El derecho a una vivienda digna, de otro

El derecho a una vivienda digna, de otro
  • Carla de la Lá
  • Escritora, periodista y profesora de la Universidad San Pablo CEU. Directora de la agencia Globe Comunicación en Madrid. Escribo sobre política y estilo de vida.

Escucho a la izquierda pontificar en el Congreso (y en cualquier parte) o a los acampados de la Puerta del Sol, y parece que este país es un inmenso tablero de Monopoly controlado por tres banqueros con chistera. Nos quieren convencer de que el mal personificado en España opera desde un rascacielos sin corazón y desayuna desahucios a la plancha. Pero bajemos a la tierra. El último gran bulo de Sánchez se desmonta con un par de datos elementales que entendería hasta un niño de pecho.

Para empezar, el monstruo favorito del sanchismo, el «fondo buitre». Los datos oficiales arrojan que los grandes fondos apenas controlan el 8% del mercado del alquiler. ¿Y quién tiene el 92% restante? Manolo, tu tía Pili, ¿tú mismo?, la viuda del quinto, que complementa su pensión alquilando el pisito que terminó de pagar currando 40 años.

Cuando el Gobierno produce decretos para topar precios o blindar a inquilinos más o menos vulnerables (como nuestra Maricarmen) que deciden no pagar, no está expropiando a BlackRock; está atracando a la clase media. Llaman «poder inquilino» a darle el palo a una familia normal y obligarla a hacer de asistente social porque el Estado no hace su trabajo. En el fondo, su revolución inquilina tiene un pequeño fallo de cálculo: España es un país donde el 75% de las familias son propietarias. Quieren salvar al pueblo empobreciendo a tres de cada cuatro españoles.

El drama de la vivienda no es culpa de una conspiración capitalista, es pura incompetencia matemática. En España aparecen 250.000 nuevos hogares al año por distintas causas (sobre todo por la creación de nuevas familias de inmigrantes, de parejas que se divorcian y de jóvenes que se independizan) y sólo se construyen 90.000 casas. Faltan 850.000 viviendas. Es sencillo: si en una discoteca hay trescientas personas y sólo diez vasos de tubo, la ginebra se pone a precio de oro. Y acabas empeñando un riñón por un chupito de garrafón servido en vaso de plástico. Con los zulos sin ascensor pasa exactamente lo mismo.

¿Y cuál fue el gran truco de magia de Sánchez? El trampantojo de las 50.000 viviendas de la Sareb. Un titular para abrir el telediario que, cuando lees la letra pequeña, resulta ser un chiste. Atentos al desglose de la maravilla: 15.000 de esas casas son, literalmente, un solar con matorrales (están por construir); otras 12.000 son ruinas pendientes de obra a las que les falta hasta la cédula de habitabilidad; y 14.000 ya tienen a gente viviendo dentro. Te prometen un palacio y resulta que te entregan un descampado, un esqueleto de ladrillo o un piso con inquilino sorpresa que te recibe en calzoncillos, con un perro llamado Tyson. Al final, el milagro se reducía a unas 9.000 viviendas disponibles para ser vendidas a las administraciones, lo que tampoco significa que estén listas para entrar a vivir. Como suele ocurrir con el sanchismo: en una nota de prensa cabemos todos, pero en la vida real te quedas en la calle.

Llevan ocho años sin poner un ladrillo, asustan al ahorro privado, provocan con sus medidas la desaparición de miles de alquileres, convierten a los vulnerables (como las madres solteras o los ancianos) en «inalquilables» condenados a la exclusión social y, cuando estalla el caos, logran que los sindicatos regados con subvenciones nacionales y fondos europeos monten tiendas de campaña para hacerle una huelga preventiva a la oposición. Hay que reconocerles el mérito.

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