¡Pero cómo va a gobernar España esta banda!

Iglesias-Podemos
Pablo Iglesias en el acto de Podemos de este sábado (Foto: Efe).

Pablo Iglesias no ha cambiado. Es el mismo de siempre. El que un servidor lleva denunciando tres años con cierto éxito pese al silencio mayoritario, cuando no la autocensura, de buena parte de la opinión publicada en televisión, en radio y en prensa. El que elogió a ETA “porque fueron los únicos que supieron entender que la Constitución del 78 no instauró unas reglas de juego democráticas”. El pendenciero que en una conferencia proponía “salir a cazar fachas”. El macarra que pedía perdón “por no partir la cara a los fachas” con los que debate en TV (tiene gracia porque no tiene ni media bofetada). El chulesco que se jactaba de haber dado una tunda a unos okupas “de una clase social inferior”. El que se “emocionaba” cuando emitía unas imágenes en las que se pateaba inmisericordemente a un policía en la Plaza de Neptuno. El machista que en un chat de la cúpula podemita (en el que participaban hombres y mujeres) sostenía que “azotaría a Mariló Montero hasta que sangrase”. El doblemente machista que en una rueda de prensa se mofaba del “bonito abrigo de piel” que portaba la periodista Ana Romero. El triplemente machista que en sede parlamentaria insistía en dejar su despacho a Andrea Levy para que se viera con el ¿guaperas? podemita Miguel Vila. El más amigo de los victimarios que de las víctimas que se niega sistemáticamente a condenar el terrorismo de ETA. El bolivariano que hace tres cuartos de lo mismo cuando se le reclama que califique al régimen venezolano de lo que es, una dictadura. El sobrecogedor que recibía vía tapadera CEPS dinero de la teocracia iraní que cuelga homosexuales y lapida adúlteras. El turbio personaje al que unos documentos vinculan con una cuenta en el paraíso fiscal de Granadinas. El amado líder que cuenta como cerebro en la sombra a un sin vergüenza fiscal (Monedero) que “comprende la violencia de ETA dado el nivel de represión del Estado en el País Vasco”.

Lo que más poderosamente me llama la atención es que un ciudadano con estas credenciales haya sido tomado como “normal” en un país teóricamente serio. Un ADN de estas características no pasaría de ser un apestado en cualquier democracia europea, una persona fuera de la realidad mediática y política. Sería lo que hasta 2013 fue en España: marginalidad pura… y dura. Y si ha llegado adonde ha llegado es por que el 70% de los medios lo ha promovido activa o pasivamente mientras otro 15% callaba sus desmanes por miedo y sólo el 15% restante cantábamos las verdades del barquero. Como atinadamente apunta el refrán “con buena eso bien se eso”… Sustituyan el primer “eso” por una soez palabra que empieza por “p” y el segundo por otro no menos chabacano término cuya primera letrita es la “f”.

Íñigo Errejón es el cara B de Podemos, el mini aprendiz de Felipe González (le quedan muchas vitaminas que tomar para llegar a ser un gigante como el sevillano) de la formación morada. El posibilista, el pragmático, el apóstol de la realpolitik. El hombre que aplica el seso donde el otro mete vísceras y testosterona en cantidades industriales. El líder alternativo consciente de que para llegar al cielo hay que ceder ideológicamente. Un politólogo algo más leído que tiene meridianamente claro que en España las elecciones se ganan tendiendo al centro, no echándote al monte como hace su otrora amigo. Un ciudadano que puede triunfar porque aplica a pies juntillas la frase de Don Enrique Tierno: “Radical es el que va a la raíz de los problemas [y no un extremista]”.

De alguna manera, este cuento ya nos lo han contado. Íñigo Errejón sería a España lo que Dubcêk o Gorbachov a Checoslovaquia o la Unión Soviética: el comunismo (socialismo) con rostro humano. El de la coleta sería sencillamente a España lo que Stalin fue a la dictadura más poderosa de la historia de la humanidad. En fin, comunismo light o socialismo frente a comunismo hardcore. 

