey, decenas de efectivos de seguridad, Falcon, Super Puma, cocineros, camareras y facturas operativas blindadas bajo el manto del secreto de Estado.

Un presidente tiene derecho a descansar, pero no a convertir al contribuyente en recepcionista y al Estado en servicio de habitaciones.

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