El drama de Íñigo Errejón es que le cuesta dejar atrás sus otros “yo”. El “yo” extremista. El que le lleva a secundar una marcha a favor de presos etarras, gentuza de la peor calaña que ha asesinado a cerca de 900 personas, herido o mutilado a miles, secuestrado a decenas, extorsionado a decenas de miles y que en su camino se llevó por delante la ilusión de cientos de niños que quedaron huérfanos. El “yo” suicida que mete en su lista al ex número 2 de Castilla y León, Pedro de Palacio, un pederasta que fue condenado en sentencia firme por abusar de una niña de cinco años. 

Eduardo Inda dormirá a pierna suelta si esta gente no habita nunca a La Moncloa ni dispone de más asientos que nadie en la Carrera de San Jerónimo. Algo más tranquilo me quedaré si el que conquista el cielo por la vía de la seducción y no por asalto es un Errejón al que en la Facultad sus alumnos denominaban maléficamente “El Sietemesino”. E infinitamente intranquilo si el que lo consigue es Pablo Iglesias, más que nada, porque es obvio que si llaman al timbre de mi casa a las seis de la mañana no será precisamente el lechero. Eso en el caso de que no me haya tenido que ir por patas a Miami en el primer avión disponible.

Dicho todo lo cual la gran conclusión es que, sean churras, resulten merinas, el asunto es como para echarse a temblar. En Vistatriste se está observando cómo son: una jaula de grillos, por no decir una casa de citas, en la que cada uno va a lo suyo, en la que lo único que les importa es la poltrona. ¿Han escuchado en los dos últimos meses alguna propuesta que no sea “quítate tú para que me ponga yo”? El programa de Gobierno analizado ayer en Vistatriste es idéntico al estudio por el que Monedero trincó 450.000 euros: 300 folios, sí, pero ¡¡¡en blanco!!!

Todo ello por no hablar del resto del personal: Irene Montero, cuyos méritos son los que son; Carolina Bescansa, una riquísima gallega que pasará a la historia por su machista gesto en el Congreso; Ramón Espinar, que golfeó con una vivienda protegida; Guillermo Zapata, que se mofó de los 6 millones de judíos asesinados en las cámaras de gas; su compañero Pablo Soto, que planteó la guillotina para Gallardón; la inclíta Maestre, que invadió un recinto de culto católico con los ovarios que le faltaron para hacer lo propio en la Mezquita de la M-30; el simpático Echenique, que pagaba en negro a la persona que tiene de servicio; Tania Sánchez, a la que recordaron que ella y su padre participaron en la concesión de 1,4 millones de euros públicos a su hermano e hijo; Pedro Santisteve, que pagaba la gomina que doma su complicada pelambrera con dinero del contribuyente. Y no continúo porque nos daría el Día del Juicio Final y tampoco es cuestión.

Ayer, anteayer, ante-anteayer, hace una semana, un mes, un año y casi un lustro hemos tenido mil y una pruebas para sentenciar que más que un partido político o una pandilla de amigos son una banda. El gran interrogante es si queremos que nos gobierne una banda. El otro, si nos podemos, y nunca mejor dicho, permitir el lujo de que castuza tan resentida, vengativa, indocumentada y anárquica rija los destinos de una nación que sale por fin del mayor agujero de su historia contemporánea. Como apuntó el gran Eugenio D’Ors a un patoso camarero, “los experimentos, con gaseosa”. Si ya hemos visto cómo han terminado unos conejillos de indias llamados Madrid, Cádiz, Barcelona y Zaragoza, para qué arriesgarnos a ese triple salto mortal que supondría meter en el laboratorio España enterita. Claro que a este paso, y gracias a ese afán cainista, en las próximas elecciones sacarán 25 escaños menos. Eso en el caso de que el mucho más presentable Errejón no acabe aliándose con un Partido Socialista comandado por Pedro Sánchez. Ciencia ficción o no, lo cierto es que en ese caso Podemos volvería al nicho del que nunca debió salir. Dios, o quien sea, nos oiga.

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